Contempladores

Seleccin De Textos Espirituales.

Realidad Y Existencia Del Diablo.

La existencia real del Diablo pasa a ser un tema de absoluta importancia en la vida espiritual, ya que la llamada faceta negativa del crecimiento espiritual, que viven esencialmente los principiantes despus de su primera conversin, consiste en su lucha contra el pecado, y es precisamente la accin de Satans una de las tres fuentes de impulso hacia el pecado (las otras son la propia concupiscencia y el mundo).

De ah la necesidad de profundizar el conocimiento sobre la nefasta accin del enemigo del hombre, que hace de la ignorancia y los conceptos errneos sobre l mismo su mejor arma, que le permite actuar en la impunidad de la oscuridad que rodea a su persona.

Vamos a ver algunos importantes conceptos de autores espirituales sobre el prncipe de las tinieblas, el devorador de los hombres:

Catequesis de Paulo VI del 15/11/1972
Raniero Cantalamessa, Ungidos por el Espritu
Cardenal Joseph Suenens, Renovacin y poder de las tinieblas

Catequesis De Paulo Vi Del 15/11/1972:

Es muy importante la catequesis que sobre la realidad del demonio dio el papa Pablo VI en la audiencia general del mircoles 15 de noviembre de 1972, publicada al da siguiente en el Osservatore Romano. Veamos la claridad y valenta con que el Papa aborda este tenebroso tema en esta ya famosa catequesis:

<<Cules son hoy las mayores necesidades de la Iglesia? Que no los sorprenda como simplista, o incluso como supersticiosa e irreal nuestra respuesta: una de las mayores necesidades es la defensa contra aquel mal que denominamos el Demonio.

Antes de aclarar nuestro pensamiento invitamos al de ustedes a que se abra a la luz de la fe respecto a la visin de la vida humana, visin que desde este observatorio se expande inmensamente y penetra en singulares profundidades. Es el cuadro de la creacin, la obra de Dios, que Dios mismo, como espejo exterior de su sabidura y poder, admir en su belleza substancial (Cf. Gn. 1,10, etc.)

Es muy interesante el cuadro de la dramtica historia de la humanidad, de cuya historia emerge la de la redencin, la de Cristo, la de nuestra salvacin, con sus estupendos tesoros de revelacin, de profeca, de santidad, de vida elevada a nivel sobrenatural, de promesas eternas (Cf. Ef. 1,10).

Si sabemos observar este cuadro, no podemos no quedar encantados (Cf. San Agustn, Soliloquios): todo tiene un sentido, todo tiene un fin, todo posee un orden y todo deja entrever una Presencia-Trascendencia, un Pensamiento, una Vida, y finalmente un Amor, de modo que el universo, por lo que es y por lo que no es, se presenta ante nosotros como una preparacin entusiasmante y embriagante de algo an ms bello y perfecto (Cf. 1 Cor. 2,9; 13,12; Rom. 8,19-23).

La visin cristiana del cosmos y de la vida es por lo tanto triunfalmente optimista, y esta visin justifica nuestro gozo y nuestro reconocimiento por poder vivir, por lo cual, celebrando la gloria de Dios nosotros cantamos nuestra felicidad (Cf. El Gloria de la Misa).

La Enseanza Biblica

Pero es completa esta visin? Es exacta? Nada importan las deficiencias que encontramos en el mundo? Las disfunciones de las cosas respecto a nuestra existencia? El dolor, la muerte? La maldad, la crueldad, el pecado, en una palabra, el mal? Y no vemos cunto mal hay en el mundo? Especialmente cunto mal moral, en forma simultnea aunque diversa, contra el hombre y contra Dios? No es acaso ste un espectculo triste, un misterio inexplicable? Y no somos precisamente nosotros, como cultores del Verbo y cantores del Bien, nosotros creyentes, los ms sensibles, los ms turbados por la visin y la experiencia del mal? Lo encontramos en el reino de la naturaleza, donde muchas de sus manifestaciones parecen denunciarnos la existencia de un desorden. Despus lo encontramos en el mbito humano, donde constatamos la debilidad, la fragilidad, el dolor, la muerte, y algo peor, una ley con un doble contraste, que por un lado quisiera el bien, y por el otro est volcada al mal, tormento ste que San Pablo pone en humillante evidencia para demostrar la necesidad y la suerte de una gracia salvadora, es decir, de la salud trada por Cristo (Cf. Rom. 7); ya el poeta pagano haba denunciado este conflicto interior radicado en el mismo corazn del hombre: video meliora proboque, deteriora sequor (OVIDIO, Met. 7,19). Nos encontramos con el pecado, perversin de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, como separacin de Dios, fuente de la vida (Rom. 5,12), y, a su vez, ocasin y efecto de una intervencin en nosotros y en nuestro mundo de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya slo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa.

Quin rehsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseanza bblica y eclesistica; como se sale tambin quien hace de ella un principio autnomo, algo que no tiene su origen, como toda criatura, en Dios; o quien la explica como una seudo-realidad, una personificacin conceptual y fantstica de las causas desconocidas de nuestras desgracias.

El problema del mal, visto en toda su complejidad y su carcter absurdo respecto a nuestra racionalidad unilateral, se hace obsesionante. Constituye la mayor dificultad que aparece en nuestra comprensin religiosa del cosmos. No por nada San Agustn suplic por aos: Quaerebam unde malum, et not erat exitus, yo buscaba de donde provena el mal y no encontraba explicacin (San Agustn Confesiones VII, 5, 7, 11, etc.; PL, 32, 736, 739).

He aqu, pues, la importancia que asume el tomar conciencia del mal para nuestra correcta concepcin cristiana del mundo, de la vida, de la salvacin. Cristo mismo nos ha hecho advertir esta importancia. En primer lugar, en el desarrollo de la historia evanglica al principio de su vida pblica: Quin no recuerda la pgina denssima de significados de la triple tentacin de Cristo? Ms tarde, en los muchos episodios evanglicos en los que el demonio se cruza en el camino del Seor y aparece en sus enseanzas (por ej. en Mateo 12,43-45: Cuando el espritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares ridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: Me volver a mi casa, de donde sal. Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espritus peores que l, entran y se instalan all, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio. As le suceder tambin a esta generacin malvada.)

Y, cmo no recordar que Cristo refirindose tres veces al demonio como adversario suyo, lo califica de prncipe de este mundo? (Juan 12,31: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Prncipe de este mundo ser echado fuera; Juan 14,30: Ya no hablar muchas cosas con vosotros, porque llega el Prncipe de este mundo. En m no tiene ningn poder. Juan 16,11: Porque el Prncipe de este mundo est juzgado.) La realidad invadente de esta nefasta presencia aparece sealada en muchsimos pasajes del Nuevo Testamento. San Pablo lo llama Dios de este siglo (2 Corintios 4,4), y nos pone sobre aviso con relacin a la lucha en la oscuridad que los cristianos debemos sostener no slo con un demonio sino con una terrible pluralidad suya: dice el apstol en la carta a los Efesios 6,11-12: Vestos de toda la armadura de Dios para que podis resistir las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne (solamente), sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espritus malos de los aires.

Y que no se trata de un solo demonio, sino de muchos, nos lo indican muchos pasajes evanglicos (Lucas 11,20: Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Marcos 5,8-9: Es que l le haba dicho: Espritu inmundo, sal de este hombre. Y le pregunt: Cul es tu nombre? Le contesta: Mi nombre es Legin, porque somos muchos); pero el principal es uno: Satans, que quiere decir adversario, el enemigo; y con l muchos, todos criaturas de Dios, pero degradadas, pues han sido rebeldes y condenados, todo un mundo misterioso, trastornado por un drama infeliz del que conocemos bien poco.

El Enemigo Oculto Que Siembra El Error

Sabemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diablico, que ataen a nuestra vida y a toda la historia humana. El demonio est en el origen de la primera desgracia de la humanidad; l fue el tentador falaz y fatal del primer pecado, el pecado original (Gnesis cap. 3). Desde aquella cada de Adn el demonio adquiri un cierto dominio sobre el hombre, del que slo la redencin de Cristo nos puede liberar. Es historia que dura todava: recordemos los exorcismos del bautismo y las frecuentes referencias de la Sagrada Escritura y de la Liturgia a la agresiva y oprimente potestad de la tinieblas (Lucas 22,53). Es el enemigo nmero uno, el tentador por excelencia. Sabemos as que este ser oscuro y turbador existe realmente, y que acta todava con traicionera astucia; es el enemigo oculto que siembra errores y desventuras en la historia humana. Debemos recordar la reveladora parbola evanglica del trigo y la cizaa, sntesis y explicacin del carcter ilgico que parece presidir nuestras contrastantes vicisitudes (Mateo 13,28: El enemigo del hombre ha hecho esto). Es el homicida desde el principio... y padre de la mentira como lo define Cristo (Juan 8,44); es el que insidia sofisticadamente el equilibrio moral del hombre. Es l el encantador prfido y astuto, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasa, de la concupiscencia, de la lgica utpica, o de desordenados contactos sociales en el juego de nuestro obrar, para introducir en ello desviaciones, tan nocivas como conformes en apariencia con nuestras estructuras fsicas o squicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas.

Todo esto referente al Demonio y su influjo, que l puede ejercer tanto sobre las personas como en las comunidades y sobre sociedades enteras o los acontecimientos diarios, sera un captulo muy importante para reestudiar en la doctrina catlica, aunque en verdad poco se hace hoy al respecto. Algunos piensan que encuentran una suficiente compensacin en estudios psicoanalticos o psiquitricos, o en experiencias espiritistas, tan extendidas hoy en algunos pases. Se teme recaer en antiguas teoras maniqueas, o en pavorosas divagaciones fantsticas y supersticiosas. Hoy al respecto los hombres prefieren mostrarse fuertes y desprejuiciados, presentndose como positivistas, aunque despus prestan odos a tantos gratuitos preconceptos con tintes mgicos o populares, o peor an, abren su propia alma su propia alma bautizada, visitada tantas veces por la presencia eucarstica y habitada por el Espritu Santo!- a experiencias licenciosas de los sentidos, o a las ms deletreas de los estupefacientes, as como a las seducciones ideolgicas de los errores de moda, convirtindose todas stas en rendijas a travs de las cuales el Maligno puede penetrar fcilmente para alterar la mentalidad humana. No decimos que cada pecado se deba directamente a la accin diablica (Cf. S. TH. 1, 104, 3); sin embargo es verdad que quien no se vigila a s mismo con cierto rigor moral (Cf. Mat. 12,45; Ef. 6,11) se expone al influjo del mysterium iniquitatis, al que se refiere San Pablo (2 Tes. 2,3-12), y que torna problemtica la alternativa de nuestra salvacin. Nuestra doctrina se vuelve incierta, oscurecida por las mismas tinieblas que circundan al Demonio. Pero nuestra curiosidad, excitada por la certeza de su mltiple existencia, se vuelve legtima a partir de estas dos preguntas: Hay signos, y cules, de la presencia de la accin diablica? y cules son los medios de defensa contra tan insidioso peligro?

Presencia De La Accin Del Maligno

La respuesta a la primer pregunta impone gran cautela, a pesar de que los signos del Maligno parecen a veces hacerse evidentes (Cf. TERTULL. Apol. 23). Podramos suponer su siniestra accin all donde la negacin de Dios se vuelve radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma de modo hipcrita y fuerte contra la verdad evidente, donde el amor es apagado por un egosmo fro y cruel, donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (Cf. 1 Cor. 16,22; 12,3), donde el espritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde la desesperacin se afirma como la ltima palabra, etc. Pero este es un diagnstico demasiado amplio y difcil, que nosotros no nos atrevemos ahora a profundizar y a autenticar, aunque no est privado de un inters dramtico, al que tambin la literatura moderna ha dedicado pginas famosas (Cf. Como ejemplo las obras de Bernaos, estudiadas por CH. MOELLER, Litter. Du XXe sicle, I, p. 397 ss; P. MACCHI, Il volto del male in Bernanos; cf. adems Satn, Etudes Carmelitaines, Descle de Br. 1948). El problema del mal queda como uno de los problemas ms grandes y permanentes para el espritu humano, an despus de la victoriosa respuesta que nos da Jesucristo: Nosotros sabemos, escribe el Evangelista S. Juan, que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno (1 Jn. 5,19).

La Defensa Del Cristiano

A la otra pregunta: qu defensa, qu remedio se puede oponer a la accin del Demonio? La respuesta es ms fcil de formular, aunque permanece difcil para ponerla en prctica. Podramos decir: todo aquello que nos defiende del pecado nos resguarda asimismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia asume un aspecto de fortaleza. Y todos recordamos cuanto ha simbolizado la pedagoga apostlica en la armadura de un soldado las virtudes que pueden volver invulnerable al cristiano (Cf. Rom. 13,12; Ef. 6,11,14,17; 1 Tes. 5; 8). El cristiano debe ser un verdadero militante; debe ser fuerte y vigilante ( 1 Ped. 5,8); y debe a veces recurrir a ejercicios ascticos especiales para alejar ciertas incursiones diablicas; Jess ensea esto, indicando el remedio en la oracin y el ayuno (Mc. 9,29). Y el Apstol sugiere la lnea maestra que hay que mantener: No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien (Rom. 12,21; Mt. 13,29).

Por lo tanto, con la conciencia de las adversidades presentes en las cuales hoy se encuentran las almas, la Iglesia y el mundo, nosotros buscaremos de darle sentido y eficacia a la habitual invocacin de nuestra principal oracin: Padre Nuestro, lbranos del mal!>>

Raniero Cantalamessa, Ungidos Por El Espritu

El P. Raniero Cantalamessa, predicador del Papa, en el libro, Ungidos por el Espritu, trata de la uncin real de Jesucristo, que es la que le facilitar la lucha contra el Diablo, y que el Seor transmitir a travs del bautismo a todos los cristianos. Plantea tambin en una descripcin excelente este triunfo de Satans en nuestra poca, consistente en la desmitificacin, en la negacin por los hombres modernos de su existencia. Este libro extracta las enseanzas del P. Cantalamessa dadas entre los das 21 y 26 de septiembre de 1992 en la ciudad de Monterrey, Mjico, en un retiro en el que participaron 1.500 sacerdotes y 70 obispos, pocas semanas antes de la apertura de la Conferencia de Santo Domingo, que se propuso para celebrar el 500 aniversario de la primera evangelizacin del continente.

<<El Espritu lo empuja al desierto

Nos disponemos ahora a analizar el primer movimiento del Espritu Santo sobre Jess, en el cual se realiza su uncin real.

Los tres sinpticos nos dicen que, una vez recibido el bautismo, Jess se dirigi al desierto; los tres atribuyen esta decisin de Jess al Espritu Santo, al decir que inmediatamente despus del bautismo, el Espritu lo empuj en el desierto. Lucas que es el ms sensible de todos a la accin del Espritu Santo en la vida de Jess, duplica la mencin del Espritu Santo, en este punto, y dice que Jess lleno de Espritu Santo se alej del Jordn y fue conducido por el Espritu en el desierto (Lc 4,1).

Sabemos que cada uno de los tres evangelistas acenta los aspectos del episodio que respondan ms a la intencin y a la ndole de la propia narracin. Mateo y Lucas, por ejemplo, relacionan las tentaciones de Jess con las de Israel en el desierto, para decir que Jess es el nuevo Israel que triunfa donde Israel haba fracasado; Marcos alude ms bien a Jess como el nuevo Adn, sealando el xito de Jess sobre las tentaciones, y despus de haber vencido al tentador, reintroduce al hombre en el paraso perdido (Estaba con las fieras y los ngeles le servan).

Pero a nosotros no nos interesan tanto las diferencias, sino ms bien el ncleo comn, o el significado de fondo, que se obtiene teniendo en cuenta todo el evangelio y no solamente el episodio de las tentaciones. Jess mismo explica el sentido de su lucha contra Satans en el desierto, diciendo: Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus cosas, si no ata primero al hombre fuerte; entonces podr saquear su casa (Mc 3,27). En el desierto Jess ha atado al adversario; ha, por as decirlo, arreglado cuentas con l, antes de entregarse al trabajo, y ahora puede llevar adelante su campaa en territorio enemigo, libre de cualquier indecisin o incertidumbre acerca de la finalidad o de los medios que pueda emplear (Ch. H. Dodd).

Jess se libra de Satans para librar de Satans; ste es el sentido del episodio de las tentaciones, visto a la luz de todo el evangelio. Continuando la lectura del evangelio, tenemos la impresin de que despus de dicho episodio, se da como una avanzada irresistible de la luz que irrumpe en el frente demonaco de las tinieblas. Cuando Jess se acerca, los demonios se agitan, tiemblan, suplican que no los expulse y tratan de establecer ciertos pactos con Jess: Qu tenemos nosotros contigo, Jess de Nazaret? Has venido a destruirnos? S quien eres t: el Santo de Dios (Mc 1,24); Si nos echas, mndanos a esa piara de puercos (Mt 8,31). Pero la presencia de Jess no deja va libre: Cllate, y sal de l (Mc 1,25). Ante estos acontecimientos la gente estaba tan sorprendida que se preguntaban unos a otros: Qu es esto? Una nueva doctrina, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espritus inmundos y le obedecen! (Mc 1,27).

La cosa que impresiona ms, como se ve, es la autoridad y la potencia que sale de Jess. Inmediatamente surge la pregunta: De dnde le viene esa autoridad? La respuesta de los adversarios no se hace esperar: Del prncipe de los demonios! A sta se antepone la respuesta de Jess: Yo expulso los demonios con el dedo de Dios (Lc 11,20); por virtud del espritu de Dios (Mt 12,28). Incluso Pedro, en los Hechos de los Apstoles, pone en estrecha relacin esta actividad de Jess contra los demonios con la uncin del Espritu Santo: Dios consagr en Espritu Santo y en potencia a Jess de Nazaret, el cual pas sanando a todos aquellos que estaban bajo el poder del diablo (Hech 10,38).

Pero tratemos de entender mejor esta afirmacin. Qu pas en el desierto, para que a su regreso; Jess tenga tanta autoridad como para expulsar a Satans? Es que Satans ha sido vencido en su territorio! El terreno predilecto de Satans, despus del pecado, era la libertad del hombre; de sta haba hecho su roca fuerte e inexpugnable porque la nica cosa que le poda expulsar era la voluntad del hombre, que por el pecado haba sido sometida y transformada en esclava de Satans (cfr. Rom 6,16ss; Jn 8,34) y como tal no poda librarse de su dueo y verdugo mientras continuara en su condicin de esclava. Jess ha penetrado en esta roca fuerte y la ha destruido. Sus tres potentes noes! opuestos a las tentaciones han destruido absolutamente el arma de Satans que es la rebelin contra Dios. Satans cay como fulminado (cfr. Lc 10,18). Estos noes! Dirigidos a Satans, eran al mismo tiempo unos ses! amorosos e incondicionales a la voluntad del Padre.

La potencia de Jess surge de esto: l acta con la autoridad y poder de Dios; los demonios sienten que Jess es el santo de Dios, es decir, que en l est presente la santidad misma de Dios y son incapaces de soportar dicha presencia. Esto significa expulsar los demonios con el Espritu de Dios: el diablo ha perdido su poder en presencia del Espritu Santo (San Basilio, De Spir. S. 19, PG 32, 157a).

Le quedaba a Satans nicamente el imperio de la muerte, que l perdi cuando, incautamente, arrastr a sta al mismo Jess. La pasin es el segundo tiempo de la gran lucha entre Jess y el prncipe de las tinieblas; sta es el tiempo fijado, en el cual el demonio, segn opinin de Lucas, retoma la batalla contra Cristo (cfr. Lc 4,12). Llega el prncipe de este mundo dice Jess en las vsperas de su muerte-; l no tiene en m ningn poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro segn el Padre me ha ordenado (Jn 14,30). Satans haba perdido todo su poder sobre Jess en el desierto; y ahora Jess por medio de su muerte, reduce del todo a la impotencia a aquel que de la muerte tena el poder, es decir el diablo (cfr. Heb 2,14). Satans es vencido en su ltimo refugio; se lleva a cabo el gran juicio del mundo y el prncipe del mundo es echado fuera (cfr. Jn 12,31). En la cruz, Jess, obedeciendo al Padre incluso hasta la muerte, ha roto el poder de Satans, como se rompe una barra de hierro; desde este momento, dice el Apocalipsis, el imperio del mundo pertenece a nuestro seor y a su Cristo (Ap. 11,15).

El Dragn y la mujer

Cuando nosotros pasamos del anlisis de estas afirmaciones sobre la victoria de Jess, al anlisis de la situacin de la Iglesia, inmediatamente despus de la Pascua, nos encontramos con una cierta confusin y desilusin que hieren: todo contina como antes! Los mismos autores del Nuevo Testamento nos lo dicen con desconcertante simplicidad. San Pablo afirma: Nuestra batalla no es contra criatura hecha de sangre y de carne, sino contra los Principados y las Potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espritus del mal que habitan en las alturas (Ef 6,12). Pedro a su vez escribe: Vuestro enemigo el diablo, como len rugiente ronda buscando a quien devorar (1 Pe 5,8). El Apocalipsis da una especie de representacin escenogrfica de esta nueva situacin: el demonio (el Dragn), ya que no ha podido devorar el Hijo (Jess), lleno de rabia, se lanza contra la Mujer que lo ha dado a luz, obligndola a refugiarse en el desierto (cfr. Ap 12, 13-14). La Iglesia (la Mujer) es conducida por el Espritu en el desierto en donde es tentada por el diablo! No se poda decir de una manera ms clara que la lucha contra Satans, despus de la que sostuvo Jess, contina en la Iglesia, y contra la Iglesia. De hecho esta lucha se ha hecho ms fuerte, porque Satans est lleno de furia, sabiendo que le queda poco tiempo (Ap 12,12). Tambin para l, con la venida de Cristo, el tiempo se ha abreviado; una vez que ha llegado el fin de los tiempos, no le queda ms que esperar sino la eternidad, que ser el momento en el cual para l habr terminado cualquier perspectiva de accin en el mundo y ser encerrado por siempre en la inmovilidad eterna de su condenacin.

Si los autores del Nuevo Testamento pueden decirnos estas cosas, sin mostrarse demasiado sorprendidos, es porque han descubierto el sentido de todo esto. La tentacin es un aspecto de los sufrimientos de Cristo. Los miembros deben participar en la lucha de la Cabeza, tal como participarn un da de su victoria plena y de su gloria. sta es una ley universal que vale para cada tipo de sufrimiento, incluso para este sufrimiento especial que es la tentacin y la lucha contra el demonio.

Pero llegados aqu descubrimos que no es del todo cierto que la situacin no ha cambiado, y que las cosas estn tal y como estaban antes de la venida de Jess. Jess, en el desierto, ha atado a Satans de una vez para siempre; luego en la cruz una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibi pblicamente, incorporndolos a su cortejo triunfal (Col 2,15). Por lo tanto el poder de Satans ya no tiene la misma libertad para poder actuar en vista de sus propios fines, como era antes, porque ha sido sujetado. Satans acta por un fin concreto pero en realidad obtiene o revoca otro, muy distinto e incluso contrario; sin que l lo quiera, l sirve a la causa de Jess y de sus santos. Satans es verdaderamente aquella potencia que siempre quiere el mal y obtiene el bien (Goethe). El viejo Satans est loco: quera golpear mi alma, pero se ha equivocado de objetivo y ha destruido mi pecado. Estas palabras de un canto espiritual negro contienen una de las intuiciones ms profundas que conozco sobre el demonio y su accin en contra de los santos. Esto porque Jess ha cambiado el sentido de la accin de Satans: sta se devuelve ms bien contra l, se ha transformado en una especie de boomerang. l se ensa contra Jess, hacindolo condenar, flagelar y crucificar; pero Jess, aceptando todo en obediencia al Padre, y por amor de los hombres lo ha transformado en la suprema victoria de Dios y en la suprema derrota de Satans. Jess es vctor quia victima (San Agustn); Satans, por el contrario, es victima quia victor; Cristo es vencedor cuando es vctima, Satans es vctima cuando es vencedor; es vctima de su victoria.

As mismo ha sucedido siempre a los verdaderos seguidores de Jess, para los santos, partiendo de los mismos mrtires de los cuales habla el Apocalipsis (cfr. Apoc 11,7 ss.). La victoria de Dios se construye en la aparente derrota. El aspecto ms duro de aceptar en todo esto es que cada vez la derrota se presenta con caracteres reales y concretos, y Dios parece que se deja ganar la partida por el adversario en todos los frentes; y al final casi como que se ausenta, permitiendo al enemigo el que pueda lanzar su ltima arma, la ms temible: la duda sobre la bondad de Dios: En dnde est tu Dios? Qu padre no correra a poner fin a un sufrimiento como ste que est padeciendo el hijo? La derrota mortal de Satans se lleva a cabo, cuando, en esta situacin, el discpulo de Jess rene todas sus fuerzas y casi gritndose a s mismo, dice: T eres santo, Seor! Justas y verdaderas son tus vas! Me abandono a ti Padre, aunque no te comprendo! Padre, en tus manos encomiendo mi Espritu! La victoria consiste, al final, en hacer propios los mismos sentimientos de Cristo.

Existe un objetivo, para el cual Dios aprovecha la accin de Satans, y es la correccin y la humildad de sus elegidos. Para que Pablo no cayera en la soberbia por la grandeza de las revelaciones recibidas, le fue puesta una espina en la carne, un enviado de Satans, que lo abofeteaba (cfr. 2 Cor 12,7). Lo mismo sucede con San Francisco, quien despus de haber recibido los estigmas, para que no cayera en soberbia, recibi tantas tribulaciones y tentaciones por parte del demonio que sola decir: Si supieran los hermanos cuntas y qu graves tribulaciones y aflicciones me da el demonio, no habra ninguno de ellos que no se moviera a compasin y piedad por m (Espejo de perfeccin, 99). El mismo santo llamaba a los demonios, ejecutores materiales de las rdenes del Seor: As como el Podest deca l- enva a su guardia a castigar el ciudadano que ha cometido un delito, as el Seor corrige y castiga a aquellos que l ama, por medio de los demonios, ejecutores de su justicia ( Leyenda de Perusa 92).

Naturalmente esta es slo una visin en positivo de la historia de las tentaciones en la Iglesia; existe tambin una visin en negativo hecha de victorias parciales o incluso totales del enemigo. Esto se ha dado cada vez que el cristiano se ha separado del rebao de Cristo para combatir como lobo, en vez de hacerlo como cordero; cada vez que la Iglesia ha credo poder instaurar el reino de Dios con medios diversos de los empleados por Jess en el desierto. Pero sobre esta historia en negativo ya se ha insistido tanto en el pasado (basta recordar la tremenda requisitoria de Dostoevskij, en el Gran Inquisidor) que, por lo menos esta vez la podemos dejar de lado.

El silencio de Satans

Todo esto, para bien o para mal, ha dado a la existencia cristiana de todos los tiempos un carcter dramtico y de lucha; de una lucha que se ha librado no slo contra la carne o la sangre. Hoy en da esta tensin, en gran parte y en muchos sectores de la cristiandad, ha decado sorprendentemente; el silencio se ha posado sobre Satans; la lucha se ha transformado en una lucha contra la carne y la sangre, es decir, contra los males que estn al alcance de la mano del hombre, como la injusticia social, la violencia, el propio carcter, o el propio pecado. Para males al alcance de la mano basta naturalmente una salvacin al alcance de la mano del hombre realizable con el progreso y con el esfuerzo humano; no es necesario, en otras palabras, la salvacin cristiana, que llega desde fuera de la historia. El inventor de la desmitificacin ha escrito: No se puede usar la luz elctrica y la radio, no se puede recurrir en caso de enfermedad a mdicos y clnicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espritus (R. Bultmann). La desmitificacin ha exorcizado al demonio del mundo, pero en modo diverso del que leemos en el Nuevo Testamento: no expulsndolo, sino negndolo. Ninguno, creo, ha estado tan contento de ser desmitificado como el demonio, si en realidad es cierto -como se ha dicho- que la astucia ms grande de Satans es hacer creer que no existe (Ch. Baudelaire).

As el hombre moderno, que ha vivido los dos baos fuertes de la desmitificacin y de la secularizacin, manifiesta una extraa alergia al or hablar de este argumento. Se ha terminado por aceptar, ms o menos conscientemente, una explicacin tranquilizante: el demonio es la suma del mal moral humano y una personificacin simblica, un mito, un espantapjaros; es el inconsciente colectivo, la alienacin colectiva.

Cuando el Papa Pablo VI, hace algunos aos, record a los cristianos la verdad catlica sobre la existencia del demonio, la cultura laicista (o, al menos, parte de sta) reaccion escandalizada rasgndose las vestiduras: Cmo es posible que hoy en da alguien se meta a hablar del diablo! Es que estamos volviendo al Medioevo? Incluso muchos creyentes y entre ellos algunos telogos se dejaron intimidar: S, pero podra efectivamente bastar la hiptesis simblica, la explicacin mtica o la psicoanaltica...

La vida cristiana, deca, queda desdramatizada, incluso trivializada. Y no slo la vida cristiana, sino la vida de Cristo, viene desdramatizada, vanificando su victoria, porque ya no se sabe quin fue su verdadero adversario, aquel contra el cual luch con toda su alma, aquel que lo condujo a la cruz y que luego fue vencido en sta. Cuando en el bautismo se nos dona la vida cristiana, la Iglesia nos la presenta como una eleccin: Renuncias a/ Crees en?; como si dijera: existen dos seores, dos reinos en el mundo: es necesario elegir rey: a quien quieres pertenecer? El hecho de abolir uno de los dos polos de la eleccin, el negativo, revela, en el hombre secularizado, el miedo de tener que elegir; l busca eliminar de raz la angustia, eliminando la eleccin, pero no ha entendido que hacindolo as, se entrega a una angustia mayor.

Porque el elegir o apostar- es una cosa necesaria y el hombre lo sabe! As como el inconsciente, reprimido, se transforma en neurosis y genera todo tipo de disturbios psicolgicos, tambin el demonio abandonado detrs de los mitos y renegado por la inteligencia, aprovecha para crear en el hombre moderno todo tipo de neurosis espirituales: agitacin, miedo, remordimiento, angustia. Y de hecho est sucediendo una cosa extraa: Satans expulsado por la puerta, ha entrado por la ventana; expulsado por la fe y la teologa, ha entrado por la supersticin. El mundo moderno, tecnolgico e industrializado, se est llenando -con mucha ms fuerza en los lugares con mayor industria y avances tecnolgicos- de magos, adivinos, espiritistas, ocultistas, fabricantes de horscopos, vendedores de amuletos e incluso de sectas satnicas como tales. Se ha dado algo similar a aquello que el apstol Pablo echaba en cara a los paganos de su tiempo: Jactndose de sabios se volvieron estpidos, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible por una representacin en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrpedos, de reptiles... Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entreg Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene. (Romanos 1,22-28).

Pero el demonio existe!

He aqu una situacin tal que, como deca Santa Catalina de Siena, es necesario que alguien emita un grito fuerte, capaz de despertar a los hijos adormecidos que yacen dentro de la santa Iglesia. Hermanos, ya es tiempo de despertarnos del sueo! El demonio existe y hoy ms que nunca est lleno de rabia contra los santos. Se dira que presiente, olfatea que algo grande se aproxima para la Iglesia y ha puesto de su parte todas las fuerzas para impedirlo o desviarlo, como si imprevistamente el tiempo se hubiera hecho de nuevo breve para l. Reacciona violentamente cuando se proclama que ya es el tiempo de las bodas del Cordero, y que su Esposa est preparada (Ap 19,7). Enloquece de celos ante Jess.

Jess se ha dicho- permanece en agona en el huerto hasta el fin del mundo. Y es verdad, si se tiene en cuenta la doctrina del cuerpo mstico. Debemos decir entonces que tambin es verdad que Jess permanece en el desierto hasta el fin del mundo. Si se pudiera describir todo lo que Satans est haciendo hoy contra este Jess que est en el desierto para ser tentado, seguramente saldra de nuestra boca un grito de horror. Los argumentos que l proclama a gran voz para separar a los creyentes de Dios, son una verdadera y terrible escuela de teologa. Nos hacen ver como tantas disputas teolgicas que hoy en da llenan libros, revistas y peridicos y que hacen perder tiempo y energas a la Iglesia, no son ms que escaramuzas acadmicas, mientras que la verdadera batalla se encuentra en otra profundidad. Menos mal para la Iglesia que existen bastiones que, dejndose flagelar por el ngel de Satans, detienen y rompen el impulso de sus olas y no permiten que caigan sobre toda la Iglesia.

Entonces por qu pocos parecen darse cuenta de esta tremenda batalla subterrnea que se est llevando acabo en la Iglesia? Por qu entonces son tan pocos los que parecen sentir los siniestros rugidos del len que gira buscando a quien devorar? Es muy simple! Porque los doctos y los telogos (y no slo ellos) buscan el demonio en los libros, mientras que al demonio no le interesan los libros sino las almas, y no se encuentra frecuentando los institutos universitarios, las bibliotecas, o las oficinas de las curias eclesisticas, sino, como digo, en las almas. En las almas, especialmente en aquellas que han tomado en serio a Dios, o mejor dicho, aquellas que Dios ha elegido para sus planes misteriosos, se ve obligado a salir al descubierto. La prueba ms fuerte de la existencia de Satans no se encuentra en los pecadores o en los posedos, sino ms bien en los santos. En ellos, por contraste, su accin se distingue claramente, como el negro del blanco. Lo mismo sucede en el evangelio, en donde la prueba ms convincente de la existencia de los demonios no se encuentra en la liberacin de los posedos (que algunas veces efectivamente, llega a colindar con la creencia del tiempo sobre los orgenes de las enfermedades), sino en las tentaciones de Jess, cuando Satans se ve obligado a presentarse a contraluz.

Sera fuera de lugar esperar que una cultura atea o secularizada crea en la existencia del demonio. Sera incluso trgico que se creyera en el demonio cuando no se cree en Dios. Qu puede saber sobre Satans quien nunca se ha encontrado con la realidad de ste, sino que ms bien ha tropezado con ideas, tradiciones culturales, religiosas, etnolgicas, sobre Satans? stos suelen tratar este argumento del demonio con gran seguridad y superioridad y negarlo todo colocndole la etiqueta de oscurantismo medieval. Pero es una seguridad solo aparente, como la de quien se jactase de no tenerle miedo al len porque lo ha visto tantas veces pintado o en fotografa y nunca se ha asustado.

Apenas se sale de la academia y se entra en el mundo de las almas y en el vivo del reino de Dios, se cambia de opinin sobre Satans. es entonces cuando se descubre de donde emana el veneno que ablanda el mundo, de donde proviene cierta filosofa atea que enarbola la bandera de la autonoma absoluta del hombre, de dnde viene la mentira que luego se establece como sistema, la destruccin del hombre, la blasfemia y el desprecio contra el nombre de Cristo.

Pero no es nicamente en las almas, en los hombres como individuos en donde Satans ejercita su accin, aunque s es slo aqu en donde queda al descubierto. Esta accin se esconde y acta a travs de instituciones, situaciones y realidades humanas de las cuales se ha apropiado. El Nuevo Testamento nos ensea sobre esto algo que es muy actual: nos habla de un espritu que vaga en el aire (Efesios 2,2), es decir que es como una atmsfera que respiramos y que encuentra en la opinin pblica (los medios de comunicacin) su vehculo privilegiado.

Se puede decir que al igual que existe una uncin de Cristo que nos ensea cada cosa, es decir que hace ver cada cosa a la luz de Cristo (cfr. 1 Jn 2, 20-27), tambin existe una uncin del anti-Cristo que ensea cada cosa, es decir, que da de cada cosa una interpretacin particular mostrando, por as decir, el lado satnico de las cosas. Esta uncin de muerte penetra todo, se adhiere a todo, y se transforma en el espritu del propio tiempo. Cuando el apstol nos exhorta a no conformarnos al espritu de este siglo (cfr, Rom 12,2), se refiere a este espritu. Se puede decir que la incredulidad del mundo de hoy en donde no es impuesta de lo alto con violencia- es causada por Satans, en gran parte, a travs de este medio silencioso del adaptamiento pasivo al espritu de este siglo, haciendo respirar al hombre de hoy el olor de esta uncin que tiene el poder de adormecer las conciencias. Este espritu del tiempo se llama hoy materialismo prctico y no es menos peligroso del materialismo terico del marxismo.>>

Cardenal Joseph Suenens, Renovacin y poder de las tinieblas

El Cardenal Len Joseph Suenens, de Malinas, Blgica, fue uno de los grandes referentes en las sesiones del Concilio Vaticano II, por sus intervenciones que fueron decisivas para incorporar a los documentos del Concilio la doctrina de los carismas en la Iglesia. Luego del Concilio el Cardenal Suenens fue nombrado por el Papa Paulo VI su representante personal ante la Renovacin Carismtica Catlica de incipiente surgimiento, puesto que el Cardenal se haba integrado a la experiencia carismtica.

En 1982 escribi el libro Renovacin y poder de las tinieblas, con un prefacio escrito por el cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI, quien expresa: Como Prefecto de la Congregacin para la Doctrina y la fe, no puedo sino saludar cordialmente la obra del Cardenal Suenens: es una importante contribucin al verdadero desarrollo de la vida espiritual en la Iglesia de hoy. De la Parte Primera del libro, que se titula Iglesia y poder de las tinieblas, extraemos las siguientes consideraciones sobre la existencia y accin de Satans:

<<La fe de la Iglesia

Es forzoso reconocer que entre los cristianos existe hoy da una cierta desazn a propsito de la existencia del o de demonios. Mito o realidad? Satans debe ser relegado al reino de los fantasmas? Se trata simplemente de la personificacin simblica del Mal, de un mal recuerdo de una poca precientfica ya superada?

Un gran nmero de cristianos se deciden por el mito; los que aceptan la realidad se sienten cohibidos e incmodos para hablar del Demonio, por temor a parecer que se solidarizan con las representaciones de que le ha hecho objeto la fantasa popular, y que desconocen los progresos de la ciencia.

La catequesis, la predicacin, la enseanza teolgica en las universidades y en los seminarios evitan generalmente el tema. E incluso en los lugares donde se discute la existencia del Demonio, apenas es objeto de examen su accin y su influencia en el mundo. El Demonio ha conseguido hacerse pasar por un anacronismo: es el colmo del xito solapado.

En estas condiciones hace falta valor al cristiano de hoy para desafiar a la irona fcil y la sonrisa conmiserativa de sus contemporneos.

Y ello tanto ms cuanto que reconocer la existencia del Demonio no se aviene demasiado con lo que Leo Moulin llama el optimismo pelagiano de nuestra poca.

Ms que nunca el cristiano est invitado a tener confianza en la Iglesia, a dejarse conducir por ella, a hacer suya una vez ms la humilde oracin que ella pone en nuestros labios en el transcurso de cada Eucarista:

Seor, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia.

Nuestra fe personal, pobre y vacilante, se fortifica y alimenta de la fe eclesial que la conduce, la sostiene, y le da empuje y seguridad. Ello es especialmente verdadero en este terreno.

Con este espritu filial debemos or la voz del Papa Paulo VI, que nos invita a dominar la desazn, a romper el silencio, y a reconocer que todava hoy la presencia del Maligno no es, por desgracia!, un anacronismo. He aqu el pasaje clave de su declaracin:

El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseanza bblica y eclesistica quien se niega a reconocer su existencia; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificacin conceptual y fantstica de las causas desconocidas de nuestras desgracias

Es el homicida desde el principio y padre de toda mentira como lo define Cristo (cf. Jn 8,44-45); es el insidiador sofstico del equilibrio moral del hombre

No se ha dicho que todo pecado se deba directamente a la accin diablica; pero es, sin embargo, cierto que quien no vigila con cierto rigor moral sobre s mismo (cf. Mt 12,45; Ef 6,11) se expone a la influencia del mysterium iniquitatis, a que se refiere San Pablo (2 Tes 2,3-12), y hace problemtica la alternativa de su salvacin. (Pablo VI, Audiencia general del mircoles 15 de noviembre de 1972).

Sobre el mismo tema, veamos a continuacin las conclusiones de un autorizado estudio publicado por LOsservatore Romano bajo el ttulo Fe cristiana y demonologa, y recomendado por la Congregacin para la Doctrina de la Fe como base segura para reafirmar la doctrina del Magisterio sobre esta materia. El autor empieza diciendo por qu la existencia de Satans y de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaracin dogmtica.

En lo que concierne a la demonologa, la posicin de la Iglesia es clara y firme. Es cierto que en el transcurso de los siglos, la existencia de Satans y los demonios no ha sido nunca objeto de una afirmacin explcita de su magisterio. La causa de ello es que la cuestin nunca se plante en esos trminos: tanto los herejes como los fieles, igualmente apoyados en la Escritura, estaban de acuerdo en reconocer su existencia y sus principales fechoras. Por este motivo, cuando hoy se pone en duda su realidad, debemos recurrir, como antes lo hemos recordado, a la fe constante y universal de la Iglesia, as como a su principal fuente, que es la enseanza de Cristo. Y, efectivamente, en la enseanza evanglica y en el corazn de la fe viva es donde se revela como un dato dogmtico la existencia del mundo demonaco.

A continuacin nos muestra el autor -con una cita de Pablo VI en su apoyo- que no se trata de una afirmacin secundaria de la que se puede fcilmente prescindir, como si no tuviera relacin con lo que est en juego en el misterio de la redencin.

La desazn contempornea que hemos denunciado al principio no pone, por tanto, en duda un elemento secundario del pensamiento cristiano: se trata de una fe constante de la Iglesia, de su concepcin de la Redencin y, en su punto de partida, de la conciencia misma de Jess. Por este motivo, hablando recientemente de esta realidad terrible, misteriosa y temible del Mal, el Papa Pablo VI poda afirmar con autoridad: Se sale del cuadro de la enseanza bblica y eclesistica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por s y que no tiene como cualquier otra criatura, su origen en Dios. Ni los exegetas ni los telogos deberan dejar de tener en cuenta esta advertencia.

Afirmar la existencia del demonio no es caer en el maniquesmo, ni disminuir por eso la responsabilidad y la libertad humana.

Al subrayar actualmente la existencia demonolgica, la Iglesia no se propone ni hacernos volver a las especulaciones dualistas y maniqueas de otros tiempos, ni presentarnos un sucedneo racionalmente aceptable. Ella solamente quiere permanecer fiel al Evangelio y sus exigencias. Es indudable que ella jams ha permitido al hombre eludir su responsabilidad, mediante atribuir sus faltas a los demonios. Ante tal escapatoria, si llegaba el caso, la Iglesia no vacilaba en pronunciarse diciendo con San Juan Crisstomo: No es el Diablo, sino la incuria propia de los hombres la causante de todas sus cadas y de todas las desgracias de que se lamentan.

En este sentido, la enseanza cristiana, por su vigor en asegurar la libertad y la grandeza del hombre, en poner a plena luz el poder y la bondad del Creador, no muestra la menor debilidad. Ha denunciado en el pasado y condenar siempre el recurso demasiado fcil de dar como pretexto una tentacin demonaca. Ha proscrito la supersticin igual que la magia. Ha rechazado cualquier capitulacin doctrinal ante el fatalismo, toda renuncia de la libertad ante el esfuerzo.

El espritu crtico y la prudencia son necesarios ms que en otros puntos en un terreno en que el discernimiento es difcil y requiere l mismo garantas.

Adems, desde el momento en que se habla de una intervencin diablica posible, la Iglesia deja siempre lugar, como por el milagro, a la exigencia crtica. Se requiere efectivamente reserva y prudencia. Es fcil engaarse con la imaginacin, dejarse confundir con relatos inexactos, torpemente transmitidos o abusivamente interpretados. Aqu, como en otros campos, se debe utilizar el discernimiento. Hay que dejar campo abierto a la investigacin y a sus resultados.

El Demonio, antagonista de Dios?

La alusin, en la cita, a las especulaciones dualistas y maniqueas, es una puesta en guardia contra cualquier teora que hiciera del demonio una especie de Contra-Poder, de Antagonista directamente opuesto a Dios, en suma, como dos rivales en una misma lnea de combate.

Se debe evitar, en efecto, imaginar a Satans como una especie de anti-Dios, como si se tratara de dos absolutos enfrentados, como el Principio del Bien frente al Principio del Mal. Dios es el nico Absoluto trascendente y soberano: el Demonio, criatura de Dios, originalmente buena en su realidad ontolgica, desempea en la creacin un papel de parsito destructor, negativo y subalterno. Es el Padre de la mentira, de la perversin. Es una fuerza consciente que conoce, quiere, persigue un designio destructor y se coloca y obra as en el anti-reino, es decir, en la oposicin al Reino mesinico.

No debemos tener a Satans como el Adversario que planta cara a Dios, le provoca y le mantiene en jaque.

Desde que Satans, principio del mal, aparece en la Biblia bajo la figura de la serpiente, se hace hincapi en que se trata de una criatura de Dios (Gn 3,1). Pero ante todo es el enemigo del hombre (Sb 2,24), el enemigo del designio de Dios sobre el hombre. En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio le llama el enemigo de la natura humana.

Justamente as es como lo muestran los primeros captulos del libro de Job. Satans para llevar a cabo su malvado designio contra el hombre se adelanta entre los Hijos de Dios que venan a presentarse ante el Seor (Jb 1,6; 2,1).

El Antiguo Testamento se muestra prudente sobre el papel de Satans, tal vez para evitar que Israel haga de l un segundo Dios. Ms importancia cobrar en el judasmo contemporneo de Cristo, cuando para el judasmo ya no exista el peligro, a causa de estar plenamente establecida la absoluta trascendencia de Dios.

Bajo el nombre de Satans (el Adversario), o de Diablo (el Calumniador), la Biblia lo presenta como un ser personal, invisible por s mismo, incorporal, dotado de conocimiento y de libertad.

En cuanto a los demonios, en el mundo pagano griego se los identifica con los espritus de los muertos o con divinidades paganas. En la Biblia, por el contrario, designan diversos espritus del mal que el Nuevo Testamento denomina espritus impuros.

Jess y el Demonio

No podemos leer el Evangelio sin sentirnos sorprendidos por la presencia del Maligno en su oposicin a Jess. El enfrentamiento es constante, aunque no aparezca siempre en primer plano. Se le percibe claramente en el umbral de la vida pblica del Salvador. El relato de la tentacin de Jess en el desierto es como el prefacio de la misin que el Salvador se dispona a cumplir y como la clave del drama que iba a desarrollarse en el Calvario.

Esta confrontacin inevitable no es un simple episodio entre otros, sino una anticipacin del drama final, como su se corriera el velo entreabrindose ya el misterio del Viernes Santo. Por su parte, San Lucas termina el relato de la tentacin en el desierto con estas palabras: Acabada toda tentacin, el diablo se alej de l hasta un tiempo oportuno (Lc 4,13). Con ello se alude indudablemente a la confrontacin final, que terminar en la hora de la pasin.

La referencia a las tinieblas se repite en el Evangelio como para hacernos palpar entre lneas- la hostilidad solapada del Enemigo.

Cuando Judas sale del cenculo, despus que entr en l Satans (Jn 13,27), San Juan hace constar que era de noche (Jn 13,30). El detalle no se consigna por puro prurito de precisin histrica.

La presencia hostil del Enemigo se adivina en filigrana, a cada paso, y cuando Jess expira en la Cruz., el escritor inspirado hace constar, no por puro prurito de detalle sino a causa de su densidad teolgica, que las tinieblas cubran el cielo de Jerusaln.

Por lo dems, la lucha de Cristo contra el Tentador la encontramos varias veces a lo largo de su existencia. Jess luchar contra aquellos de los que se vale el Demonio como instrumentos para hacerle desviar del camino del Padre: los judos de su tiempo, y en algunas ocasiones, los mismos apstoles, Pedro (Mt 16,23), Santiago y Juan (Lc 9, 54-55).

Se trata de una constante en su vida: no tenemos el derecho de ponerla entre parntesis y de pasarla en silencio.

La Iglesia, intrprete del texto de San Marcos: Expulsarn demonios

Es la Iglesia quien debe guiar en la lectura de los textos precisos y especficos, relativos a la promesa de Jess a sus futuros discpulos con respecto al poder del Mal. Detengmonos en el final de San Marcos que, por ser un aadido al texto primitivo, no por ello es menos reconocido por la Iglesia como cannico e inspirado, y que representa un testimonio apostlico. Cmo leer y entender estas palabras del maestro que se encuentran de forma semejante en otros lugares:

Estas son las seales que acompaarn a los que crean: en mi nombre expulsarn demonios, hablarn en lenguas nuevas, agarrarn serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les har dao; impondrn las manos sobre los enfermos y se pondrn bien (Mc 16, 17-18).

Quin dir, en ltimo anlisis, sino el magisterio vivo de la Iglesia, lo que hay que tomar literalmente de estas palabras y lo que es una hiprbole e imagen que invita a la confianza en el Seor?

Sin hacer aqu una exgesis de este texto, indiquemos, a ttulo de ejemplo, algunas consideraciones que se nos ocurren.

Expulsaris demonios, ha prometido Nuestro Seor a sus futuros discpulos. S, sin duda, pero hay muchas formas de triunfar del Maligno.

-Jess no adopt l mismo una forma estereotipada, uniforme. No dijo que hay que interpelar a los demonios, como lo hizo l mismo a veces no siempre-, ni pedirles sus nombres, ni intentar determinar su especialidad, y menos an, confeccionar el inventario.

-Durante su ministerio pblico, reaccion de mltiples formas cuando se encontr frente al Espritu del Mal. Manifest una libertad soberana al escoger los medios: a veces el vuelve la espalda y se dirige al enfermo; a veces le confunde, denuncia la impostura u ordena la liberacin.

Jess no dijo que este combate deba ser un duelo singular. No dio a sus discpulos la frmula infalible para el discernimiento de espritus, ni el mtodo a seguir. Sino que suscit el ministerio apostlico para guiarlos en el camino, esperando su vuelta gloriosa.

-Jess no dijo que el afrontar directamente al demonio el ataque directo por orden expresa o por adjuracin- formaba parte integrante de nuestra vida cristiana y que convena por lo tanto ensear a todos la liberacin concebida as. O hacer de ella un ejercicio de piedad de uso cotidiano. De igual modo que no ha recomendado animar a los cristianos a tomar serpientes en sus manos, ni a beber algn veneno mortal.

Se puede tambin resaltar tilmente que ningn demonio de lujuria fue expulsado de la mujer adltera (Jn 8) o de la pecadora de que habla San Lucas (cap. 7), o de los incestuosos de Corinto (1 Cor 5). Ningn demonio de avaricia fue expulsado de Zaqueo, ningn demonio de incredulidad fue expulsado de Pedro despus de su triple negacin. Ningn demonio de rivalidad fue expulsado de los corintios que Pablo tuvo que llamar al orden.

El Seor no dijo que el Demonio est al origen de todo pecado de los hombres y que todas las faltas sean cometidas por instigacin suya. Explic una parbola que no va de ningn modo en este sentido. La parbola del sembrador, aparte del caso en que la simiente es arrebatada por el Diablo, menciona otras en que la simiente muere porque ha cado en tierra sin profundidad -smbolo de la ligereza y de la inconstancia de los hombres-; o tambin porque las espinas - figura de las preocupaciones que apartan de Dios- la ahogan (Mt 13, 19 ss; Mc 4,15; Lc 8,12 ss.).

Se combate al Demonio preventiva y positivamente con todo lo que alimenta y fortifica la vida cristiana y, por lo tanto, en primer lugar, con el recurso a los Sacramentos. Y entre stos, la Eucarista que es su centro de convergencia, es para nosotros, por excelencia, fuente de curacin y de liberacin.

De igual modo que el sol, por medio de su ser de fuego y de luz, disipa y expulsa la noche, Cristo Jess despliega en el misterio eucarstico si sabemos acogerlo- todo su poder de vida y de victoria sobre el Mal.

En una palabra, para comprender un texto, hay que ponerlo en su contexto pleno y vital; y es al Magisterio vivo de la Iglesia que corresponde el discernimiento final, la interpretacin fiel en su Espritu y en su letra.

El pecado, primer enemigo

En la literatura demonolgica la atencin est centrada normalmente en los casos reales o supuestos de posesin diablica. Los medios de comunicacin social, por su parte, han acentuado fuertemente esta tendencia.

Hay que ser consciente de la deformacin de ptica as creada y evitar la trampa de dar ms importancia a lo que es raro y excepcional.

Lo que nos hace esclavos del poder del Mal, no es normalmente la posesin diablica; los telogos estn de acuerdo en decir que el Demonio no puede entrar en lo secreto de las conciencias si uno no se la entrega voluntariamente.

Es el pecado y su dominio que nos hacen esclavos y que permiten a las influencias perversas el amplificar la nocividad, como un viento que sopla sobre un fuego imprudentemente encendido. El arma ms temible de que dispone el Demonio no es la toma de posesin, sino el pecado en cuanto tal.

Su influencia est presente all donde el pecado reina, y ste ha invadido, en alto grado, nuestra humanidad descentrada y entregada a tanta permisividad moral.

La liberacin es, por lo tanto, fundamental y prioritariamente la liberacin del pecado en nosotros, que nos hace esclavos y disminuye nuestra libertad. La dificultad es que el pecado acta a todos los niveles del hombre: razn, voluntad, accin, emocin. La escala de este tipo de esclavitud es muy amplia y variada.

Es aqu, y no sobre fenmenos que pueden ser nicamente psicopatolgicos, que hay que fijar ante todo la atencin cuando se habla de liberacin. Como ha escrito Jean-Claude Sagne, O.P.:

Es en el vaco provocado por nuestra falta de confianza en Dios o por nuestro apego egosta o an por nuestra suficiencia orgullosa, que el demonio interviene para transformar nuestra debilidad en peso espiritual, para hacer de nuestros apegos ataduras espirituales y, por fin, para hacer de nuestros movimientos de orgullo un obstculo endurecido a la invasin del Espritu Santo. Habr muchas cosas que decir sobre la accin tentadora del demonio y de los ngeles malos que la secundan. Satans endurece lo que encuentra o lo desorganiza ms. Acenta los trazos ya dibujados. Explota nuestras debilidades.

La concupiscencia

No se puede olvidar tampoco que hay en nosotros una realidad que no se identifica con el pecado, pero que es un elemento de perturbacin, no identificable con lo demonaco. Nos referimos a la concupiscencia.

En teologa, se entiende generalmente por este trmino los restos dejados por el pecado en el hombre justificado por la gracia, es decir, las secuelas que se manifiestan en contra de su voluntad bajo forma de diversos impulsos. Es este un dato clsico que califica una situacin previa al ejercicio de la libertad y que condiciona por una parte el actuar moral del hombre justificado. San Pablo no dud en escribir: No hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco (Rom 7,15).

No hay que identificar esta concupiscencia, subyacente al actuar humano, con un dominio especial directo del Demonio.

El pecado estructural

Lo dicho a nivel de las personas es verdad tambin a nivel de las estructuras inhumanas de nuestra sociedad, estructuras econmicas, sociales, polticas, que no reconocen los derechos del hombre y que son incompatibles con su dignidad.. A esta escala reina tambin el pecado, aun cuando la responsabilidad d e cada uno se separa y se desliga mal de la responsabilidad colectiva.

Nos imaginamos demasiado fcilmente que la accin del Demonio es de tipo espectacular. De hecho, las intervenciones visibles son la excepcin. Su accin, por ser invisible y sutil, no es por eso menos perversa.

El hombre, primer responsable

El pesimismo radical con respecto al mundo, al cuerpo humano, a la libertad innata del hombre, no pertenece a la fe catlica. Aun herido por el pecado, el hombre permanece responsable de sus actos y no es el juguete pasivo de influencias diablicas que lo manipulan.

La influencia del demonio se ejerce de diversas formas: es el tentador, el seductor, el inspirador de opciones culpables. Engaa y presenta lo falso como verdadero, el mal como bien, disfrazndose de ngel de luz (2 Cor 11,14).

Pero su dominio no es desptico: requiere la aquiescencia de los interesados, y en ltimo trmino, el hombre es siempre responsable de su pecado.

La insistencia en las influencias diablicas no debe servir de excusa y de alibi a la debilidad humana y disminuir o eliminar la conciencia de nuestra responsabilidad. Es demasiado fcil apelar a causas extrnsecas a nosotros mismos, para camuflar o atenuar la libertad de nuestra propia decisin. La iglesia se ha opuesto siempre a todo lo que desestabiliza al hombre y le convierte en juguete de fuerzas extraas. Profesa que Dios ha puesto nuestra suerte en nuestras manos, crendonos libres y responsables, y que si la responsabilidad puede ser atenuada por circunstancias, sta permanece sin embargo fundamentalmente intacta.>>

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