Contempladores

La Vida Cristiana Plena

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.

Capitulo 2: La Vida Espiritual Al Modo Divino

Introduccin.

Primera Parte: El Origen de la Vida Cristiana.
   Captulo I: El Propsito de Dios para el hombre.
   Captulo II: El Cumplimiento del Propsito de Dios.
   Captulo III: Dios no abandona al hombre - El Antiguo Testamento.
   Captulo IV: La Salvacin por Jesucristo.

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.
   Captulo II: Los Efectos De La Gracia Santificante.
   Captulo III: La Accion De La Razon En El Hombre.
   Captulo IV: La Accion De La Gracia En El Hombre.
   Captulo V: La Santidad En La Tierra.
   Captulo VI: La Gloria En El Cielo.
   Captulo VII: Los Fenomenos Misticos Extraordinarios.

Tercera Parte: Los Medios De Crecimiento De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Faceta Negativa Del Crecimiento Espiritual.
   Captulo II: El Crecimiento Por Los Sacramentos Cristianos.
   Captulo III: El Crecimiento Por El Merito Y La Oracion.
   Captulo IV: El Papel De La Virgen Maria En La Santificacion De Los Hombres.
   Captulo V: La Devocion Al Sagrado Corazon De Jesus Como Medio De Santificacion.

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.
   Capitulo I: La Vida Esritual Al Modo Humano.
   Capitulo II: La Vida Espiritual Al Modo Divino.

La Va Iluminativa o edad de los adelantados.

Vimos en el punto anterior que los principiantes van avanzando en su grado de oracin, y comienzan a vivir cada vez en forma ms intensa los afectos, las consolaciones sensibles, que los van conquistando y atrayendo hacia Dios, separndolos poco a poco de la atraccin de las solas cosas del mundo.

San Juan de la Cruz, en Noche Oscura, Parte 1, describe la actitud de Dios con los principiantes, comparndola a la de una madre que amamanta a su nio:

Es pues de saber que el alma, despus que determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en espritu y regalando al modo que la amorosa madre hace al nio tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cra, y en sus brazos le trae y le regala...

La amorosa madre de la gracia de Dios, luego que por nuevo calor y hervor de servir a Dios reengendra el alma, eso mismo hace con ella, porque la hace hallar dulce y sabrosa la leche espiritual, sin algn trabajo suyo en todas las cosas de Dios y en los ejercicios espirituales gran gusto, porque le da Dios aqu su pecho de amor tierno, bien as como a nio tierno.

Pero los principiantes van usando mal de este trato tan dulce que reciben de Dios en los comienzos de su vida espiritual, precisamente debido a su condicin de principiantes. Se apegan fuertemente a las vivencias sensibles que experimentan y, quizs sin darse cuenta, todo ese sabor, gusto y gozo que encuentran en la oracin y prcticas de devocin, son la causa y el motivo principal que los impulsa a practicarlas. Se buscan las cosas de Dios y no al Dios de las cosas.

Por eso estos consuelos se van convirtiendo en obstculos para el crecimiento, y van haciendo que nazcan grandes imperfecciones espirituales, que San Juan de la Cruz hace equivalentes a los siete pecados capitales, no en su forma grosera y carnal, sino de manera sutil y espiritual.

El problema que aqu surge es que el principiante, en la gran mayora de los casos, no se da cuenta por su razn de estos obstculos, ya que se refieren a cosas buenas, a cosas religiosas. Si se aficiona mucho a los consuelos sensibles que Dios, en su bondad, le concede en la oracin, y los busca de todas maneras, yendo de un culto y una devocin a otra, buscando que en toda oracin pueda vivir experiencias exaltantes, no ve nada de malo en ello.

Sin embargo, ese principiante ha entrado en la gula espiritual. Pero, cundo no encuentra esos consuelos, qu pasa?: se desanima y le cuesta seguir perseverando, porque est buscando los consuelos en s mismos, olvidando que son un medio para llegar a Dios.

As ocurre en la mayora de las obras que realiza el principiante, que le parecen buenas, pero que estn cargadas de imperfecciones y pecados, derivadas del amor propio, de la soberbia, del apego a lo material, a los honores, a la consideracin de los dems, que todava subsisten y no han sido eliminados en su raz.

Por lo tanto, ser Dios el que tome la iniciativa, deseando que el alma siga avanzando y se perfeccione y purifique ms de lo que ha conseguido hasta all; aplicar una accin enrgica y eficaz, que viniendo desde fuera del alma, no buscada ni deseada por ella, seguir removiendo y puliendo los restos de actitudes de hombre viejo, de pecado, de imperfecciones, que an subsisten.

Esta accin de Dios constituye las llamadas purificaciones pasivas, que no representan un estado de inercia espiritual, sino que significan que el alma las recibe sin haberlas previsto ni procurado, pero para que sean eficaces deber cooperar activamente con la accin emprendida por la gracia de Dios.

Hay dos purificaciones pasivas, llamadas por San Juan de la Cruz noches: la de los sentidos, y la del espritu.

La primera, la noche de los sentidos es la que sufren los principiantes, y el paso por ella representa realmente una segunda conversin, y el avance pleno a la va iluminativa, la segunda edad espiritual, la que van recorriendo los adelantados o aprovechados.

Es esta una etapa crucial en la vida espiritual, y, por no conocerla o entenderla bien, multitud de personas de vida espiritual intensa no avanzan ni adelantan ms en ella, al llegar a este punto, quedando sumergidos y atrapados por esos siete pecados capitales descriptos tan bien por San Juan de la Cruz.

Esta noche de los sentidos o primera purificacin pasiva, comienza cuando Dios se dispone a introducir al alma en la contemplacin infusa.

La contemplacin infusa.

Hemos llegado al punto ms importante de todo lo que se pueda decir respecto a la oracin del cristiano. La contemplacin infusa representa el umbral a trasponer para ir avanzando en la prctica de la vida espiritual, es decir, del ejercicio de las virtudes cristianas, desde el modo humano, a una nueva y totalmente distinta forma de obrar, al modo divino, completamente sobrenatural.

Por eso es necesario captar lo mejor posible el concepto de lo que es realmente la contemplacin infusa, y separarlo de muchas ideas incorrectas o que minimizan su significado.

Los tres primeros grados de oracin vistos en los principiantes marcan hasta donde puede llegar el hombre en la prctica de la oracin con su sola voluntad y esfuerzo, secundando a la gracia, que se manifiesta en l en forma todava latente, confusa, diramos inconsciente. Por eso a estos grados se los llama de oracin adquirida o tambin oracin asctica, a la que todos los orantes llegan por la prctica.

Pero de aqu en adelante se ingresa en una dimensin de oracin totalmente distinta, que se denomina contemplacin infusa u oracin mstica. Infuso o infundido significa, a nivel espiritual, algo no adquirido con el esfuerzo del hombre, sino dado enteramente por Dios, y por eso a la contemplacin se la llama oracin totalmente sobrenatural.

Dice Santa Teresa de Jess: Llamo yo sobrenatural lo que ni con nuestra industria ni diligencia se puede adquirir, aunque mucho se procure. Pero s hace mucho al caso disponerse para ello.

Veamos algunas nociones sobre la naturaleza de la contemplacin. La palabra contemplacin, en sentido amplio, expresa la idea de un grandioso espectculo que llama poderosamente la atencin y cautiva el alma. Contemplar, en general, es mirar un objeto con admiracin. Tenemos dos tipos de contemplacin:

Contemplacin natural: puede ser sensible, cuando se mira por mucho tiempo alguna cosa hermosa, como la inmensidad del mar o una puesta de sol, o imaginativa, cuando lo que admiramos es lo que nos representamos con la imaginacin, como una cosa o persona amada. An cuando lo que se contempla sea un pasaje evanglico, no deja de ser contemplacin natural, en el contexto de oracin de meditacin, como la contemplacin imaginaria de los misterios de Cristo que propone San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales.

Contemplacin sobrenatural o infusa: Ha sido definida de muchas maneras a travs de los siglos, pero se puede resumir como una deliciosa y amorosa admiracin de la inteligencia ante el esplendor de las verdades divinas. Esto se produce como una intuicin, sin el proceso humano de la meditacin discursiva, y procede de la fe ilustrada por los dones de inteligencia, ciencia y sabidura.

Aqu est el aspecto fundamental y caracterstico de la contemplacin infusa: en ella desaparece el proceso natural humano del razonamiento (meditacin discursiva) siendo reemplazado por las mociones directas del Espritu Santo sobre la inteligencia a travs de la accin de algunos de los dones (inteligencia, ciencia y sabidura).

La inteligencia no llega a captar las verdades de Dios por el razonamiento iluminado por la luz de la fe, como en la meditacin, sino que contempla directamente estas verdades, presentadas a su inteligencia por la accin de los dones, maravillndose de la claridad y simplicidad con que las ve.

Dios es quien elige el momento y el modo de la contemplacin, y tambin la duracin. Dios es el dueo absoluto de sus dones, e interviene en el alma cuando quiere y como quiere, pero, como lo aclara muy bien Santa Teresa, Dios quiere que el hombre, libremente, se asocie a su obra. De lo que nos dice la santa, vemos los dos aspectos esenciales de la contemplacin:

Pasividad del hombre: El elemento esencial de la contemplacin infusa es la pasividad del alma, en que pasa a ser gobernada, movida y dirigida por el Espritu Santo, en vez de gobernarse, moverse y dirigirse ella misma, sin perder, sin embargo, por esto su libertad ni su actividad.

Preparacin del hombre: Normalmente la disposicin y preparacin del hombre es una condicin indispensable para recibir la contemplacin. Esta preparacin implica tres aspectos importantes:

- Una gran pureza de corazn, o sea, haber avanzado bastante en la lucha contra el pecado, contra los enemigos espirituales, y en el ejercicio de las virtudes cristianas.

- Un gran desapego a las cosas terrenales, a las preocupaciones, a las pasiones por lo que ofrece el mundo, a las criaturas, para poder libremente ir hacia el Creador.

- Un gran recogimiento: Debe ser habitual y frecuente recogerse en Dios, mediante lecturas espirituales, meditacin de la Palabra, oracin, frecuentar los sacramentos, conversaciones con hermanos en la fe, etc.

En la contemplacin se reconocen cinco grados o fases sucesivas: oracin de recogimiento pasivo, oracin de quietud, oracin de unin simple, oracin exttica y oracin de unin transformante.

El paso por ellos va produciendo un profundo proceso de transformacin de la mente humana, cumplindose la exhortacin que hace San Pablo a los Romanos: Y no os acomodis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovacin de vuestra mente, de forma que podis distinguir cul es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. (290)

Este proceso de transformacin se inicia en la oracin pero va llevando a una apertura a la accin de los dones del Espritu Santo tal que los mismos se van manifestando poco a poco en todas las acciones del vivir cotidiano.

Esa es, en definitiva, la vida del santo, del perfecto, del hombre nuevo, que se manifiesta en plenitud al vivir el ltimo grado de la contemplacin, la unin plena o transformante, que es vivir la transformacin de Pentecosts, tal como la vivieron los apstoles y discpulos.

Por eso es tan importante avanzar hacia esta oracin, sin la cual nunca se dejar de ser principiantes o nios espirituales. Pero slo Dios es el que quiere darla, pero necesita de nuestra accin para ir preparndonos y poner nuestra disposicin para recibirla.

Como reconocer el llamado a la contemplacin.

Vimos que tan importante para la vida espiritual es el poder ingresar a la experiencia de la contemplacin infusa, pero, al mismo tiempo, tambin hay una realidad insoslayable: es Dios quin infunde esta oracin, quin lleva el alma a ella.

Qu debe hacer entonces el cristiano? Lo que dice Santa Teresa de Jess, mencionado un poco ms arriba: disponerse para ello; esta disposicin implica un primer paso absolutamente decisivo y que definir el avance o no en esta nueva dimensin de la relacin con Dios que es la contemplacin: reconocer cuando Dios est llamando al fiel a esta oracin.

Es San Juan de la Cruz el que ha descripto claramente las tres seales que permiten distinguir cuando se comienza a vivir la noche de los sentidos, es decir, el inicio de la contemplacin infusa; se deben dar siempre las tres seales en conjunto.

En primer lugar aparece una gran aridez sensible, es decir, desaparecen los consuelos y afectos sensibles que se experimentaban en la oracin, y se entra en lo que se suele llamar un desierto.

Pero, en medio de la aridez, hay un gran deseo de buscar a Dios y servirlo, aunque parezca que ya no se lo puede encontrar. Esto establece una gran diferencia con la aridez producida por la tibieza espiritual que suele aquejar a los que comienzan el camino espiritual, y les hace volver a sus anteriores situaciones de pecado o a los apegos a las cosas del mundo.

Por ltimo, aparece una dificultad creciente para la oracin de meditacin discursiva, en el uso de la imaginacin, buscndose ms el recogimiento, el estar sencillamente en la presencia de Dios, con sosiego y reposo.

As encontramos en estas seales dos notas negativas, una gran sequedad sensible en la oracin y grandes dificultades para la meditacin razonada, y una nota positiva, que es un vivo anhelo de Dios, de encontrarlo y servirlo. Las dos primeras se producen porque al obrar la contemplacin directamente sobre nuestra inteligencia, elimina y corta el proceso natural por el cual recibimos vivencias sensibles y meditamos. La otra, el profundo anhelo y deseo de Dios, sin que se base en algo meditado, sino que simplemente viene a nosotros, es el inicio ya de la accin de los dones del Espritu Santo.

Esta noche de los sentidos suele ir acompaada de pruebas exteriores: grandes tentaciones de parte del demonio, incomprensiones y actitudes contrarias de las personas cercanas, y tambin enfermedades, fracasos profesionales o en los negocios, prdidas de bienes temporales, muerte de seres queridos, etc.

No todas las almas sufren la noche del sentido con igual intensidad. Depende del grado de perfeccin a que Dios quiera llevarlas segn la vocacin particular, del mayor o menor nmero de imperfecciones que tengan para purificarse y de la docilidad y paciencia de cada uno.

Pero hay que recordar algo importantsimo: Dios da siempre su gracia y su fortaleza en el grado y medida que el alma necesita para lo que El le va a pedir.

Cmo es el proceso de esta purificacin pasiva? Vimos que la contemplacin es producida por la accin de los dones del Espritu, que actan por las mociones del Espritu Santo directamente sobre nuestra inteligencia y voluntad, eliminando el proceso humano natural del razonamiento, basado en la meditacin discursiva.

Esto produce en el primer momento una gran oscuridad y sequedad, ya que se pierden las vivencias sensibles que se experimentaban y no se puede tener la oracin de meditacin habitual, quedando el alma como perdida, aunque subsiste un secreto y misterioso impulso para buscar a ese Dios que parece que se ha perdido.

Esta vivencia produce la purificacin pasiva del alma, por un conocimiento experimental de la grandeza de Dios y de s mismo, de su miseria, pequeez y fragilidad al verse tan lleno de oscuridades e impotencias. Aumenta la humildad, viendo el alma que no es nada por s misma, el amor al prjimo, porque van desapareciendo la soberbia y el amor propio, y aparece un fuerte impulso a ejercitar y vivir las virtudes cristianas y a servir ms a Dios y al prjimo.

Pero en una instancia posterior, abierta el alma a la accin de Dios, comienza a manifestarse en forma cada vez ms clara y constante la accin de los dones del Espritu Santo, que son los que perfeccionarn la accin de las virtudes cristianas y profundizarn esa purificacin.

La duracin de esta purificacin es muy variable, ya que depende del mayor o menor grado de imperfecciones que tengan que purificarse, de la mayor o menor apertura, docilidad, paciencia y perseverancia que se tengan, y de la mayor o menor fortaleza o debilidad para soportar esta purificacin.

En general, se van alternando perodos de luz y consuelo, con otros de oscuridad y sequedad, a lo largo de un tiempo que puede ser bastante largo. Es decir, Dios, en su Providencia, da respiros al alma para que cobre nuevas fuerzas para seguir llevando la cruz de la purificacin, y no abandone este difcil camino.

Primeros grados de la contemplacin.

La oracin de contemplacin infusa se manifiesta primero por la oracin de recogimiento infuso, y luego por la oracin de quietud, que marcarn la transicin a la va unitiva, y constituyen los dos primeros grados o fases de la contemplacin, y los grados cuarto y quinto de la oracin en general, correspondientes a la cuarta Morada de Santa Teresa.

La primera fase es la llamada oracin de recogimiento, que ya es una oracin sobrenatural o de contemplacin, pero todava no completamente pasiva. Santa Teresa dice que es un recogimiento interior que tiene el alma, que se quiere apartar de los bullicios exteriores dndole gana de cerrar los ojos y no or, ni ver ni entender nada fuera de aquello en que el alma entonces se ocupa, que es poder estar a solas con Dios.

No implica estar en la oscuridad ni cerrar los ojos para vivirlo, ya que esto se hace sin quererlo, cuando Dios lo dispone.

Es, en definitiva, una unin del entendimiento con Dios, que va dejando de lado sus meditaciones y sus discursos, y que produce una viva presencia de Dios, donde el alma siente cierta impresin de la divina inmensidad muy cerca de ella.

La oracin de quietud es la segunda fase de la contemplacin infusa y marca la transicin entre la va iluminativa y la va unitiva, y es la fase anterior al primer grado de unin con Dios.

Aqu se agrega la captacin de la voluntad por Dios, su unin con ella. Se distingue muy claramente porque la accin principal de la voluntad es el amor, y aqu se vive una atencin amorosa a Dios, pero no con un amor que proviene de nosotros sino con un amor que recibimos de Dios, que no lo podemos sentir sin la gracia especial de la contemplacin que nos lleva a l, por lo que decimos que somos ms pasivos que activos.

Es lo que distingue fundamentalmente el amor que surge de la oracin adquirida, cuando por la meditacin en los misterios de Dios y sus grandezas, iluminados por la virtud de la fe, lleva a que surjan los afectos piadosos en los que se manifiesta el amor a Dios.

Se produce un gran gozo espiritual, que Santa Teresa llama los gustos divinos, que vienen directamente de la accin de Dios, de sentir su presencia, y que supera en su intensidad y profundidad a todo lo experimentado anteriormente.

Prctica de las virtudes en la va iluminativa.

A partir de la vivencia de la oracin de quietud, se va avanzando en el hecho de experimentar cada vez con ms claridad la accin incipiente de los dones del Espritu Santo.

Ya vimos que la contemplacin es producida por la accin del Espritu Santo a travs de sus dones, en especial de los llamados dones intelectuales (inteligencia, ciencia, sabidura) por los cuales las mociones del Espritu Santo llegan directamente a la inteligencia y voluntad humanas, sin que la mente del hombre siga su proceso natural de razonamiento.

Por eso tambin se la llama iluminacin, porque al principio es como un fogonazo de luz que ilumina nuestro entendimiento o impulsa nuestra voluntad, en forma repentina y sin que haya habido un proceso mental previo. Por eso a la accin de los dones se la llama tambin de instintos divinos o de intuicin divina.

Esta accin progresiva de los dones va purificando el accionar de las virtudes infusas, como vimos en detalle en la Segunda Parte, Captulo 2, aunque en esta etapa es todava espordica su influencia, y, en general, las virtudes se practican todava al modo humano, pero una experiencia espiritual muy novedosa consiste aqu en ir captando y reconociendo esos instintos repentinos, que como fogonazos o relmpagos, obran sobre la mente del cristiano.

La fe va creciendo mucho en los que avanzan por la va iluminativa, ya que las luces del don de inteligencia, que comienza a actuar cada vez ms claramente, hacen ms penetrante su fe, por lo que se avanza en entrever la hermosura de los grandes misterios, de la vida y la muerte del salvador, de la Santsima Trinidad, de la vida eterna, etc.

Crece tambin la vivencia del amor de Dios, la caridad sobrenatural, debido a la accin que produce el don de sabidura, que va dando el conocimiento experimental profundo de la Trinidad y su amor por los hombres. El crecimiento de la caridad va produciendo un desapego de las cosas del mundo y una mayor bsqueda de Dios, porque se van haciendo carne las palabras de Jess: Buscad el Reino de Dios y su justicia, y lo dems se os dar por aadidura (291)

Este amor en los adelantados comienza ya a ser amor a Dios por s mismo.

La caridad fraterna en los adelantados se expresa en que ellos tratan de copiar en s mismos la caridad de Jess, la manera en que l am a los hombres. Encontramos tres caractersticas principales en el amor de Jess, a las que son impulsados a imitar los que transitan la va iluminativa (llamada as porque se imita a Jess, luz del mundo):

Jess siempre se adelant, am primero: se imita al Seor en esto, yendo a los hermanos para conocer sus desdichas y consolarlos, buscando al necesitado para ayudarlo y al pecador para traerlo poco a poco a la prctica de la virtud, sin perder nimo por la resistencia que oponga al principio.

La caridad de Jess fue compasiva: La compasin por todos los desdichados, los que sufren y los que van por el mal camino, lleva a hacer lo que pide Jess: rogar para que haya ms obreros dedicados a la evangelizacin, y ofrecerse para ser uno de ellos.

La caridad de Jess fue generosa: La entrega de Jess fue total; as es la entrega al prjimo del adelantado en la vida espiritual, y comprende muchas cosas: limosna material, de dinero, comida, abrigo, etc.; limosna del propio tiempo, cuidando o acompaando a un enfermo o quien est solo, o escuchando a quien lo necesita; limosna de una buena palabra, de un prudente consejo, de una expresin de fe, de un consuelo, etc.; limosna de un buen trato, con amabilidad, palabras cordiales, sonrisas y buen humor.

Cmo cambia el mundo alrededor de un cristiano que vive de esta manera el amor de Dios! Pero lo fundamental que hay que considerar respecto a esto es que no es algo utpico, como muchos racionalistas pueden pensar, por la sencilla razn que no viene del hombre, sino de Dios.

Cuando un cristiano comienza a vivir la profundidad del amor de Dios que se recibe en la contemplacin, por la accin cada vez ms fuerte del don de sabidura, no puede hacer otra cosa que amar as a su prjimo. Pasa a ser lo ms fcil y agradable de hacer, porque slo se est dando el amor que a uno lo llena y lo desborda.

La segunda conversin en los apstoles.

Venimos comparando la vida interior de los Apstoles con la de las tres edades de la vida espiritual. El ingreso a la va iluminativa, con la vivencia de las purificaciones pasivas que se producen como consecuencia del inicio de la contemplacin, es decir, la noche de los sentidos, tambin se reconoce en la vida espiritual de los Apstoles.

Seguimos a Garrigou-Lagrange en Las tres vas y las tres conversiones en la explicacin de esto:

Cundo comenz su segunda conversin? En Pedro, enseguida despus de haberle negado las tres veces, como se deduce del texto de San Lucas: Y en aquel momento, estando an hablando Pedro, cant un gallo, y el Seor se volvi y mir a Pedro, y record Pedro las palabras del Seor cuando le dijo: Antes de que cante hoy el gallo, me habrs negado tres veces. Y, saliendo fuera, rompi a llorar amargamente. (Lc. 22,60-62).

Producido a consecuencia de la mirada de Jess y de la gracia que la acompaa, este arrepentimiento de Pedro tuvo que ser muy hondo y raz de una vida verdaderamente nueva. A propsito de esta segunda conversin de San Pedro conviene recordar lo que dice Santo Toms: Aun despus de una falta grave, si el alma se arrepiente con verdadero fervor proporcionado al grado de gracia perdido, recobra este estado de gracia. Y pudiera ser que recibiera un grado de gracia superior, si la contricin fuera an ms fervorosa. No es, pues, necesario, que el alma emprenda la subida desde el principio; sino que contine recorrindola desde el punto en que se hallaba cuando cay.

El que tropieza a la mitad del camino y se levanta enseguida, contina la marcha hacia lo alto de la montaa. Todo hace creer que Pedro, por el fervor de su arrepentimiento, no slo recobr el grado de gracia que haba perdido, sino que fue elevado a un grado de vida sobrenatural ms alto.

El Seor haba permitido esta cada para que se curase de su presuncin, se tornara ms humilde, y pusiera su confianza, no en s mismo, sino en Dios.

En sus Dilogos (cap. 63) escribe Santa Catalina de Sena: Despus de haber cometido el pecado de negar a mi Hijo, Pedro se retir a llorarlo en silencio. Su dolor, sin embargo, era todava imperfecto; y se prolong por cuarenta das, hasta despus de la Ascensin (permaneci, pues, imperfecto, a pesar de la aparicin del Salvador). Pero cuando mi Verdad volvi a m, segn su naturaleza humana, Pedro y los otros discpulos se retiraron a una casa a esperar la venida del Espritu Santo, que mi Verdad les haba prometido. All permanecieron recluidos, como dominados por el temor; puesto que su alma no haba llegado an al amor perfecto.

Y verdaderamente no fueron transformados hasta el da de Pentecosts.

Esta conversin de Pedro, frente a la visin de toda su miseria, y al abandono fsico de su Seor despus de la ascensin, lo llevar a perseverar, pese al miedo a los judos, en la oracin, esperando el cumplimiento de la promesa de Jess sobre la venida del Espritu Santo.

Tambin San Juan vivi su segunda conversin. Al igual que los otros Apstoles y discpulos, l haba abandonado a Jess en Getseman, cuando lleg Judas con los que apresaron a Jess.

Pero, Juan fue llevado por una gracia muy especial al pie de la cruz, y se puede decir que su segunda conversin se produce al escuchar las siete ltimas palabras del Seor en la cruz.

La va Unitiva, o edad de los Perfectos.

La llamada oracin de unin con Dios, que marca el ingreso a la va unitiva que recorren los perfectos, va evolucionando a partir de los dos primeros grados de la contemplacin infusa que ya vimos, el recogimiento y la quietud, a travs de otros tres grados de oracin en los que la contemplacin se va haciendo cada vez ms perfecta: la unin simple o de conformidad de voluntades, la unin exttica y la unin transformante o matrimonio espiritual.

La primera fase de la unin se llama Unin Simple o Unin de Conformidad de Voluntades. Esta oracin corresponde a las quintas moradas de Santa Teresa, y se caracteriza porque el alma se une con Dios por todas las potencias interiores, no slo por el entendimiento y la voluntad, como en la oracin de quietud.

Tiene dos caracteres esenciales que la definen:

La suspensin de todas las potencias: Voluntad, entendimiento, memoria e imaginacin quedan suspendidas y absortas en Dios, no se pueden ocupar de otras cosas, ni interiores ni exteriores. Se pierde todo pensamiento, todo recuerdo, toda atencin, slo hay un gozar sin entender lo que se goza como describe Santa Teresa; no se puede leer ni orar, solamente se ama profundamente. As el alma cesa toda su actividad, y se vuelve completamente pasiva, a merced slo de la accin de Dios.

La certeza absoluta de haber estado en Dios: Se siente muy profundamente la presencia de Dios dentro del alma, se tiene clara conciencia de lo que le est pasando, pues est, en cierto modo, asistiendo a ello, y despus, tiene la total certidumbre de haber estado en Dios.

Vemos as descripta la vivencia de esta oracin: La accin de Dios es tan intensa que absorbe totalmente la actividad del alma, y la accin divina reemplaza a la actividad humana. Se siente que todo ocurre en lo ms interior del alma, y la presencia de Dios all, su cercana y realidad, hacen que el alma se sienta una misma cosa con l. Por eso queda despus una certidumbre absoluta de haber estado en Dios, aunque no se puede explicar bien porque se la tiene.

Estos efectos son el producto de la accin de los dones del Espritu Santo, que ya comienzan a manifestarse de una manera bastante frecuente y reconocible por el alma. Podemos decir que aqu el hombre nuevo, movido por las mociones del Espritu Santo a travs de sus dones, comienza a tomar el control de nuestras acciones, por momentos, si as se lo permitimos.

Es importante destacar algo fundamental: en la oracin de unin dejamos que el Espritu penetre en nuestra mente y nos haga dciles a sus inspiraciones divinas, y as vamos experimentando su accin y vamos aprendiendo a reconocerla, pero esta accin se va manifestando en cualquier momento de nuestra vida diaria, en la medida que la necesitemos.

Ya la voluntad est permanentemente unida a Dios y slo va queriendo lo que Dios quiere, por eso se la llama a esta unin tambin conformidad de voluntades o unin conformativa.

El que vive esta unin ya no tiene en su da momentos en que no siente la presencia de Dios o que no la est deseando; an cuando se dedique a quehaceres y ocupaciones del mundo, en cuanto su mente est libre por un momento, sus pensamientos vuelan hacia Dios, hacia sus vivencias, hacia los recuerdos de las experiencias vividas, hacia los deseos y esperanzas de lo que vendr de parte de Dios.

La clave para ir determinando la realidad de la vivencia de la unin con Dios est no solamente en las caractersticas de la oracin propiamente dicha que se experimenta, sino en reconocer con claridad la accin creciente de cada uno de los siete dones del Espritu Santo.

La unin exttica.

Avanzando con la profundizacin de la contemplacin infusa, encontramos la cuarta fase de la contemplacin -que es el sptimo grado de la clasificacin general de la oracin- constituida por la unin exttica.

La caracterstica distintiva respecto del grado anterior, la unin simple, es que aqu se unen con Dios, y son absorbidos tambin, los sentidos corporales exteriores, adems de la absorcin del alma en Dios como suceda ya anteriormente.

La unin mstica es de tal intensidad que el cuerpo humano no la puede resistir, por lo que cae en un desfallecimiento que produce el xtasis, que es una enajenacin de los sentidos, producida en forma sobrenatural por la accin notablemente intensa de los dones de inteligencia y sabidura.

Lo que ms interesa en el xtasis no son las manifestaciones corporales o externas, llamativas por su espectacularidad, sino los efectos interiores, en el alma del que vive esta contemplacin tan intensa.

La Noche del Espritu.

Antes de que el alma pueda avanzar hasta el ltimo grado de la unin con Dios, que es la unin transformante o matrimonio espiritual, necesita pasar por la segunda de las purificaciones pasivas, denominada por San Juan de la Cruz la noche del espritu.

La primera de estas purificaciones, la noche de los sentidos, obr sobre la parte sensitiva del alma, mientras que esta segunda actuar con una purificacin ms honda y radical, limpiando al alma de las ltimas imperfecciones que en ella todava subsisten.

Esta noche del espritu se produce en el alma de la misma manera que en la noche de los sentidos, es decir, a partir de una contemplacin infusa, aunque en un grado mucho mayor de intensidad de luz contemplativa, que atormenta y ciega el alma, al mismo tiempo que le muestra an las ms pequeas e insignificantes imperfecciones.

La inteligencia queda sumida en las tinieblas, perdiendo todas las luces que reciba anteriormente acerca de los misterios de la fe, a travs del don de inteligencia, por lo que aparece una gran desolacin espiritual. La voluntad sufre tambin tormentos muy grandes, ya que el alma queda privada de toda felicidad y consuelo, y le parece que est condenada a vivir eternamente apartada de Dios.

La unin transformante.

Despus de tantas purificaciones que sufre, el alma est lista para arribar al ltimo grado de perfeccin lograble en esta tierra, que es la unin transformante, tambin conocida como el matrimonio espiritual. Este grado de unin es la culminacin de la vida mstica, y es la preparacin inmediata para la vida bienaventurada en el cielo.

Los principales caracteres de la unin transformante los encontramos enumerados por San Juan de la Cruz, segn lo desarrolla Royo Marn:

La unin transformante (o transformativa) es definida por San Juan de la Cruz como: Una transformacin total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesin de la una a la otra, con cierta consumacin de unin de amor, en que est el alma hecha divina y Dios por participacin, cuanto se puede en esta vida.

Analizando esta definicin se descubren los tres elementos esenciales del matrimonio espiritual: la transformacin total en el Amado, la mutua entrega y la unin permanente de amor:

Transformacin en el amado: A la manera que el fuego de una fragua, cuando se apodera totalmente del hierro que a ella se arroj, lo transforma enteramente en s -sin que el hierro pierda, no obstante, su propia naturaleza de hierro-, as el alma metida en lo ms hondo de la hoguera del divino amor se transforma en el mismo Dios, sin perder, no obstante, su condicin de criatura.

La mutua entrega: es una consecuencia inevitable de esta profunda transformacin del alma en Dios. As como entre dos esposos hay perfecta comunicacin de bienes, lo mismo ocurre entre Dios y el alma dichosa admitida a este espiritual matrimonio.

En realidad, el alma en simple posesin del estado de gracia ya es, de alguna manera, esposa verdadera de Dios. Pero solamente en las grandes alturas de la unin transformante adquiere la conciencia experimental permanente de que efectivamente lo es.

La unin permanente de amor: es la tercera nota esencial del matrimonio mstico, que la distingue y separa de los grados anteriores.

Esta unin tan profunda y de tanta intimidad no puede menos de producir unos efectos maravillosos en la santificacin de las almas que la viven. Recurrimos de nuevo a Royo Marn sintetizando su descripcin, basada en las Sptimas moradas de Santa Teresa:

Muerte total del propio egosmo: San Francisco de Sales sola decir sonriendo que el egosmo muere un cuarto de hora despus de morir; tan metido lo tenemos todos en nuestras entraas. Sin embargo, las almas llegadas a la unin transformativa han realizado ya en esta vida ese supremo ideal.

La gloria de Dios, nica preocupacin: De esta muerte total al propio yo tiene que seguirse inevitablemente un hambre y sed devoradoras de la honra y gloria de Dios, que constituyen su nica preocupacin.

Un gran deseo de padecer, pero sosegado y tranquilo, enteramente subordinado a la voluntad adorable de Dios: Es la percepcin clara e instintiva del verdadero valor y jerarqua de las cosas. El sufrimiento sobrellevado por amor a Dios es altamente santificador sin duda ninguna, pero mucho menos que el cumplimiento perfecto de la voluntad adorable de Dios.

Gozo en la persecucin: Tolerar la persecucin en silencio por amor de Dios es ya una obra muy grande de virtud. Pero gozarse en ella, considerarse feliz en ella, bendecir a Dios y amar con predileccin a los que nos persiguen y calumnian es ya el colmo del herosmo y de la santidad. A esta sublime altura se han remontada las almas transformadas.

Celo ardiente por la salvacin de las almas: Santa Teresa describe en este prrafo un fenmeno sorprendente. Antes de llegar a estas alturas, apenas tenan estas almas un deseo ms vehemente que el de morir para volar al cielo. Ahora, en cambio, mil veces por encima del deseo de morir, prevalece el deseo de servir a Dios y salvarle almas al precio que sea. Quisieran vivir largos aos para servir a Dios y emplearse enteramente en el servicio espiritual del prjimo.

Desprendimiento de todo lo creado, ansias de soledad, ausencia de sequedades espirituales: se comprende perfectamente que un alma que goce casi habitualmente de los inefables deleites que se siguen a la unin con Dios transformativa estime como basura todas las cosas de este mundo, como dice repetidas veces santa Teresa y haba dicho ya San Pablo (Filip. 3,8), y guste de estar a solas con Dios en dulce y entraable conversacin.

Paz y quietud imperturbables: el alma llegada a estas alturas goza permanentemente de una paz y sosiego imperturbables. No hay tempestad de la tierra ni vendaval del infierno tan furiosos que puedan conmover en lo ms mnimo el centro o fondo ms profundo de estas almas, convertido en un ocano de paz.

Ausencia de xtasis y arrobamientos: Tan profunda es esta paz y quietud interior, que nunca es perturbada ni siquiera por fenmenos msticos violentos. El alma no padece ya, a no ser rarsima vez, de xtasis y arrobamientos, a pesar de que las comunicaciones divinas son ms ntimas y penetrantes que antes. La razn de esto hay que buscarla no slo en la mayor fortaleza del alma, que se ha ido acostumbrando a esas comunicaciones, y as puede ya soportarlas sin caer en el desfallecimiento del xtasis, sino adems y principalmente porque la accin de Dios recae ms directamente sobre el espritu, con total pretericin de todo lo orgnico y corporal.

Cuando el ser humano ha sufrido esta transformacin prodigiosa es el momento que la virtud de la caridad alcanza sus ms altas cumbres, expresada en forma visible a travs de la manifestacin de la caridad fraterna.

El Papa Benedicto XVI en su Encclica Dios es amor expresa la realidad que vive el santo en cuanto a la posibilidad que tiene de amar al prjimo, porque ha experimentado profundamente en s mismo el amor de Dios:

18. De este modo se ve que es posible el amor al prjimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jess. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo tambin a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto slo puede llevarse a cabo a partir del encuentro ntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunin de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya slo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Ms all de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atencin, que no le hago llegar solamente a travs de las organizaciones encargadas de ello, y aceptndolo tal vez por exigencias polticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho ms que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que l necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interaccin entre amor a Dios y amor al prjimo, de la que habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podr ver siempre en el prjimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en l la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atencin al otro, queriendo ser slo piadoso y cumplir con mis deberes religiosos , se marchita tambin la relacin con Dios. Ser nicamente una relacin correcta , pero sin amor. Slo mi disponibilidad para ayudar al prjimo, para manifestarle amor, me hace sensible tambin ante Dios. Slo el servicio al prjimo abre mis ojos a lo que Dios hace por m y a lo mucho que me ama. Los Santos pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta han adquirido su capacidad de amar al prjimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Seor eucarstico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los dems. Amor a Dios y amor al prjimo son inseparables, son un nico mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. As, pues, no se trata ya de un mandamiento externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a travs del amor. El amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea todo para todos (cf. 1 Co 15, 28).

La transformacin en los Apstoles.

Los Apstoles y discpulos de Jess tambin vivieron en sus vidas esta profunda y radical transformacin, producida por la unin transformante.

Tuvieron que pasar primero por la noche del espritu, lo que aconteci en esos oscuros y difciles das que siguieron a la ascensin del Seor al cielo. Privados de la presencia de la humanidad del Maestro, llenos de temores y dudas, perdida la esperanza de la restauracin del Reino de Israel, slo se pudieron mantener unidos sin dispersarse por la presencia y la oracin de Mara.

El P. Garrigou-Lagrange, en Las tres vas y las tres conversiones, habla de esta tercera conversin de los Apstoles:

Tanto Pedro como los dems Apstoles mostraron cierta dificultad y resistencia a creer en la resurreccin del Salvador, a pesar del relato que las santas mujeres les hicieron del milagro tantas veces anunciado por Jess. Este relato les pareca un delirio. Por otra parte, si tardaron en creer en la resurreccin del Salvador, dieron, como dice San Agustn, pruebas de precipitacin al suponer que se estaba realizando la restauracin del reino de Israel, tal como ellos se lo imaginaban. Se deduce de la pregunta que hicieron al Seor el mismo da de la Ascensin. Cuando Jess les anunci de nuevo la venida del Espritu Santo, le preguntaron: Restableceris entonces, Seor, el reino de Israel? (Hechos 1,16). Habr que padecer mucho todava antes de la restauracin del reino: y sta ser muy distinta de la que se forjaron los discpulos.

As es que los autores espirituales hablan frecuentemente de una tercera conversin o transformacin de los Apstoles, la cual se verific el da de Pentecosts.

En ellos esta transformacin fue consecuencia de haberlos privado Nuestro Seor definitivamente de su presencia corporal despus de la ascensin a los cielos.

Es indudable que, si bien no suele ponderarse mucho esto, cuando el Salvador los priv de su santa humanidad, los Apstoles experimentaron una pena y una tristeza indecibles. Supuesto que Nuestro Seor constitua su propia vida, y que la intimidad que a l los una se acrecentaba con el correr de los das, es preciso admitir que la ausencia produjo en ellos una impresin de profunda soledad, una sensacin de general abandono, de angustia, de muerte. Y debi ser tanto ms hondamente sentida cuando que el Salvador les haba anunciado todos los sufrimientos que les estaban reservados en lo porvenir. De esto podr formarse una dbil idea quien, despus de haber vivido en un plano superior durante un fervoroso retiro, bajo la direccin de un alma sacerdotal llena del espritu de Dios, se ve de repente sorprendido por las necesidades y cuidados de la vida ordinaria, que le privan de estas dulzuras de excelsa calidad. Los Apstoles permanecieron con los ojos fijos en el cielo. Porque a diferencia de lo que acaeci en la Pasin, aqu se trataba de una privacin completa, la cual, sin duda, hubo de producir en sus almas un desconcierto y un anonadamiento indecibles. Durante la Pasin, Jess estaba todava presente, pero ahora ven que se les arrebata de la vista, y se creen totalmente privados de l. En esta obscuridad espiritual se disponen para recibir la lluvia de gracias que se les haban de comunicar el da de Pentecosts.

Lleg el da en que la promesa de Jess se cumpli plenamente: el da de Pentecosts. All fueron transformados estos hombres en verdaderos hombres nuevos, dejando atrs todo el miedo, y la oscuridad de su mente. Llenos de luz y del poder del Espritu Santo, se transformaron cada uno en otro Cristo, saliendo al mundo a proclamar esa Buena Nueva que su Maestro les haba dado como su ltima y gran encomienda.

As como el Espritu Santo obr de manera tan prodigiosa en estos hombres, as obr despus y seguir obrando hasta el fin de los tiempos en todos aquellos cristianos que perseveren en el camino del crecimiento espiritual, dejando que sea el Espritu, y no su razn humana, quien los inspire y gue.

Nos hemos asomado as a ese hecho real, pero tan difcil de captar por nuestra inteligencia humana: la transformacin del cristiano, de ser un hombre viejo, sometido a veces a los impulsos de sus instintos y pasiones, y regido en sus actos, en general, por su razn humana, en una nueva criatura, en un hombre nuevo, que ya manifiesta con gran esplendor esa imagen y semejanza con su Creador, tal como ha sido y ser siempre la intencin de Dios cada vez que le da el ser a un nuevo hombre, sacndolo de la nada.

Este hombre nuevo se caracteriza porque est deificado o divinizado, lo que implica haber llegado en l a su cumplimiento el mandato que ha dado y sigue dando a sus discpulos Cristo: Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (292)

Esta deificacin presupone una participacin de la misma vida de Dios, tanto como se puede alcanzar aqu en la tierra, sin la plenitud que se obtendr en el Cielo. Procede de la gracia santificante y de las nuevas facultades sobrenaturales que ella da al organismo natural del hombre, las virtudes infusas y los dones del Espritu Santo.

As, el cristiano que ha alcanzado esta transformacin prodigiosa, esta tercera y ltima conversin aqu en la tierra, que preceder a la final de la gloria en la vida eterna, puede practicar las mismas obras de Jesucristo, reproducir su imagen y actitudes entre los hombres, y proseguir su divina misin, completando en cierto modo la obra de la Redencin y la edificacin de la Iglesia iniciada por l.

Esto, que es tan inaccesible e inalcanzable para el hombre comn, buscado con sus fuerzas y capacidades naturales, pasa a ser el modo de vida simple y diario del hombre nuevo, cuya mente transformada ha dejado de lado sus ideas y su funcionamiento racional, para ser movida cada vez que lo necesita por esos instintos divinos, que le llegan desde las mociones del Espritu Santo captadas por los siete divinos dones.

Tal es la meta donde desemboca, aqu en la tierra, el camino de la vida cristiana plena, a la cual son llamados todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sin excepcin.

Conclusiones.

Todo lo que hemos visto en estos ltimos dos captulos pertenece a la riqueza del tesoro de nuestra Iglesia, a travs del desarrollo hecho por la llamada Teologa Asctica y Mstica.

Muchos podrn pensar en este momento: Qu aplicacin prctica tiene para el cristiano de hoy, si de esto casi ni se habla en la Iglesia?

Tambin, frente a la grandiosa visin que resulta del hombre movido por la gracia de Dios y transformado profundamente por ella, podr surgir otra pregunta: Ser posible para el hombre y la mujer cristiana de hoy realmente poder vivir algo de todo esto, o estar reservado slo para algunos monjes o monjas de rdenes religiosas contemplativas y de clausura?

Precisamente el objetivo de la Escuela de Oracin y Crecimiento Espiritual Contempladores del Sagrado Corazn de Jess que presentamos en esta Pgina Web es tratar de contestar estas preguntas y muchas otras que pueden surgir, pero no desde una base terica o especulativa, sino a partir de una experiencia prctica que ya lleva, en el ao 2007, 12 aos de realizacin.

En la Seccin Renovar la RCC, Captulo5 se narra el comienzo de esta experiencia y su primer desarrollo, en el mbito de la Renovacin Carismtica Catlica de Argentina.

En Quienes somos encontramos explicada la manera en que hoy se lleva adelante esta iniciativa, ya dirigida a toda la Iglesia Catlica.

El descubrimiento al que nos ha llevado esta experiencia es, por un lado, muy sencillo, pero, por otra parte, abre un panorama totalmente insospechado en lo que hace al crecimiento espiritual profundo de los laicos catlicos, hombres y mujeres comunes que quieran vivir ms plenamente su fe cristiana.

En definitiva consiste en la unin del antiguo y casi olvidado camino de crecimiento espiritual desarrollado por la Teologa Mstica Clsica, especialmente a partir de su restauracin a principios del siglo XX, con el nuevo y poderoso impulso espiritual ocurrido en la Iglesia Catlica a partir del Concilio Vaticano II de 1965 con el surgimiento y expansin de los llamados Nuevos Movimientos del Espritu Santo.

Cmo se consigue esta unin entre espiritualidades que aparentemente siguen caminos dispares y pertenecen a pocas de la Iglesia diferentes?: mediante un trabajo estructurado que une la enseanza con la prctica de la oracin y que impulsa a ir ms all de lo vivido anteriormente por la mayora de los fieles laicos catlicos.

Este es, en conclusin, el aporte que nuestra Escuela de Oracin y Crecimiento Espiritual quiere brindar a la Iglesia de nuestros das, a todos aquellos que sientan el deseo de conocer y vivir su vida cristiana de forma ms plena.

Referencias al Captulo 2:

(290):Rom. 12,2
(291):Mt. 6,33
(292):Mt. 5,48

Juan Franco Benedetto
Buenos Aires, Argentina
Ao 2007



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