Contempladores

Seleccin De Textos Espirituales.

El Origen De La Vida Cristiana.

El misterio de la Encarnacin de Jesucristo - R. Garrigou-Lagrange.
De la parte de Jess en la vida cristiana - Adolphe Tanquerey.
Nuestra Redencin - Dom Columba Marmion.

El misterio de la Encarnacin de Jesucristo:.

El P. Rginald Garrigou-Lagrange escribi numerosas obras sobre Teologa Asctica y Mstica y Espiritualidad. De una de ellas, que lleva por ttulo El Salvador y su amor por nosotros, publicada en Espaol en el ao 1947 extractamos el Captulo IX de la Primera Parte, que lleva por ttulo: El motivo de la Encarnacin y la vida ntima de Jess:

<<Una de las consideraciones que pueden hacernos penetrar profundamente en la vida ntima de Jess es la del motivo de la Encarnacin, la del motivo de su venida a este mundo, que ha debido estar siempre presente en su pensamiento, como el fin de su vida terrena. Quisiramos recordar en este lugar, como demuestra Santo Toms, que, 1, el motivo de la Encarnacin fue un motivo de misericordia; 2, que el Verbo, al encarnarse a fin de salvarnos, no se subordin a nosotros, sino que restableci el orden primitivo y lo sobreelev infinitamente; 3, que Jess en su vida ntima es ante todo Salvador, sacerdote y vctima.

El motivo de la Encarnacin fue un motivo de misericordia.

Existe una opinin segn la cual el Verbo, en el plan actual de la Providencia, se hubiese encarnado an cuando el hombre no hubiese pecado. Cristo hubiese venido entonces, no como Salvador y vctima, sino como cabeza del reino de Dios, y doctor supremo, para dar a Dios una mayor gloria y coronar as la creacin. Hubiese venido por eso con un cuerpo inmortal, no sujeto al dolor. Pero, agrega esta opinin, puesto que ha sobrevenido el pecado, Cristo ha venido en una carne mortal, in carne passibili, como Salvador y vctima, por nuestra salvacin.

Segn esta opinin, Jess es Salvador y vctima, en el plan actual de la Providencia, slo accidentalmente, por as decirlo; ente todo es Rey de Reyes, cabeza del reino de Dios.

Santo Toms (III, q. 1, a. 3.), que ha examinado el valor de esta opinin ya propuesta en su tiempo, escribe a propsito de ella: Parece preferible seguir la afirmacin de los que sostienen que el Verbo, en el plan actual de la Providencia, no se hubiese encarnado si el hombre no hubiese pecado. Pues lo que depende nicamente de la libertad de Dios, sobre todo cuanto es debido a la criatura, slo puede ser conocido de nosotros por la revelacin de las Escrituras. Ahora bien, la Escritura dice por todas partes que la razn de la Encarnacin ha sido la redencin del gnero humano. Por lo tanto es preferible decir que la Encarnacin ha sido enderezada por Dios como un remedio contra el pecado, y que si el primer hombre no hubiese pecado, el Verbo, segn el plan actual de la Providencia, no se hubiese encarnado, aunque hubiese podido encarnarse sin esta condicin, de acuerdo a otro plan.

En otros trminos, segn Santo Toms, los tomistas y muchos otros telogos antiguos y modernos, el motivo de la Encarnacin fue sobre todo un motivo de misericordia, para levantar de su miseria a la humanidad cada. Desde este punto de vista Jess es antes que nada Salvador y vctima ms an que Rey; ste es el rasgo primordial de su fisonoma espiritual

Dios no ha permitido el mal, el pecado del hombre, sino por un bien mayor.

Pero hay otro aspecto del misterio que permite responder a la cuestin a veces angustiosa que se llama el problema del mal. Por qu ha permitido Dios el mal, sobre todo el mal moral, el pecado del primer hombre, previendo que se extendera a toda la humanidad, privada por consiguiente de la gracia y de los privilegios del estado inocente?

Santo Toms expresa muy bien este segundo aspecto del misterio, que algunos de sus comentaristas han descuidado, y que otros han puesto felizmente de relieve. Dice (III, q. 1, a. 3, ad 3): Nada impide que la naturaleza humana haya sido llevada a algo ms grande despus del pecado. Pues Dios no permite el mal sino para obtener un mayor bien. Por lo cual San Pablo escribe a los romanos, 5,20: Donde ha abundado el pecado, all ha sobreabundado la gracia. Y la Iglesia canta en la bendicin del cirio pascual: Oh feliz pecado, que mereci tener un tal y tan grande Redentor.

Es evidente, en efecto, que Dios no puede permitir el mal, sobre todo el pecado, sino con miras a un bien mayor; de lo contrario la permisin divina, que deja que acontezca el pecado, no sera santa. No se podra por cierto decir a priori por qu mayor bien ha permitido Dios el pecado del primer hombre. Pero, despus del hecho de la Encarnacin, se puede y se debe decir con San Pablo: Dios no ha permitido que el pecado abundase sino para que sobreabundase la gracia en la persona de nuestro Salvador y por l en nosotros.

Y por lo tanto, cuando el Verbo se hizo carne para rescatarnos, de ningn modo se ha subordinado a nosotros (sigue siendo infinitamente superior a nosotros, y la Encarnacin es ms preciosa que nuestra redencin); pero se ha inclinado, para elevarnos hacia l. Esta es justamente la nota caracterstica de la misericordia: inclinar lo superior hacia lo inferior, no, por cierto, para subordinarlo a lo inferior, sino para elevar a ste. De este modo se inclina el Verbo al encarnarse, para restaurar el orden primitivo, la armona original, y hasta para sobreelevar en grado inmenso este orden primitivo, uniendo as personalmente la naturaleza humana y manifestndonos as de la manera ms profunda su omnipotencia y bondad.

Dios no permite el mal sino por un bien mayor, y no habra permitido ese mal inmenso que es el pecado original, si no hubiese tenido ante su vista ese mayor bien que es la Encarnacin redentora. Y en esta forma la Misericordia divina, lejos de subordinar a nosotros al Verbo encarnado por nosotros, es la ms alta manifestacin del Poder de Dios y de su Bondad. Ella canta la gloria de Dios ms que todas las estrellas del firmamento.

El Verbo hecho carne, nuestro Salvador, es infinitamente ms grande que el primer hombre inocente. Tambin Mara, guardadas las debidas proporciones, es superior en grado incomparable a Eva, y en la ms humilde iglesia de pueblo, en el momento en que se celebra la misa, se ofrece a Dios un culto infinitamente superior al que le era ofrecido por el primer hombre inocente, en el paraso terrenal.

El rasgo primordial de la fisonoma espiritual de Jess.

De lo cual se sigue que Cristo no es accidentalmente Salvador, sacerdote y vctima. Este es el carcter principal de su vida. No es ante todo un Rey y un Doctor sublime, convertido accidentalmente, a causa del pecado del hombre, en salvador de la humanidad y vctima.. Como lo significa su nombre Jess, es ante todo Salvador, y toda su vida est orientada a su muerte heroica en la Cruz, por la cual realiza su misin, su destino de Redentor. El motivo de la Encarnacin es nuestra redencin mediante el acto de amor heroico del Calvario. Los estigmatizados, como San Francisco, han debido penetrar con toda profundidad esta verdad.

De este modo Cristo aparece ms grande, y mucho ms profunda la unidad de su vida. Toda ella est orientada al acto de amor por el cual ofrecindose en la Cruz ha sido triunfador del pecado, del demonio y de la muerte, acto de amor que agrada a Dios ms de lo que le desagradan todos los pecados

Y entonces se comprende por qu el pensamiento de la redencin por la Cruz, con el de la gloria de Dios, ha sido el primer pensamiento que tuvo Nuestro Seor cuando vino a este mundo y que no le abandon un instante como dice San Pablo (Hebr 10,7): Por eso al entrar en el mundo Cristo dice: T no has querido sacrificio ni ofrenda (de la sangre de toros y machos cabros), ms a m me has apropiado un cuerpo Heme aqu que vengo, para cumplir, oh Dios!, tu voluntad.

Esta oblacin estar siempre viva en su corazn, ser como el alma de su predicacin y de su sacrificio. Los tres primeros evangelistas nos refieren que Jess deca: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y dar su vida para redencin de muchos. (Mat 20,28; Mar 10,45; Luc 1,68; 2,38; 21,28)

Jess es ante todo Salvador, sacerdote y vctima. Este es el rasgo primordial de su fisonoma espiritual, el carcter funcional de su vida interior. Qu se sigue de esto para nosotros?

Que no es algo accidental, en el plan presente de la Providencia, el hecho de que las almas, para santificarse, deban llevar su cruz en unin con el Salvador. El mismo lo ha dicho, como refiere San Lucas (9,23): Dijo despus a todos: si alguno quiere venir en pos de m, renunciese a s mismo, lleve su cruz cada da, y sgame El que perdiere su vida por amor de m, la pondr en salvo. Lo cual se ha cumplido de una manera maravillosa en los mrtires, los cuales, uniendo sus sufrimientos a los del Salvador, salvaban a su vez otras almas, y a las veces las mismas de sus perseguidores.

Sguese tambin que para ser un santo, y hasta un gran santo, no es necesario ser un doctor, ni un hombre de accin, sino que basta estar configurado verdaderamente con Cristo crucificado, como lo estuvo un San Benito Jos Labr, que no posea ms que su pobreza, su sufrimiento soportado con heroicidad, y que apareci como la imagen viviente de Nuestro Seor Jesucristo.

Sguese por ltimo, como explica profundamente Santo Toms (III, q. 62, a. 2) cuando habla del efecto del bautismo, que si la gracia santificante, que posea el primer hombre en el estado de inocencia, es una participacin de la naturaleza divina y nos hace los hijos de Dios, la gracia propiamente cristiana, que nos es comunicada despus de la cada por Cristo redentor, tiene algo especial, que nos hace los miembros vivos de Cristo. Por esta razn, la gracia cristiana, como tal, nos mueve a que suframos a ejemplo de Jess para expiar, reparar los ultrajes cometidos contra Dios, para cooperar en nuestra salvacin y en la del prjimo, como los miembros de un mismo cuerpo deben prestarse mutua ayuda.

Por esta razn ninguna idea cristiana llega a triunfar, ninguna obra cristiana persevera sino despus de ciertas pruebas; Si el grano de trigo, despus de echado en tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce fruto. (Jn 12,24).

En esta forma los cristianos son configurados profundamente con su cabeza, que de s mismo dice a los discpulos de Emas que no le comprendan todava: Por ventura no era conveniente que el Cristo padeciese todas estas cosas, y entrase as en su gloria? (Lc 24,26). Esto es lo que haba anunciado Isaas en su prediccin de la Pasin (Cap. 53). Esto es lo que nos repite todos los das el Sacrificio de la misa y lo que repetir hasta el fin del mundo.>>

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De la parte de Jess en la vida cristiana:

Del libro de Adolphe Tanquerey, Compendio de Teologa Asctica y Mstica, en la Primera Parte, Captulo II, Art. I, obtenemos una clara descripcin de cul es la parte de Jesucristo en nuestra vida cristiana:

<<Todas las tres divinas personas de la Santsima Trinidad nos confieren la participacin de la vida divina. Ms hcenlo en consideracin de los mritos y obras satisfactorias de Jesucristo, el cual, por esta razn, tiene parte tan esencial en nuestra vida sobrenatural, que justamente sta es llamada vida cristiana.

Segn la doctrina de S. Pablo, es Jesucristo cabeza de la humanidad regenerada, as como lo fue Adn del gnero humano en sus orgenes, pero aqul de manera ms perfecta. Con sus mritos rescat el derecho nuestro a la gracia y a la gloria; con sus ejemplos nos muestra cmo hemos de vivir para santificarnos y merecer el cielo; ms antes que todo eso es cabeza de un cuerpo mstico cuyos miembros somos; es, pues, la causa meritoria, ejemplar y vital de nuestra santificacin.

I. Jess, causa meritoria de nuestra vida espiritual

Al decir que Jess es la causa meritoria de nuestra santificacin, usamos de este nombre en su ms amplia significacin, en cuanto juntamente abraza la satisfaccin y el mrito.

Lgicamente la satisfaccin precede al mrito en cuanto que es menester primeramente reparar la ofensa hecha a Dios para alcanzar el perdn de nuestros pecados y merecer la gracia; pero en realidad todos los actos libres de Nuestro Seor eran al mismo tiempo satisfactorios y meritorios; y todos ellos tenan un valor moral infinito. No nos queda sino deducir de esta verdad unas cuantas conclusiones.

A) No hay pecado que no pueda perdonarse, si contritos y humillados pedimos humildemente el perdn. Esto hacemos en el santo tribunal de la penitencia, donde se nos aplica la virtud de la sangre de Jess por mediacin del ministro de Dios. Tambin el santo sacrificio de la misa, en el que Jess sigue ofrecindose, en las manos del sacerdote, como vctima propiciatoria, mueve a nuestra alma a hondos afectos de contricin, vulvenos propicios a Dios, nos alcanza un perdn cada vez ms perfecto de nuestros pecados, y una remisin ms abundante de la pena que deberamos sufrir para purgarlos. An podemos agregar que todas nuestras obras cristianas, unidas a los padecimientos de Cristo, tiene valor satisfactorio para nosotros y para las almas por las que las ofrecemos.

B) Jess ha merecido tambin para nosotros todas las gracias de que hemos menester para conseguir nuestro fin sobrenatural, y fomentar en nosotros la vida cristiana: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Seor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo (Ef. 1,3): gracias de conversin, gracias de perseverancia, gracias para vencer las tentaciones, gracias para sacar fruto de las tribulaciones, gracias de consolacin en medio de las mismas tribulaciones, gracias de regeneracin espiritual, gracias de segunda conversin, y gracia de perseverancia final, todo nos lo ha merecido l; y nos asegura que cuanto pidiramos al Padre en su nombre, o sea, fundndonos en sus mritos, nos ser concedido.

Para inspirarnos mayor confianza, ha instituido los sacramentos: signos sensibles que nos confieren la gracia en todas las ocasiones importantes de la vida, y nos dan derecho a gracias actuales que se nos concedern en tiempo oportuno.

C) An hizo ms; nos ha dado el poder de satisfacer y de merecer, queriendo con esto asociarnos a s como causas secundarias, y convertirnos en operarios de nuestra propia santificacin. An hizo mandamiento de ello y condicin esencial de nuestra vida espiritual. Ha llevado su cruz para que le sigamos llevando nosotros la nuestra: Si alguno quiere venir en pos de m, niguese a s mismo, tome su cruz, y sgame. (Mt. 16,24). As lo entendieron los Apstoles: Si queremos tener parte en su gloria, dice S. Pablo, es menester que tambin la tengamos en su padecer (Rom. 8,17); y aade S. Pedro que Cristo padeci por nosotros dndonos ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pe. 2,21). Pero an hay ms; las almas generosas sintense empujadas, como S. Pablo, a sufrir con alegra, en unin con Cristo, por el cuerpo suyo mstico que es la Iglesia (Col. 1,24); de esta manera tienen parte en la eficacia redentora de la Pasin, y cooperan secundariamente a la salvacin de sus hermanos. Cunto ms verdadera, noble y consoladora es esta doctrina que la inverosmil afirmacin de algunos protestantes que tienen la triste osada de afirmar que, habiendo Cristo padecido suficientemente por nosotros, no nos queda que hacer sino gozar de los frutos de su redencin, sin beber su cliz! Creen con esto rendir homenaje a la plenitud de los merecimientos de Cristo, cuando en realida resalta mucho ms la plenitud de la redencin con el poder nuestro de merecer. No es verdaderamente de mucho mayor honra para Cristo el poner de manifiesto la fecundidad de su satisfaccin asocindonos consigo en su obra redentora, y hacindonos capaces de cooperar con l en ella, aunque de manera secundaria, imitando sus ejemplos?

II. Jess, causa ejemplar de nuestra vida

No le bast a Jess el merecer por nosotros, sino que quiso adems ser la causa ejemplar, el modelo vivo de nuestra vida sobrenatural.

Hemos un gran menester de tal modelo; porque, para fomentar una vida, que es una participacin de la misma vida de Dios, hemos de asemejarnos, cuanto posible sea, a la vida divina. Mas, como muy oportunamente dice S. Agustn, los hombres que contemplamos son harto imperfectos para servirnos como modelo, y Dios, que es la misma santidad, est harto lejano de nosotros. Por esta razn, el Hijo de Dios eterno, imagen viviente suya, hizose hombre, y nos mostr con su ejemplo, cmo, viviendo en la tierra, podemos asemejarnos a la perfeccin divina. Hijo de Dios e Hijo del hombre, vivi una vida verdaderamente deiforme, tanto que pudo decirnos: Quien me ve, ve al Padre (Jn. 14,9). Habiendo manifestado en sus obras la santidad divina, puede proponernos como posible la imitacin de las divinas perfecciones: Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt. 5,48). Tambin el Padre nos le propone como modelo: en el bautismo y en la transfiguracin se aparece a los discpulos y les dice de su Hijo: Este es el Hijo mo en el que tengo todas mis complacencias (Mat. 3,17; 17,5). Pues si en l tiene todas sus complacencias, es que quiere que le imitemos. Tambin Nuestro Seor nos dice con abierta confianza: Yo soy el camino. Nadie va al Padre sino por mAprended de m, que soy manso y humilde de corazn Porque os he dado ejemplo, para que tambin vosotros hagis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 14,6; Mt. 11,29; Jn. 13,15). Qu otra cosa es en suma el Evangelio sino el relato de los hechos y las enseanzas de Nuestro Seor, propuestos para que los imitemos? Qu es el cristianismo sino la imitacin de Jesucristo; tanto que S. Pablo compendia todos los deberes cristianos en el de la imitacin de Nuestro Seor: Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo (1 Cor. 11,1). Veamos, pues, las cualidades de este modelo.

a) Es Jess un modelo perfecto; segn confiesan an los mismos que no creen en su divinidad, es el tipo ms acabado de virtud que se ha visto sobre la tierra. Practic las virtudes hasta el grado heroico, y con las ms perfectas disposiciones interiores; religin para con Dios, amor del prjimo, abnegacin de s mismo, horror del pecado y a lo que el pecado lleva. Y, con todo, es modelo imitable y universal, lleno de atraccin, y cuyos ejemplos son enteramente eficaces.

b) Es un modelo al que todos pueden imitar: porque se despos con nuestras miserias y flaquezas, padeci las mismas tentaciones, fue semejante en todo a nosotros menos en el pecado: Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Hebr. 4,15). Durante treinta aos vivi una vida la ms escondida y humilde, la ms corriente, obedeciendo a Mara y a Jos, trabajando como un aprendiz y un obrero, hijo de carpintero (Mt. 13,55); de esta manera lleg a ser el modelo a propsito para la mayora de los hombres que no tienen sino deberes humildes que cumplir, y que han de santificarse en medio de las ocupaciones ms ordinarias. Mas tambin vivi vida pblica, practic el apostolado para con un grupo escogido, formando sus apstoles, y para con el pueblo, evangelizando a las turbas; goz de la amistad de algunos as como hubo de sufrir la ingratitud de otros; tuvo sus buenos y malos xitos; en suma, pas por todo lo que tiene que pasar un hombre que tiene trato con sus amigos y con las gentes. Su vida de padecer es para nosotros ejemplo de la ms heroica paciencia en medio de tormentos fsicos y morales que padeci, no solamente sin exhalar queja alguna, sino rogando adems por sus mismos verdugos. Y no se diga que, por ser Dios, haya sufrido menos; porque tambin era hombre, y, dotado de exquisita sensibilidad, hubo de sentir, ms vivamente que nosotros pudiramos sentirla, la ingratitud de los hombres, el desamparo de sus amigos, la traicin de Judas; padeci tan hondos afectos de desmayo, de tristeza y de temor, que no pudo menos de rogar que pasara de l el cliz de amargura, si era posible; y, desde la cruz, lanz el grito desgarrador que declara el fondo horrendo de sus angustias: Dios mo, Dios mo! por qu me has abandonado? (Mt. 27,46). Ha sido, pues, modelo universal.

c) Mustrase tambin lleno de atraccin. Tena predicho que, cuando fuera levantado sobre la tierra (aluda al suplicio de la cruz), atraera todo a s: Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraer a todos hacia m (Jn. 12,32). Esta profeca se ha cumplido; los corazones generosos, al ver cunto ha hecho y padecido Jess por ellos, sintense presa del divino Crucificado, y, por ende, de la cruz misma; a pesar de la repugnancia de la naturaleza, llevan denonadamente sus cruces interiores y exteriores, ya para parecerse ms y ms a su divino Maestro, ya para demostrarle su amor padeciendo con l y por l, ya para tener ms abundante participacin de los frutos de la redencin y cooperar con l a la santificacin de sus hermanos. As se ve en las vidas de los Santos, que corren detrs de las cruces con mayor anhelo que los mundanos detrs de los placeres.

d) Esta atraccin es tanto ms fuerte cuanto que junta con ella va la eficacia de la gracia; todas las obras de Jess antes de su muerte fueron meritorias, y con ellas nos ha merecido la gracia de hacer otras semejantes; cuando consideramos su humildad, su pobreza, su mortificacin y todas las dems virtudes suyas, nos sentimos arrastrados a imitarle, no solamente por la fuerza persuasiva de sus ejemplos, sino tambin por la eficacia de las gracias que nos ha merecido al practicar las virtudes, y que nos concede entonces.

III. Jess, cabeza de un cuerpo mstico, o fuente de vida.

Hllase sustancialmente esta doctrina en aquellas palabras de Nuestro Seor: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos (Jn. 15,5). Afirma realmente que recibimos nosotros de l la vida nuestra como los sarmientos de la vid recbenla de la cepa a la que estn unidos. Hace resaltar esta comparacin la comunidad de vida que existe entre Nuestro seor y nosotros; de aqu psase fcilmente al concepto del cuerpo mstico, en el que Jess, como cabeza, transmite la vida a los miembros. S. Pablo es quien ms insiste sobre esta doctrina tan fecunda en resultados.

En un cuerpo es menester una cabeza, un alma y miembros. stos son los tres elementos que vamos a considerar, siguiendo las enseanzas del Apstol.

1 La cabeza cumple en el cuerpo humano un triple oficio: de preeminencia, porque es la parte principal del cuerpo; de centro de unidad, porque junta en uno y gobierna todos los miembros; de influjo vital, porque de ella procede el movimiento y la vida. Esta triple funcin ejerce Jess en la Iglesia y en las almas. a) Tiene ciertamente la preeminencia sobre todos los hombres, porque, por ser hombre-Dios, es el primognito de todas las criaturas, el objeto de las divinas complacencias, el modelo acabado de todas las virtudes, la causa meritoria de nuestra santificacin, l, que, por sus propios mritos, ha sido exaltado por encima de toda criatura, y ante el cual ha de doblar la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los infiernos.

b) Es en la Iglesia el centro de unidad. Dos cosas son esenciales en todo organismo perfecto: la variedad de rganos y de funciones que stos ejecutan, y la unidad de todos ellos en un principio comn; sin estos dos elementos no ser sino un conglomerado de seres vivos sin nexo alguno orgnico. Este oficio cumple Jess que, luego de haber establecido en la Iglesia la variedad de rganos con la institucin de la jerarqua, sigue siendo el centro de unidad, porque, como jefe invisible pero real, comunica a los jefes jerrquicos la direccin y el movimiento.

c) Es tambin el principio de influjo vital que anima y vivifica todos los miembros. Aun en cuanto hombre recibi la plenitud de gracia para comunicrnosla a nosotros: Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia (Jn. 1, 16). No es l en verdad la causa meritoria de todas las gracias que recibimos, y que nos reparte el Espritu Santo?

2 Ha menester el cuerpo no solamente de una cabeza, sino tambin de un alma. El Espritu Santo (o sea la Santsima Trinidad designada con el nombre de la Tercera Persona) es el alma del cuerpo del que Jess es la cabeza; l es verdaderamente quien derrama en las almas la caridad y la gracia, que nos mereci Nuestro Seor: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5,5). Por esto se le llama Espritu que vivifica. Dice S. Agustn que el Espritu Santo es, con respecto al cuerpo de la Iglesia, lo que el alma es para el cuerpo nuestro. Esta frase ha sido consagrada por Len XIII en su Encclica sobre el Espritu Santo. El divino Espritu distribuye adems los carismas: a unos los discursos de ciencia o la gracia de la predicacin; a otros el don de milagros; a stos, el don de profeca; a aquellos, el don de lenguas, etc. (1 Cor. 12, 7-11).

Esta doble accin de Cristo y del Espritu Santo, lejos de estorbarse, se completan. El Espritu Santo nos es dado por Cristo. Cuando Jess viva sobre la tierra, posea en su alma santsima la plenitud del Espritu; con sus obras y, sobre todo, con su pasin y muerte, ha merecido que nos fuera comunicado el Espritu Santo; a l, pues, debemos que venga a nosotros el Espritu Santo para comunicarnos la vida y las virtudes de Cristo, y hacernos semejante a l. As queda todo entendido: slo Jess, por ser hombre, puede ser cabeza de un cuerpo mstico compuesto de hombres; porque la cabeza y los miembros han de tener la misma naturaleza; mas, en cuanto hombre, no puede por s mismo conferir la gracia necesaria para la vida de sus miembros; splelo el Espritu Santo cumpliendo ese oficio; mas, porque lo hace en virtud de los mritos del Salvador, bien podemos decir que el influjo vital procede de Jess hasta llegar a sus miembros.

3 Quines son, pues, los miembros de ese cuerpo mstico? Todos los bautizados. Por el bautismo somos incorporados a Cristo, dice S. Pablo: Porque en un solo Espritu hemos sido todos bautizados, para no formar ms que un cuerpo (1 Cor. 12,13). Por eso aade que hemos sido bautizados en Cristo, y que por el bautismo nos revestimos de Cristo (Gl. 3,27), o sea, participamos de las disposiciones internas de Cristo.

Sguese que todos los bautizados son miembros de Cristo, mas en grado diverso: los justos estn unidos con l por la gracia habitual y los privilegios que la acompaan; los pecadores, por la fe y la esperanza; los bienaventurados, por la visin beatfica. En cuanto a los infieles, no son actualmente miembros de su cuerpo mstico; pero, mientras viven sobre la tierra, estn llamados a serlo; nicamente los condenados estn excluidos para siempre se este privilegio.

4 Consecuencias de este dogma. A) En esta incorporacin a Cristo se funda la comunin de los Santos; los justos de ac abajo, las almas del purgatorio y los Santos del cielo forman parte del cuerpo mstico de Jess, todos participan de su vida, reciben su influjo y deben amarse como miembros de un mismo cuerpo; porque, como dice S. Pablo, Si un miembro padece, todos los miembros se compadecen; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con l (1 Cor. 12,26).

B) Por esta misma razn son hermanos todos los cristianos: ya no habr judo, ni griego, ni libre ni esclavo; todos somos unos en Cristo Jess (Rom. 10,12; 1 Cor. 12,13). Todos, pues, somos solidarios, y lo que es bueno para el uno, es bueno para los dems, porque, sea cual fuere la diversidad de dones y de oficios, el cuerpo todo entero sacar provecho de lo que de bueno hubiere en cada uno de los miembros, as como cada uno de los miembros saca, a su vez, provecho del bien de todo el cuerpo. Por esta doctrina se entiende como pudo decir Nuestro Seor: lo que hiciereis al ms pequeo de los mos, a m me lo hacis (Mt. 24,40): identifcase la cabeza con los miembros.

C) Dedcese que, segn la doctrina de S. Pablo, son los cristianos el complemento de Cristo; verdaderamente Dios le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo, y en la cual aquel que lo completa todo, en todos halla el complemento (Ef. 1,23). Ciertamente Jess, perfecto en s mismo, ha menester de un complemento para formar su cuerpo mstico; en este aspecto, no se basta l a s mismo, sino que ha menester de miembros para ejercer todas las funciones vitales. Y M. Ollier concluye (Penses, p. 15-16): Entreguemos nuestras almas al Espritu de Jesucristo, para que crezca l en nosotros. Si halla sujetos dispuestos, se ensancha, crece, se derrama en sus corazones, y los unge y perfuma con la uncin espiritual con que l mismo est ungido. As podemos y debemos completar la Pasin de nuestro Salvador Jesucristo, padeciendo como l padeci, para que su pasin, tan completa en s misma, se complete tambin en sus miembros, a travs del tiempo y del espacio: Y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col. 1,24). A las claras se ve la inmensa fecundidad de la doctrina acerca del cuerpo mstico de Jess.>>

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Nuestra Redencin.

Dom Columba Marmin, monje francs, vivi en la Abada de Mont-Csar de Lovaina entre los aos 1899 y 1909, donde vivi profundas experiencias msticas. En una obra titulada La Trinidad en nuestra vida espiritual se han extractado pasajes de sus tres obras fundamentales, Jesucristo vida del alma, Jesucristo en sus misterios y Jesucristo ideal del monje, referidos especialmente al misterio de la Santsima Trinidad. Vamos a transcribir el Captulo XIX, que lleva el ttulo de Nuestra Redencin, y desarrolla magnficamente la doctrina de la Redencin por Jesucristo.

<<1. Jesucristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna constituyndose a s mismo nuestro rescate.

Cumplido que fue el tiempo, envi Dios a su Hijo, formado de una mujer, y sujeto a la ley, para redimirnos del pecado y conferirnos la adopcin de hijos (Gal. 4,4-5), dice elocuentemente San Pablo. Redimir del pecado a la humanidad y devolverle la adopcin divina, por la gracia, es la misin oficial del Verbo Encarnado, la obra que Jesucristo vino a realizar en este mundo.

Contemplmosle en aquel momento solemne y nico en la historia de la humanidad. Qu dice, qu hace? Al entrar en el mundo, Jesucristo dijo a su padre: T no has querido sacrificio, ni ofrenda; mas a m me has apropiado un cuerpo; holocaustos ni sacrificios por el pecado no te agradaron, y entonces yo he dicho: Hme aqu, que vengo (Hebr. 10, 5-7). Estas palabras, tomadas de San Pablo, nos revelan la primera aspiracin del Corazn de Jess en el instante en que se abraz con la humanidad y despus de pronunciar y realizar esta oblacin inicial y total, Jesucristo se lanz como un gigante, a correr el camino que se abra ante sus ojos.

Esta ha sido la misin de Jess al venir al mundo: sustituirse voluntariamente por nosotros como vctima sin mancha, para pagar nuestra deuda, expiando y satisfaciendo, para devolvernos la vida divina. Dios puso sobre l, hombre como nosotros, de la raza de Adn, aunque justo, inocente y sin pecado, la iniquidad de todos nosotros. Por haberse hecho, por decirlo as, solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, ha merecido hacernos solidarios de su justicia y de su santidad. Qu enrgica expresin la de San Pablo!: Lo que era imposible que hiciese la ley, estando como estaba debilitada por la carne, hzolo Dios cuando, habiendo enviado a su Hijo revestido de una carne semejante a la del pecado, mat as al pecado en la carne (Rom. 8,3) Qu llena de vigor esta otra!: A Jesucristo, que no conoci el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros (2 Cor. 5,21). Lo hizo pecado, no dice San Pablo pecador, sino pecado.

Por su parte Jesucristo acept el cargar sobre s todos nuestros pecados, hasta el extremo de convertirse, en cierto sentido, en el pecado universal, en el pecado viviente. Se puso voluntariamente en lugar nuestro y por eso le herir de muerte. Nuestro rescate exigir su sangre. Se rescatar la humanidad no con cosas perecederas, no con plata u oro, sino con su preciosa sangre, con la sangre del Cordero sin falta, sin mancha, la sangre de Cristo, que estaba predestinada antes de la creacin del mundo (1 Pe. 1,18-20).

Pero Dios, para hacer mayor demostracin ante el mundo entero de su amor sin lmites a su Hijo y la caridad inefable de su Hijo para con nosotros; para hacernos tocar tangiblemente cun infinita es su santidad divina y profunda la malicia del pecado y por otras causas que nosotros no podemos descubrir, el eterno Padre ha reclamado en expiacin de los crmenes de la humanidad la pasin y muerte de su divino Hijo. De hecho la satisfaccin no ha sido completa ms que cuando, desde lo alto de la cruz, Jess, con una voz moribunda, pronunci el Todo est acabado; slo entonces qued consumada su misin personal de Redencin y cumplida su obra salvadora. ( Jesucristo Vida del alma, cap. III, 1.)

2. Extensin y riqueza de nuestra redencin.

San Pablo no descansa haciendo recuento de los bienes que el Hombre-Dios nos gan con los mritos infinitos de su vida y pasin. El gran Apstol se conmueve de gozo cuando habla de ellos y expresa su pensamiento con trminos como estos: abundancia, sobreabundancia y riquezas insondables. La muerte de Jesucristo nos rescata, nos acerca a Dios, nos reconcilia con Dios, nos justifica, nos trae la santidad, la vida de Cristo; y, como resumindolos todos, compara a Jesucristo con Adn, cuya obra vino a reparar. Nos trajo Adn el pecado, la condenacin, la muerte; Jesucristo, el segundo Adn, nos devuelve la justicia, la gracia, la vida. Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno solo murieron todos cunto ms la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos! Y no sucede con el don como con las consecuencias del pecado de uno solo; porque la sentencia, partiendo de uno solo, lleva a la condenacin, mas la obra de la gracia, partiendo de muchos delitos, se resuelve en justificacin. En efecto, si por el delito de uno solo rein la muerte por un solo hombre con cunta ms razn los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarn en la vida por uno solo, por Jesucristo! (Rom. 5,15-17).

Al ofrecerse por nosotros a su Padre, Jesucristo dio una satisfaccin infinita y destruy el obstculo que se interpona entre el hombre y Dios; ya el Padre mira amorosamente a la raza humana, rescatada con la sangre de su Hijo, y por su Hijo la colma de las gracias que necesita para unirse a l y para vivir la misma vida de Dios, tributando un verdadero culto al Dios vivo.

Todo bien sobrenatural, todas las gracias, las luces y los socorros de que Dios rodea a nuestra vida espiritual, todo es fruto de la vida y pasin y muerte de Jesucristo; el perdn, la justificacin y la perseverancia que Dios da y dar alas almas en el transcurso de los tiempos proceden del fruto de la cruz. (Jesucristo vida del alma, cap III, 1.)

Leemos en el mismo San Pablo: Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha hecho las primicias de los difuntos (1 Cor. 15,20). Representa los primeros frutos de una recoleccin, despus de Jesucristo seguir la mies copiosa. As como por un hombre, Adn, vino la muerte al mundo, por un hombre debe venir tambin la resurreccin de los muertos; que as como en Adn mueren todos, as todos sern vivificados en Jesucristo (1 Cor. 15,21-22). Nos resucit con l, dice el Apstol ms enrgicamente, y nos hizo sentar sobre los cielos en la persona de Cristo. Pero, cmo ha sido esto? Es que por la fe y la gracia somos miembros vivos de Cristo, participamos de sus estados y somos unos con l; y como la gracia es el principio de nuestra gloria, los que, por la gracia, ya estn salvados en esperanza, en principio han resucitado tambin en Cristo.

Ah! Si Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado su propio Hijo; si nos ha arrancado a los poderes de las tinieblas y trasladado al reino de su Hijo, por el cual hemos sido redimidos y perdonados de los pecados; s, aade tambin San Pablo, Jesucristo ha amado tan entraablemente a cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros se ha entregado para dar prueba del amor que nos tena; si se ha entregado a s mismo para rescatarnos de toda iniquidad y conquistarnos, limpindonos, como pueblo que le pertenece, por qu hemos de dudar y desconfiar en Jesucristo? Jesucristo lo ha expiado todo, lo ha saldado todo y lo ha merecido todo; sus mritos nos pertenecen; somos ricos con todos sus bienes, de modo que si queremos, nada nos falta para santificarnos.

Por qu esas almas pusilnimes que dicen que la santidad no es para ellas, que tampoco pueden alcanzar la perfeccin? Por qu esas almas al or hablar de perfeccin exclaman: Esto no es para m, yo nunca ser santa? Sabis por qu usan este lenguaje? Porque no creen en la eficacia de los mritos de Jesucristo. Dios quiere que todos se santifiquen: Este es su querer, vuestra santificacin (1 Tes. 4,3); este es su mandamiento: Sed perfectos como lo es vuestro Padre celestial. Nos olvidamos a menudo el plan de Dios; nos olvidamos que nuestra santidad es santidad sobrenatural, y que la fuente de la santidad est en Jesucristo, nuestro Jefe, nuestra cabeza; injuriamos los mritos infinitos, las satisfacciones inagotables de Jesucristo. Sin duda, por nosotros mismos no podemos nada en el camino de la gracia y de la perfeccin; nos lo dice Nuestro Seor: Sin m no podis hacer nada; y San Agustn, comentando estas palabras, aade: Sea poco, sea mucho, no se puede hacer nada sin Aqul; sin el cual nada se puede hacer. Qu gran verdad es esta! Sin Jesucristo no somos capaces de hacer ni cosas pequeas, ni grandes. Pero cuando muri Jesucristo nos abri paso franco, nos dio la confianza para ir al Padre, y por l ya no hay gracia que no podamos esperar.

Almas de poca fe! Por qu dudamos de Dios, de nuestro Dios? (Jesucristo vida del alma, captulo III, 1.)

3. Jesucristo nos hace participantes de sus mritos y nos les aplica principalmente en los sacramentos.

Jesucristo, Dios, es dueo absoluto de sus dones y de distribuirlos como guste; as como nosotros somos incapaces de limitar su poder, tampoco podemos determinar el modo de ejercerlo. Puede, cuando le place, hacer que se derrame la gracia en un alma directamente, sin intermediario; las vidas de los santos nos ofrecen miles de ejemplos de esta libertad y liberalidad de Dios.

En la economa actual para comunicarnos Dios la gracia de un modo normal y oficial, Dios se sirve de los sacramentos institudos por l. Podra santificarnos de otra manera, pero no la emplea desde el momento en que, siendo Dios, ha establecido estos canales de salvacin; y como a l solo le competa determinarlos, es el autor nico del orden sobrenatural, a estos medios autnticos tenemos que recurrir. Todas las prcticas ascticas que inventemos para sostener y acrecentar en nosotros la vida divina, no tienen otro valor que en la medida en que nos ayuden a aprovecharnos de estos canales de vida; son los verdaderos y puros, al mismo tiempo que inagotables, en los que infaliblemente encontramos la vida divina de que rebosa Jesucristo y de la que quiere hacernos participantes: Vine para que tengan vida.

Es el Seor quien habla. Ensea que el agua del Bautismo nos lava de los pecados, nos hace hijos de Dios, y herederos de su reino: Si alguien no renaciere del agua y del Espritu Santo, no podr ver el reino de Dios (Jn. 3,5); es doctrina tambin del Seor que la palabra del ministro que nos absuelve borra nuestros pecados: Remitidos sern los pecados a los que vosotros perdonaris (Jn. 20,23); que bajo las especies de pan y de vino se contienen realmente su cuerpo y su sangre, los que es preciso comer y beber para tener vida; explica acerca del matrimonio que el hombre no puede separar lo que Dios uni; y la tradicin, eco de las enseanzas de Jess, nos repite que la imposicin de las manos confiere a los que le han sido impuestas el Espritu Santo y sus dones. Porque Jesucristo, el Verbo hecho carne, Dios, es la causa eficiente, primera y principal de la gracia que producen los sacramentos. La razn? Porque slo Jesucristo puede producir la gracia como autor y fuente de ella. Los sacramentos, seales transmisoras de la gracia al alma, no obran sino como instrumentos; son causa de la gracia, una causa real, eficiente, slo instrumental.

Toda la eficacia que los sacramentos tiene para comunicarnos la vida divina viene, pues, de Jesucristo; l, con su vida y su sacrificio en la cruz, nos mereci toda gracia, l ha institudo estos signos para hacrnosla llegar por ellos. Si creyramos con fe viva, si llegsemos a comprender que los sacramentos son medios divinos dos veces divinos: en su origen primero y primordial, en el fin ltimo a que se ordenan-, con qu fervor y con cunta frecuencia usaramos de estos medios por la bondad de Nuestro Seor multiplicados en nuestro camino!

Tengamos fe, una fe viva y prctica, en estos medios de santificacin. Jesucristo quiso y mereci que l fuese su eficacia poderosa, su excelencia sobrehumana, su fecundidad inagotable: son signos cargados de vida divina. Jesucristo quiso quintaesenciar en ellos, para que ellos nos lo comuniquen, todos sus mritos y satisfacciones: nadie puede ni debe reemplazarles. En la economa actual de la Redencin son necesarios para salvarnos.

Repitmoslo, pues la experiencia ensea, cunto deja que desear esa estima prctica de estos medios de salvacin aun en almas que buscan a Dios. Los sacramentos, segn la doctrina de la Iglesia, son los canales oficiales establecidos autnticamente por Jesucristo para llevarnos hasta su Padre. El no justipreciar su valor, su riqueza y su fecundidad es injuriar a su Institutor; al contrario, le tributamos gloria cuando vamos a beber a esos tesoros comprados con sus mritos; as nos reconocemos deudores de todo a l, as le damos el homenaje que le es ms grato.

Dios quiere nuestra santificacin: la voluntad de Dios es que os santifiquis (1 Tes. 4,3). Lo repite Jesucristo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt. 5,48). En estas palabras no se trata de inculcarnos solamente el que nos salvemos, sino que nos perfeccionemos, que nos santifiquemos. Ahora bien, normalmente la vida espiritual nuestra no ha querido Jesucristo que se componga de arrobamientos, xtasis; quiere darnos gracias con las cuales nos perfeccionemos, nos santifiquemos y lleguemos a ser gratos a su Padre; la vida cristiana la comunica ante todo en los sacramentos. Basta que esa haya sido su voluntad para que nuestras almas, vidas de santidad, se entreguen a su beneplcito con fe y confianza. La fe y la confianza son las fuentes de vida de santidad, las fuentes saturantes y abundosas; en vano iramos a beber a otra parte, abandonaramos, segn la expresin de la Escritura, la fuente de las aguas vivas para cavar cisternas agrietadas incapaces para conservar el agua. Nuestra entera actividad espiritual debera reducirse a ponernos en condicin de beber de continuo abundante, largamente, con ms fe y ms pureza de intencin, en esas fuentes divinas; debera consistir en dejar que la gracia propia de cada sacramento se difunda ms fcilmente, con mayor libertad y con mayor pujanza. Oh! Venid gozosos a beber en esta agua de salud (Is. 12,3). Saciad vuestra sed en estas aguas saludables; dilatad con el arrepentimiento, con la humildad, con la confianza y ms con el amor, la capacidad de vuestras almas, para que la accin del sacramento profundice ms, se extienda ms y sea ms durable. Cuantas veces nos acerquemos al sacramento renovemos nuestros actos de fe creyendo en las riquezas de Jesucristo; esta fe impide que la rutina se infiltre en el alma que frecuenta estas fuentes; bebed frecuentemente, sobre todo en la Eucarista, el sacramento de vida por excelencia; las fuentes de la Eucarista son las fuentes que hizo brotar el Salvador, con sus mritos infinitos, del pie de la cruz, o mejor, de lo ntimo de su sacratsimo Corazn. (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4 y siguiente).

4. El sacrificio de la misa nos hace participantes de los frutos de la Redencin.

Ha definido la misa el sagrado Concilio de Trento como sacrificio verdadero que recuerda y renueva la inmolacin de Jesucristo en el Calvario. La misa se ofrece como verdadero sacrificio propiamente dicho Este sacrificio se realiza en la misa; se contiene y se inmola en l de un modo incruento el mismo Jesucristo que, sobre el altar de la cruz, se ofreci de modo cruento. No hay mas que una sola vctima; el mismo Jesucristo que se ofreci en la cruz, se ofrece ahora por ministerio de los sacerdotes; no existe entre el sacrificio de la cruz y el de la misa ms que la diferencia de sacrificarse la vctima. Segn estas palabras el sacrificio del altar esencialmente renueva el del Glgota; la diferencia entre uno y otro est en el modo, en el primero cruento, en el del altar incruento, es decir, sin derramar la sangre de la vctima. La misa es algo ms que la simple representacin del sacrificio de la cruz; no tiene slo el valor de una simple memoria, es un verdadero sacrificio, el mismo que el del Calvario, que reproduce, contina y aplica a todos sus frutos.

Sus frutos son inagotables, porque son los frutos mismos del sacrificio de la cruz. El mismo Jesucristo es quien se ofrece por nosotros a su padre. Sin duda, despus de su resurreccin no puede merecer; pero ofrece los mritos infinitos conseguidos por los sufrimientos de su pasin. Los mritos y las satisfacciones de Jess conservan siempre su valor, como Jesucristo conserva para siempre, con su carcter de pontfice supremo y de mediador universal, su sacerdocio real y divino. As, despus de los sacramentos, en la misa dice el Tridentino que s enos aplican esos mritos de un modo particular, abundantsimamente. De aqu el que todos los sacerdotes ofrezcan la misa no slo por s mismos, sino por los que asisten, por todos los fieles, vivos y difuntos. Tanta es la extensin, tan inmensa la amplitud de los frutos de la misa, y tan sublime la gloria que redunda para Dios en el sacrificio de nuestros altares.

El sacrificio de la misa es fuente de confianza y de perdn.

Cuando el recuerdo de nuestras culpas nos abruma y buscamos con qu reparar nuestras ofensas y satisfacer ms plenamente a la justicia divina; para que las penas de nuestros pecados nos sean condonadas, no podremos hallar medio ms eficaz y que ms tranquilice nuestras almas que la oblacin del sacrificio de la misa. Son palabras del Tridentino: Con esta oblacin de la misa, Dios, aplacado, concede la gracia y el don de la penitencia; remite los crmenes y pecados por graves que sean. Pero la misa perdona directamente los pecados? No, este poder est reservado al sacramento de la penitencia y a la perfecta contricin; pero tiene la misa gracias abundantes, poderosas, que alumbran al pecador y lo mueven al arrepentimiento, a la contricin y a recibir el sacramento de la penitencia que le devolver la amistad con Dios. Si as sucede con el pecador no absuelto todava por la mano del sacerdote, ms cierto ser tratndose de almas ya justificadas, de almas que buscan satisfacer plenamente por sus culpas, que anhelan slo reparar sus desrdenes pasados. Por qu? Porque la misa es algo ms que un sacrificio laudatorio o un simple recuerdo del sacrificio del Glgota; es un verdadero sacrificio de propiciacin, institudo por Jesucristo, para aplicarnos todos los das, dice tambin el Tridentino, el poder de redencin que mereci el sacrificio de la cruz. Por eso, al sacerdote que ya est en amistad con Dios, le vemos subir al altar a ofrendar el sacrificio por sus pecados, sus ofensas e innumerables negligencias. La vctima divina aplaca a Dios y nos lo vuelve propicio.

Cuando nos turbe el recuerdo de nuestros pecados, ofrezcamos este sacrificio; le ofrece por nosotros Jesucristo. Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo y renueva cuantas veces se ofrece la obra de nuestra redencin.

Qu grande confianza debe infundirnos este sacrificio expiatorio! Por muchas que hayan sido nuestras ofensas y nuestras ingratitudes, una misa de ms gloria a Dios que toda la que le quitaron, por decirlo as, todas nuestras injurias.

Padre eterno, mira este altar, mira a tu Hijo que me ha amado y se entreg por m en el Calvario; l os presenta ahora por m en sus infinitas satisfacciones: contempla el rostro de tu Hijo y olvdate de las ofensas que ye cometido yo contra tu bondad. Te ofrezco esta oblacin, en ella te agradars para reparar todas las injurias hechas a tu divina majestad. Una plegaria semejante no puede menos de orla Dios, porque invoca a favor suyo los mritos del Hijo muy amado que, con su pasin, lo pag y expi todo. (Jesucristo vida del alma, Cap. V, 1.)

5. Cooperamos en la obra redentora de Jesucristo unindonos a l mediante el sufrimiento.

Nos asociamos al misterio de la redencin soportando amorosamente- por Jesucristo los sufrimientos y adversidades que, en los designios de su providencia, nos da que sobrellevar.

Cuando Jesucristo iba camino del Calvario, encorvado bajo el pesado madero, cay con la carga; al que la Escritura llama la fortaleza de Dios, le vemos humillado, dbil y postrado en el suelo. Ni puede arrastrar la cruz. Es el homenaje que rinde su humanidad al poder de Dios. Si lo quisiese, Jess lo podra; a pesar de su debilidad, podra llevar la cruz hasta el calvario; pero en aquel entonces la divinidad quiere, por nuestra salvacin, que la humanidad experimente su debilidad para que nos merezca el valor de soportar nosotros los sufrimientos.

Tambin a nosotros nos da Dios una cruz para que la arrastremos y cada uno de nosotros cree que la suya es la ms pesada. Tenemos que aceptarla sin discutir, sin hablar, sin decirle a Dios: Hubieras podido cargar en mis espaldas tal cruz, en tal o cual momento de mi vida. Pero nuestro Seor nos dice: Si alguien quiere ser mi discpulo, tome su cruz y sgame (Mt. 16,24).

Estas palabras encierran una verdad principalsima que requiere meditarse. El Verbo encarnado, cabeza de la Iglesia, tom su parte, y parte muy grande, en los sufrimientos; pero ha querido dejar tambin su parte a la Iglesia, su cuerpo mstico. Lo dice San Pablo con expresin, chocante al parecer, pero llena de sentido: Estoy cumpliendo en mi carne lo que resta padecer a Cristo en sus miembros, sufriendo trabajos en pro de su cuerpo mstico, la Iglesia (Col. 1,24).

Qu quiere decir el Apstol? Es que falta algo a lo mucho que padeci Jesucristo? No, bien sabemos que los sufrimientos de nuestro Redentor no tuvieron medida, ni en su intensidad, pues se abatieron sobre l, cual torrente, para sumergirle; sin medida principalmente por el valor que tenan, por su valor infinito, porque son sufrimientos de un Dios. Por otra parte, habiendo Jesucristo padecido y muerto por nosotros, se convirti, se hizo propiciacin por los pecados del mundo entero. Qu, pues, quiere decir San Pablo en este texto? San Agustn lo significa as: para comprender el misterio de Cristo, no tenemos que separarle de su cuerpo mstico; Cristo, en expresin del Doctor de la gracia, no es el Cristo total, si no lo tomamos unido a la Iglesia; es la cabeza de la Iglesia que forma su cuerpo mstico. As, cuando Jesucristo dio su parte de expiacin, al cuerpo mstico le queda tambin sufrir la suya: Se completaron los sufrimientos en la cabeza, pero faltaban todava los padecimientos en el cuerpo. As como Dios haba determinado que, para satisfacer a la Justicia divina y extremar el amor, Jesucristo sufriese determinados padecimientos y expiaciones, as tambin Dios ha fijado los sufrimientos de la Iglesia, llamada por San Pablo ya el cuerpo mstico y tambin la Esposa de Cristo. Ha dejado Dios parte de los sufrimientos a la Iglesia, pero asignando a cada uno de los miembros, para que todos cooperen a la expiacin de Jesucristo, su parte; a unos para que paguen por sus propias culpas y a otros, a ejemplo de Jesucristo, para que sufraguen por los pecados de sus prjimos. El alma que de veras siente el amor a Jesucristo anhela pagar con sus mortificaciones esta demostracin de amor de su Redentor al cuerpo mstico de la Iglesia. Esta es la clave de esas extravagancias de los santos, de esa sed de mortificarse que caracteriza casi a todos: la sed de cumplir en su carne lo que qued por padecer en la pasin a su divino Maestro (Jesucristo en sus misterios, cap. XIII, 1 y 2 y Jesucristo ideal del monje, cap. IX, 5.)

Contemplad a Cristo subiendo la cumbre del Calvario, miradle cargado con el leo de la cruz; vacilan sus pies y se desploma bajo el peso del madero. Si hubiese querido, la divinidad hubiera sostenido a la humanidad; no lo quiso. Por qu? Porque le plugo, para expiar el pecado, experimentar en su carne la postracin que produce el pecado. Temieron los judos que el Salvador no pudiese llegar con vida al lugar de la crucifixin; forzaron a Simn Cireneo a ayudar a Jess a llevar la cruz y Jess acept la ayuda.

En esto nos representaba Simn a todos los hombres; miembros del cuerpo mstico de Jesucristo, tenemos que ayudarle a llevar su cruz. Este cargar y llevar la cruz es una muestra palpable de que le pertenecemos, s, como l, no renunciamos y abrazamos la cruz: Si alguno quiere venir en pos de mtome su cruz, y sgame (Mt. 16,24). Aqu est el secreto de las mortificaciones que practican las almas fieles, las almas privilegiadas; las maceraciones voluntarias que torturan y desgarran las carnes y las mortificaciones que reprimen los deseos, aun lcitos, del espritu. Esas almas, sin duda, han expiado sus faltas, pero el amor que arde en sus pechos las acucia, las arrastra a reparar por las de los miembros del cuerpo de Cristo que ofenden a su Cabeza, para que la virtud, la belleza, el esplendor de la vida divina no disminuyan ni desaparezcan en el cuerpo mstico. Si ardemos en el amor a Jesucristo, generosamente nos abrazaremos con la parte de los sufrimientos que nos tocan, siguiendo en consejo de un prudente director; haremos las maceraciones voluntarias que nos harn discpulos menos indignos de un jefe que muri en una cruz No buscaba y anhelaba esto mismo San Pablo? No escriba que deseaba renunciar a todo, para conocerle a l y la eficacia de su resurreccin y participar de sus penas asemejndose a su muerte? (Jesucristo vida del alma, cap. III, 1.)>>

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