Contempladores

La Vida Cristiana Plena

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.

Capitulo 6: La Gloria en el Cielo.

Introduccin.

Primera Parte: El Origen de la Vida Cristiana.
   Captulo I: El Propsito de Dios para el hombre.
   Captulo II: El Cumplimiento del Propsito de Dios.
   Captulo III: Dios no abandona al hombre - El Antiguo Testamento.
   Captulo IV: La Salvacin por Jesucristo.

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.
   Captulo II: Los Efectos De La Gracia Santificante.
   Captulo III: La Accion De La Razon En El Hombre.
   Captulo IV: La Accion De La Gracia En El Hombre.
   Captulo V: La Santidad En La Tierra.
   Captulo VI: La Gloria En El Cielo.
   Captulo VII: Los Fenomenos Misticos Extraordinarios.

Tercera Parte: Los Medios De Crecimiento De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Faceta Negativa Del Crecimiento Espiritual.
   Captulo II: El Crecimiento Por Los Sacramentos Cristianos.
   Captulo III: El Crecimiento Por El Merito Y La Oracion.
   Captulo IV: El Papel De La Virgen Maria En La Santificacion De Los Hombres.
   Captulo V: La Devocion Al Sagrado Corazon De Jesus Como Medio De Santificacion.

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.
   Capitulo I: La Vida Esritual Al Modo Humano.
   Capitulo II: La Vida Espiritual Al Modo Divino.

Hecho y concepto de la muerte.

Vamos a penetrar en este Captulo en uno de los misterios ms grandes para el hombre, desde las culturas ms antiguas hasta el da de hoy: es el misterio de la muerte y de lo que espera al hombre ms all de ese momento en que termina su existencia en este mundo.
Encararemos este enigma del hombre desde la Revelacin de Dios a travs de su palabra en la Biblia, y la doctrina cristiana, para la cual la muerte es un paso, una puerta para entrar en algo nuevo y diferente. Para el cristiano la muerte no es el fin de nada sino el principio de todo.

Sin embargo no slo entre los paganos, sino an entre muchos cristianos, poco es lo que se conoce realmente respecto a lo que ocurre en el "ms all", segn la Revelacin de Dios. Ya San Pablo se refera a esto:
"Hermanos, no queremos que estis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcis como los dems, que no tienen esperanza." (203)

Tambin el Concilio Vaticano II describe con mucha claridad la actitud del hombre frente a la muerte:
"El mximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolucin progresiva del cuerpo. Pero su mximo tormento es el temor por la desaparicin perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adis definitivo. La semilla de eternidad que en s lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la tcnica moderna, por muy tiles que sean, no pueden calmar la ansiedad del hombre: la prrroga de la longevidad que hoy proporciona lo biologa no puede satisfacer ese deseo del ms all que surge ineluctablemente del corazn humano.
Mientras toda imaginacin fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelacin divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado ms all de las fronteras de la miseria terrestre... Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en slidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunin con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dndonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera." (204)

Veremos entonces los fundamentos de lo que nos revela la Escritura, la Tradicin y el Magisterio de la Iglesia sobre este tema tan acuciante.

La muerte, en el sentido corporal o fsico, desde el punto de vista cristiano, consiste en la separacin del alma del cuerpo. Por eso se habla de muerte aparente, cuando cesan los signos vitales, y muerte real, cuando el alma abandona el cuerpo. El nico signo indefectible de la muerte real es la putrefaccin del cuerpo. Se calcula que puede haber entre media hora a varias horas de diferencia entre la muerte aparente y muerte real. En el Cdigo de Derecho Cannico se indica administrar los sacramentos (bautismo, uncin de los enfermos), en forma condicionada, a los aparentemente muertos y mientras no conste con absoluta certeza la muerte real.

Veamos algunos conceptos bsicos sobre el hecho de la muerte: en primer lugar, el origen de la muerte: La muerte es consecuencia del pecado original. Aunque el hombre fue creado mortal por naturaleza, Dios dio al hombre en el Paraso el don de lainmortalidad corporal. Mas al haber quebrantado el mandato de Dios, perdi ese don y volvi a ser mortal. San Pablo ensea terminantemente que la muerte es consecuencia del pecado de Adn: "Por tanto, como por un solo hombre entr el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y as la muerte alcanz a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." (205)
As, la muerte en los hombres es una pena originada en el pecado, en la desobediencia a Dios.

Otro concepto importante es que en forma ordinaria, se muere una sola vez Esta ley slo puede ser modificada por un milagro de Dios, cuando una persona resucita o revive, pero ser para volver a morir de modo definitivo. Esto no implica nacer de nuevo, o ser otra persona, sino que la misma persona vuelve a la vida que haba perdido. Este concepto de la doctrina catlica se opone a todas las doctrinas de origen pagano que sostienen la reencarnacin, que significa que despus de la muerte el alma humana asume otro cuerpo y de esa forma vuelve a encarnarse.

El alma se separa del cuerpo en el momento de la muerte, y este instante marcar el fin del tiempo que cada hombre dispone en la tierra para decidir su destino eterno. Veamos que nos dice el Catecismo:
"La muerte es el fin de la peregrinacin terrena del hombre, del tiempo de gracia y misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena segn el designio divino y para decidir su ltimo destino."
"La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptacin o el rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo" (206)
Es doctrina fundamental de la Sagrada Escritura que la retribucin que se reciba en la vida futura depender de los merecimientos o desmerecimientos adquiridos durante la vida terrena. As lo reafirma claramente la Escritura: "Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal." (207)

Hemos visto el hecho y algunos conceptos importantes sobre la muerte; ahora veremos lo que nos dice la doctrina sobre lo que ocurre despus de la muerte. Dice el Catecismo: "Cada hombre, despus de morir, recibe en su alma inmortal su retribucin eterna en un Juicio Particular que pone su vida en relacin con Cristo, sea a travs de una purificacin, o bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, o para condenarse definitivamente para siempre." (208)

Se entiende as como Juicio Particular, al acto por el cual al alma, inmediatamente que se separa del cuerpo, se le da a conocer su suerte definitiva (salvacin o condenacin), o transitoria (Purgatorio previo a la salvacin). Y estos tres destinos los estamos eligiendo libremente aqu, en la vida en la tierra, cada uno de nosotros.

Para el cristiano la muerte tiene que dejar de ser algo horrible e irremediable, sino que debe originar pensamientos saludables, en cuanto a tener en cuenta en forma principal que Dios nos da este tiempo para elegir libremente nuestro destino eterno final, y que debemos aprovechar cada da de vida para buscar nuestro fin ltimo, ya que no sabremos nunca cunto es el tiempo que nos queda en este mundo. Aqu si deberamos aplicar sin duda el conocido dicho de "no dejes para maana lo que puedes hacer hoy", ya que no sabemos si la muerte nos dejar disponible el da de maana.

La Retribucin final: el Cielo.

La doctrina catlica es clara en cuanto a que inmediatamente despus de la muerte real, que es cuando el alma se separa del cuerpo, esta alma separada conocer su suerte eterna, en el llamado juicio particular.
Ya mencionamos que, como consecuencia de este juicio, hay solamente dos destinos finales: o la salvacin, que implica lo que se conoce como "ir al cielo", o la condenacin, que produce el "ir al infierno".

Veamos en primer lugar el hecho de la salvacin y la llegada al cielo. El Catecismo nos dice:
"Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y estn perfectamente purificados viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es", cara a cara (cf. 1 Cor. 13,12; Ap. 22,4). Es decir, las almas de aquellos que en el instante de la muerte se hallan libres de toda culpa y pena de pecado, entran en el cielo."
"Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estn seguros de su eterna salvacin sufren despus de su muerte una purificacin, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegra del cielo"
"La Iglesia llama Purgatorio a esta purificacin final de los elegidos, que es completamente distinta al castigo de los condenados." (209)

La Comisin Teolgica Internacional del Vaticano dice: "Debemos absolutamente evitar comprender el estado de purificacin antes del encuentro con Dios de forma demasiado semejante a la condena, como si la diferencia entre los dos slo consiste en el hecho de que uno sera eterno y el otro temporal; la purificacin despus de la muerte es completamente diferente del castigo de los condenados. En realidad, un estado cuyo centro es el amor de Dios y otro cuyo centro es el odio no pueden compararse. El que est justificado vive en el amor de Cristo. Su amor se vuelve ms consciente con la muerte. El amor que tarda en poseer a la persona amada sufre y a travs de este sufrimiento se purifica." (210)

Muchos telogos, entre ellos Santo Toms de Aquino, sostienen que la intensidad de las penas en el purgatorio es mucho mayor que la de cualquier pena en esta vida, aunque es desigual, segn la magnitud de lo que se haya que purificar.
Por lo tanto, al cielo se puede llegar directamente, que es el caso de las almas de los que mueren en estado de gracia y que nada tienen que purgar por sus culpas, o despus de una purificacin previa, en lo que se conoce como Purgatorio, que no se debe tomar necesariamente como un lugar o espacio determinado, sino ms bien como un estado transitorio de las almas antes de poder ingresar al cielo.

En cuanto al cielo, vamos a plantearnos tres interrogantes principales, cuyas respuestas nos darn un panorama amplio y claro de lo qu significa realmente este vocablo: qu es el cielo?, en qu consiste la felicidad de los bienaventurados en el cielo?, y, finalmente, es esa felicidad igual para todos?
Lamentablemente la idea del cielo entre los cristianos es en general deficiente, con nociones falsas o limitadas, provenientes de comparaciones defectuosas con aquellas cosas que se conocen a travs de los sentidos. Por lo tanto es fundamental tener clara la respuesta a los interrogantes que nos hemos planteado.

Qu es el Cielo.

Respecto a qu es el cielo, en principio no se puede afirmar o negar que sea un lugar, o simplemente un estado o condicin, ya que no hay datos ciertos sobre este tema, ni en la Revelacin ni en el Magisterio de la Iglesia.
Lo que s es una verdad insistentemente repetida en la Revelacin y que est definida como dogma de fe divina y catlica es la existencia del cielo, y qu es lo que ocurre en el cielo: all los bienaventurados ven a Dios cara a cara, y en esta visin son enteramente felices.
De esta manera el cielo es una determinada forma de existencia, definida por una profunda vinculacin espiritual con Dios, estando en su presencia, y que lleva al hombre a una felicidad completa y eterna.

El elemento fundamental del cielo es entonces la visin de Dios cara a cara, tal como lo revela San Pablo:
"Cuando venga lo perfecto, desaparecer lo parcial. Cuando yo era nio, hablaba como nio, pensaba como nio, razonaba como nio. Al hacerme hombre dej todas las cosas de nio. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara." (211)

La visin de Dios cara a cara se denomina en teologa visin beatfica. Se denomina visin porque se contempla a Dios, de un modo similar a como las realidades materiales son contempladas por los ojos del cuerpo humano. Sin embargo, esta no es una visin corporal, ya que el alma no posee sentidos, sino una visin intelectual, que se mantendr de la misma manera an despus de la resurreccin de los cuerpos.

Esta visin intelectual se llama visin intuitiva, y es un conocimiento directo de Dios, inmediato, sin que haya de por medio ni imgenes, ni razonamientos. El conocimiento intuitivo es opuesto al conocimiento discursivo, que utiliza principios y verdades que lo van llevando paso a paso a las conclusiones. En cambio, el intuitivo sencillamente "ve" o contempla. Este tipo de conocimiento es el que poseen los ngeles, criaturas que no poseen cuerpos materiales.

Corresponde al fenmeno de la contemplacin sobrenatural en la tierra, como una intuicin pura y simple de la verdad, que ya vimos que se produce por la accin de los dones intelectuales del Espritu Santo (inteligencia, ciencia y sabidura), aunque en el cielo es de una forma mucho ms perfecta, porque no hay nada que pueda interferir en esa visin intuitiva, como ocurre en este mundo, y adems aparece un auxilio sobrenatural, ya que la inteligencia humana no puede llegar a esta contemplacin que es la visin beatfica si no recibe una especie de fortalecimiento o ensanchamiento sobrenatural de su capacidad.

Esto se produce por un don sobrenatural que reside en el entendimiento llamado luz de la gloria ("lumen gloriae" en latn). La expresin luz de la gloria se inspir en un Salmo, que dice: "En ti est la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz." (212)

De esto sacamos una conclusin muy importante: vemos que segn el estado del hombre, ste necesita diferentes "luces" para su conocimiento. En el estado natural, el hombre conoce por la luz de su entendimiento racional las verdades naturales; en el estado de gracia (terrenal), es necesaria la luz de la fe sobre su inteligencia para el conocimiento de las verdades sobrenaturales; por ltimo, en el estado de gloria (celestial), es necesaria la luz de la gloria para conocer de manera directa e intuitiva a Dios mismo.

La felicidad en el Cielo.

El resultado de la visin de Dios por la luz de la gloria es la felicidad completa de los bienaventurados, por lo que responderemos ahora a la segunda pregunta que nos hemos planteado respecto del cielo, que implica entender en qu consiste la felicidad que resulta de la visin beatfica.
Dice San Pablo: "Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros." (213)

No hay duda que el conocimiento claro, hasta donde lo podemos captar aqu en la tierra, de la gloria y felicidad que viven los bienaventurados en el cielo, es uno de los alicientes ms poderosos para perseverar en la verdadera vida cristiana que nos llevar a vivirla, pese a las dificultades y sufrimientos que trae el paso por este mundo.

El Catecismo nos acerca de distintas maneras a la visin de la felicidad del cielo:
"Esta vida perfecta con la Santsima Trinidad, esta comunin de vida y de amor con ella, con la Virgen Mara, con los ngeles y todos los bienaventurados se llama "el Cielo". El Cielo es el fin ltimo y la realizacin de las aspiraciones ms profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
Vivir en el Cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn. 14,3; Filip. 1,23; 1 Tes. 4,17). Los elegidos viven "en l"; an ms, tienen all, o mejor, encuentran all, su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Apoc. 2,17).
Por su muerte y resurreccin Jesucristo nos ha "abierto" el Cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesin de los frutos de la redencin realizada por Cristo, quien asocia a su glorificacin celestial aquellos que han credo en l y que han permanecido fieles a su voluntad. El Cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que estn perfectamente incorporados a l.
Este misterio de comunin bienaventurada con Dios y con todos los que estn en Cristo sobrepasa toda comprensin y toda representacin. La Escritura nos habla de ella en imgenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del Reino, casa del Padre, Jerusaln celeste, Paraso." (214)

La felicidad esencial de los bienaventurados es la visin beatfica de Dios, junto al amor y gozo que se derivan de ella. Por lo tanto tenemos tres actos que componen esta felicidad. La visin de Dios implica contemplar la esencia misma de Dios, junto a todos sus atributos infinitos, sus perfecciones, y, especialmente, distinguir con claridad a las tres Personas de la Trinidad.
Aunque los benditos ven a Dios, no lo comprenden en forma total, como l mismo se comprende y conoce, ya que Dios es un ser infinito, y el entendimiento humano, an iluminado con la luz de la gloria, es finito.

El segundo de los actos de la felicidad esencial del cielo es el amor. Ya vimos que el amor es una tendencia de la voluntad del hombre hacia el bien. En este caso, el bien es nada menos que Dios, conocido por la visin beatfica y posedo en cuanto a que el alma se une a Dios de una manera real, porque est en su presencia y lo siente "suyo", como en la tierra el que ama siente suya a la persona amada, y dice "mi esposa", "mi madre", "mi hijo", etc. En el cielo Dios es definitivamente "mi Dios".

El tercero de los actos integrantes de la felicidad del cielo es el gozo de Dios. El gozo es una delectacin del apetito racional cuando se posee el bien amado y buscado, y es la consecuencia final del amor. No hay posibilidad de comparar este gozo con ninguna experiencia de la tierra, ni siquiera las sobrenaturales. Apenas se pueden acercar un poco a esta vivencia algunas de las experiencias de los msticos en las etapas ms avanzadas de la unin con Dios, como ya veremos en la Parte 4 del libro.
La mayor de las alegras que podamos experimentar en esta vida es solamente un reflejo muy vago de las delicias que nos esperan en el cielo. La gran diferencia es que los gozos espirituales de esta tierra nos hacen conocer y amar a Dios, viviendo una posesin de Dios an imperfecta, porque no es permanente ni tan profunda como en el cielo.

El hombre fue creado para conocer a Dios y compartir su infinita felicidad en el cielo, y no para una simple satisfaccin material o con una duracin limitada, como la que representa la posesin de bienes en la tierra, ya sea materiales (bienes, riquezas) o racionales (poder, fama, honor, etc.). La criatura humana no puede escapar al fin especfico para la que fue creada, que es la posesin de Dios, por lo que no podr encontrar felicidad completa y perfecta si no es en el cielo.
San Agustn refleja esta situacin del hombre en una de sus frases ms famosas: "Nuestros corazones fueron hechos para ti, oh Seor, y no descansarn hasta que descansen en ti!". Es de esta manera que el amor que profesan los bienaventurados satisface plenamente las aspiraciones ms profundas de la voluntad humana, y su anhelo de amar y ser amado.

En el cielo slo subsistir la virtud teologal de la caridad, amando eternamente a Dios. La fe ya no ser necesaria, porque el conocimiento de Dios no vendr desde el proceso de la inteligencia al modo humano, sino directamente a partir de la visin beatfica, producida por la luz de la gloria. Tampoco la esperanza subsistir, ya que la voluntad estar unida en forma perfecta con el amor de Dios como bien ya posedo, y no se necesitar ya el impulso de la confianza para buscar a Dios, ya encontrado.

Vimos que el objeto primario de la visin beatfica es Dios mismo; hay tambin objetos secundarios de esta visin, que abarcan muchas cosas que los bienaventurados pueden conocer, y que agregan razones nuevas a su felicidad esencial, produciendo una aadidura a esa felicidad. Veamos cules son estos objetos:

Los santos en el cielo ven tambin todos los misterios de Dios, que se haban visto a la luz de la fe en la tierra, en forma todava oscura para el entendimiento. Ahora estos misterios son claros y distintos en la contemplacin de su entendimiento. Toda la historia de la salvacin quedar clara, as como los grandes misterios de la Trinidad, la encarnacin, la pasin del Redentor, la figura de la Virgen Mara, los ngeles, etc.

En segundo lugar los santos en el cielo ven todo lo que tiene relacin con sus propias personas, el sentido de cada uno de los acontecimientos de su vida, las intervenciones de Dios y de los ngeles que no se percibieron nunca, como la gracia fue guiando sus pasos, y otros acontecimientos de su propia historia.

Tambin en el cielo se reconocern a los seres queridos, a los familiares de todas las pocas, a los grandes santos, y se ver la gloria de cada uno de ellos, as como influy en los que conocimos en la tierra lo que se pudo haber hecho por ellos para que avanzaran en su camino hacia la patria celestial, y tambin sabremos lo que hicieron por nosotros y que quizs nunca advertimos. Todo quedar a la luz y se ver el sentido de cada acontecimiento de la vida. Por supuesto estas cosas tambin contribuirn a la alegra de los bienaventurados.

Otro elemento importante es que los santos del cielo contemplan muchas de las cosas que suceden en la tierra, oyen las oraciones de los que se dirigen a ellos, e interceden por esas splicas frente a Dios. Se regocijan enormemente cuando observan la conversin de los pecadores, como lo revel Jess:
"Os digo que habr ms alegra en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversin." (215)

Se llevarn a cabo tambin en el cielo acciones propias de la comunin de los santos, con la influencia de la Iglesia triunfante o celestial sobre la Iglesia militante o terrenal. Hay un concepto muy errneo entre los que no conocen la doctrina de la vida eterna, y es que la vida en el cielo implica una especie de aburrimiento eterno, donde hay poco y nada por hacer. Sin embargo en el cielo no hay en absoluto inactividad, sino una vida muy intensa. El Catecismo nos dice:
"Por el hecho de que los habitantes del cielo estn ms ntimamente unidos con Cristo, consolidan ms firmemente a toda la Iglesia en santidad... No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del nico mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jess, los mritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad."
"En la gloria del cielo, los bienaventurados continan cumpliendo con alegra la voluntad de Dios con relacin a los dems hombres y a la creacin entera. Ya reinan con Cristo; con l "ellos reinarn por los siglos de los siglos" (Ap. 22,5; cf. Mt. 25, 21.23)." (216)

Aleluia! As como en el camino hacia el cielo los hombres se van transformando en hombres nuevos semejantes a Cristo, dejando su yo a un lado y sirviendo a los dems, los bienaventurados que llegan al cielo continan "sirviendo" a los hombres y a la creacin. No conocemos todas las formas en que se manifiesta ese servicio, pero s hay una forma cierta: la intercesin.
Santo Domingo, moribundo, deca a sus hermanos: "No lloris, os ser ms til despus de mi muerte y los ayudar ms eficazmente que durante mi vida.", y Santa Teresa del Nio Jess expresaba: "Pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra."
No solamente, entonces, en el cielo se ama a Dios intensamente y se va gozando con el descubrimiento y conocimiento sin fin de nuevas perfecciones y cualidades de Dios, sino que hay un trato en comunidad con el resto de los santos, los de la propia familia y los otros, y hay tambin una ocupacin en cuanto a la ayuda de los que todava estn sobre la tierra, con la intercesin y otras actividades misteriosas que desconocemos, quizs en conjunto con los ngeles, lo que tambin acrecentar la felicidad que se viva.

Es as como los cristianos debemos desterrar la imagen que nos presentan clsicamente las vietas humorsticas de los que estn en el cielo, ubicados sobre una nubecilla y tocando el arpa sin parar. La actividad en la vida eterna ser tan intensa y variada que superar en mucho todo lo que podamos haber hecho en esta tierra.
Segn Santo Toms tambin los bienaventurados pueden contemplar las penas de los condenados, y esta visin acrecienta su felicidad, ya que hace ms intensa la gratitud por la salvacin que recibieron y por haberse librado de esas penas eternas.

Otro factor que hay que tener en cuenta respecto a la felicidad y libertad que experimentan los bienaventurados, es que quedan liberados ellos mismos del pecado, da sus causas y consecuencias. Sabemos que el pecado es la causa de toda la miseria del mundo, y es la razn fundamental por lo que los hombres experimentan el sufrimiento, la tristeza, la enfermedad y la muerte. En el cielo los hombres llegan libres de pecado, purificados, en santidad plena. Tambin en el cielo los hombres estarn libres de las causas del pecado.

Hay tres causas principales del pecado: la naturaleza herida por el pecado original y el pecado personal, la tentacin de Satans y la atraccin del mundo. En el cielo el hombre tiene sus facultades, inteligencia y voluntad, totalmente sanadas, por lo que es impecable, no puede pecar, ya que su inteligencia no puede caer en el error, iluminada por la luz de la gloria, y su voluntad no puede buscar a otro bien que no sea Dios. Tambin desaparecer en el cielo la presencia y accin tentadora del Diablo, y no existir tampoco ninguna influencia de los que estn alejados de Dios, los que componen el "mundo", porque slo habr santos.

El distinto grado de felicidad en el cielo.

La ltima pregunta que nos presentamos respecto al tema del cielo tiene que ver con el grado de felicidad de los bienaventurados, y nos preguntbamos si este grado es el mismo para todos. La respuesta de la doctrina catlica no ofrece dudas al respecto: la bienaventuranza eterna es desigual, no en cuanto al objeto de la felicidad, que es el mismo Dios para todos, ni en cuanto a los actos del bienaventurado (visin, amor y gozo), sino en cuanto a diferentes grados de estos acto de visin, amor y gozo.

Esto significa que todos los bienaventurados ven al mismo Dios, pero lo ven, lo aman y lo gozan unos ms que otros. De qu proviene esta diferencia del grado de felicidad de los bienaventurados? Tiene su origen en que la luz de la gloria que se recibe es distinta, porque est en relacin con el grado de crecimiento en la gracia santificante obtenido en la tierra, o, lo que es lo mismo, con el grado de santidad alcanzado en el momento de la muerte.
Es por esta razn teolgica que se expresa que la santidad lograda en la tierra definir el grado de gloria que se vivir en la eternidad del cielo. Ahora comenzamos a ver ms claramente el sentido de una de las razones que vimos en el captulo anterior para buscar la santidad en la tierra!

Santo Toms explica claramente que entre los que vean a Dios unos lo vern con mayor perfeccin que otros, y esto porque el entendimiento de unos tendr mayor claridad de visin por tener una mayor luz de la gloria. Sin embargo esta diferencia entre la gloria en el cielo de unos y otros, que comporta una mayor perfeccin en la contemplacin de Dios, y, como consecuencia, un mayor grado de felicidad eterna, no producir envidia alguna ya que cada uno ser tan lleno de gloria como sea capaz de recibir.

Santa Teresita del Nio Jess ejemplificaba as este misterio: deca que cada uno llegar al cielo con una determinada capacidad de gloria y felicidad, como si fuera un recipiente; algunos tendrn un recipiente pequeo, del tamao de un dedal, y otros una tinaja enorme, pero ambos recipientes sern colmados, por lo que cada uno estar completamente saciado en su medida de felicidad, aunque el grado de gloria y la felicidad consiguiente no ser el mismo.

Tambin podemos entender esto con otro smil a nivel humano: imaginemos a un nio pequeo en los brazos de su madre habiendo comido y sintindose abrigado en el calor del abrazo maternal. Ese nio es completamente feliz, porque esa situacin llena toda su posibilidad de felicidad de acuerdo a su entendimiento muy poco desarrollado y a su apetencia infantil.

Pensemos ahora que esa madre tiene otro hijo, ya adulto, y que ella lo ha criado con cuidados y ocupndose de l constantemente, dndole una educacin y cultura superior. Adems esa madre es, por ejemplo, una famosa escritora y literata admirada en todo el mundo.
Ese amor entre madre e hijo producir en el muchacho una felicidad inmensa, llena de matices intelectuales que le darn una profundidad notable. Si comparamos ambas situaciones, encontraremos que los dos hijos aman a la misma madre y los dos son felices, aunque el grado de profundidad y extensin de esa felicidad es distinto en ambos casos, ya que el hijo mayor podemos decir que "aprovecha" mucho ms que el pequeo todos los atributos, las capacidades y los conocimientos de la madre.
As ser entonces diferente en el cielo la felicidad derivada del distinto grado de gloria que tendr cada uno, determinado a su vez por el grado de santidad alcanzado al momento de la muerte, o el grado de crecimiento en caridad, o de crecimiento en la gracia santificante, que son todos conceptos equivalentes que expresan la misma realidad espiritual: el crecimiento en la verdadera vida cristiana, y esta diferencia se mantendr por toda la eternidad.

Por esta razn los grandes msticos que lograron asomarse, por as decirlo, a la gloria y felicidad del cielo, en funcin de sus profundas experiencias de Dios aqu en la tierra, tuvieron conciencia clara de lo que puede significar un grado mayor de gloria en el cielo. Santa Teresa de Jess deca que ella estara dispuesta a padecer durante el resto de su vida todos los sufrimientos posibles en este mundo si eso le aseguraba un poco ms de gloria para vivir en la eternidad.

La condenacin en el infierno.

Finalmente no podemos dejar de mencionar someramente el hecho del segundo destino posible que puede resultar del juicio particular despus de la muerte, que es lo opuesto de la salvacin eterna, o sea, la condenacin eterna. Dice el Catecismo:

"Salvo que elijamos libremente amarlo, no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prjimo o contra nosotros mismos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios significa estar separados de El para siempre por nuestra propia y libre eleccin. Este estado de autoexclusin definitiva de la comunin con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno."
"La enseanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente despus de la muerte, y all sufren las penas del Infierno, "el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la separacin eterna de Dios, en quien nicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado."
"Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que esto suceda es necesaria una aversin voluntaria a Dios (pecado mortal), y persistir en l hasta el final".(217)

La realidad del infierno es afirmada por la Escritura y las enseanzas de la Iglesia, y es bsicamente un acto de autoexclusin libre, es decir, no es de ninguna manera un acto que implica una especie de venganza divina, o un castigo de Dios. El hombre en su libertad puede autoexcluirse absolutamente de la vida en comunin con Dios y con los bienaventurados en el cielo. Esta es la pavorosa "muerte segunda", como la denomina el Apocalipsis. (218)
A poco que pudiramos penetrar en este terrible y pavoroso misterio de la condenacin eterna, temblaramos de horror y de miedo, tal como le sucedi a muchos en la historia de la Iglesia, que pudieron contemplar de alguna manera estas realidades a travs de experiencias de tipo mstico, especialmente por visiones relativas al infierno.

Tenemos que tener en cuenta que la existencia del Infierno es una verdad revelada, y como toda verdad existente en la revelacin de Dios, tiene un valor salvfico para el hombre. Todo hombre no puede dejar de meditar alguna vez en el hecho de que su final definitivo se determinar entre el cielo y el infierno. Para obtener lo primero se necesita la gracia santificante, que si se pierde o se carece de ella como fruto del pecado, producir irremediablemente al momento de la muerte caer en la segunda muerte, eterna y definitiva.

El objetivo ltimo de toda la Revelacin es entonces ayudar al hombre a evitar el pecado mortal y a mantener y acrecentar la gracia santificante. Por esto no se debe evitar en la Iglesia dar a conocer la doctrina referente a la trgica realidad del infierno, como contracara de la bienaventurada relidad del cielo y de la vida de la gloria eterna. Cuanto ms se conozca y medite sobre la bienaventuranza del cielo, ms se huir de la posibilidad de perder esa felicidad eterna. As, el infierno no se debe tratar de evitar por temor solamente, sino por buscar fervientemente la felicidad de la vida eterna en presencia de Dios.

La resurreccin final.

Todo esto que hemos visto se refiere a las realidades ltimas posteriores a la vida terrena del hombre, o, dicho de otra manera, lo que sera el final de la historia de salvacin de cada individuo. Pero hay otras realidades ltimas que se refieren no ya a los individuos en particular, sino al final de la historia misma de la humanidad, a lo que se denomina el final de los tiempos.
Por lo tanto, vemos que existe un tiempo intermedio, que va desde la muerte de cada persona, hasta el tiempo final, que, segn los dogmas de la fe catlica, estar sealado por tres acontecimientos fundamentales: la Segunda Venida de Jesucristo a la tierra, en gloria y majestad, tambin conocida por el trmino griego "parusa", el Juicio Final y la resurreccin de los muertos.

En el llamado "ltimo da" se producir el retorno de Jesucristo a la tierra, no ya en humildad y sufrimiento, sino con toda la gloria y el poder, como rey del universo, dando trmino al actual perodo histrico del mundo que comenz con su primera Venida, en la encarnacin del Hijo de Dios en Jesucristo.

La verdad de estas dos venidas del Seor estuvo velada en las revelaciones profticas del Antiguo Testamento, pero Jess la dio a conocer explcitamente:
"Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ngeles, y entonces pagar a cada uno segn su conducta." (219)

Es dogma de la fe catlica que en el ltimo da, despus del retorno glorioso de Jesucristo, todos los hombres resucitarn con sus propios cuerpos, tanto los justos como los condenados. Dice el Catecismo:
"Qu es resucitar? En la muerte, separacin del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupcin, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios, en su omnipotencia, dar definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible, unindolos a nuestras almas por la virtud de la resurreccin de Jess." (220)

As, el hecho de la resurreccin significa que los cuerpos ya corrompidos de los que murieron volvern a la vida que perdieron y se unirn con su alma racional, resultando la misma persona humana que era al momento de la muerte. Esto no significa que la materia sea exactamente la misma, ya que an en vida, por el metabolismo el cuerpo se renueva totalmente pasados unos siete aos; como se producir esto, es un misterio de Dios.
La condicin de los cuerpos resucitados, sin embargo, ser como el cuerpo resucitado de Jesucristo:
"Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al seor Jesucristo, el cual transfigurar este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a s todas las cosas." (221)

Los telogos reconocen cuatro dotes o cualidades de los cuerpos resucitados:
Claridad: Los cuerpos resucitados tendrn un esplendor anlogo al que se dio en la transfiguracin de Cristo.
"El Hijo del hombre enviar a sus ngeles, que recogern de su reino todos los escndalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarn en el horno de fuego; all ser el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarn como el sol en el Reino de su Padre." (222)
El grado de claridad de los cuerpos ser distinto, y tendr relacin con el mayor grado de santidad, y por ende de gloria, segn los mritos de la vida terrenal.
Agilidad: Es la capacidad del cuerpo para obedecer al espritu con suma facilidad y rapidez en todos sus movimientos. El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentaba de sbito en medio de sus apstoles y discpulos, y desapareca tambin repentinamente:
"Y sucedi que, cuando (Jess) se puso a la mesa con ellos, tom el pan, pronunci la bendicin, lo parti y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero l desapareci de su lado." (223)
Sutileza o penetrabilidad: Es una propiedad por la cual el cuerpo se asemejar a los espritus en cuanto que podr penetrar la materia sin lesin alguna, sin que pierda su caracterstica de sustancia material. El cuerpo de Jess muestra esta caracterstica al salir del sepulcro sellado, y al entrar y salir del Cenculo con las puertas cerradas: "Al atardecer de aquel da, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judos, las puertas del lugar donde se encontraban los discpulos, se present Jess en medio de ellos y les dijo: <<La paz con vosotros.>>" (224)
La sutileza del cuerpo glorioso no quiere decir que ste carezca de consistencia. El cuerpo de Cristo resucitado era tangible y palpable: "Ocho das despus, estaban otra vez sus discpulos dentro, y Toms con ellos. Se present Jess en medio estando las puertas cerradas, y dijo: <<La paz con vosotros.>> Luego dice a Toms: <<Acerca aqu tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y mtela en mi costado, y no seas incrdulo, sino creyente." (225)
Impasibilidad: Es la propiedad que tienen los cuerpos glorificados de no sufrir mal fsico de ninguna clase, como el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Esto no significa que los cuerpos gloriosos no perciban todo lo gozoso y conveniente; es decir, no estn como anestesiados, sino que slo no perciben ningn dolor ni cosa perjudicial: "Y enjugar toda lgrima de sus ojos, y no habr ya muerte ni habr llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado." (226)
Los bienaventurados gozan de sus sentidos corporales, porque sino la vida corporal de los santos despus de la resurreccin sera como un sueo continuo.

Todas estas dotes o bienes de los cuerpos resucitados producen un gozo accidental o adicional en los bienaventurados. En cambio, en los condenados, los cuerpos resucitados sufren los tormentos que se producen en el infierno. Sern cuerpos incorruptibles e inmortales, pero no glorificados.
Hay que tener en cuenta algo muy importante: con la resurreccin de los cuerpos, el hombre recupera la totalidad de su ser, que es cuerpo, alma y espritu, como ya vimos. As lo expresa un documento de la Iglesia:
"No se puede confundir la antropologa cristiana con el dualismo platnico pues para ella el hombre no es slo el alma, de manera que el cuerpo sera una odiosa crcel. El cristiano no tiene vergenza del cuerpo como la tiene Platn. La esperanza de la resurreccin a los platnicos les parecera absurda: era como desear volver a la crcel! Pese a ello esta esperanza de la resurreccin est en el centro del Nuevo Testamento. Por consiguiente, a travs de esta esperanza, la primitiva teologa cristiana consideraba al alma separada como un "medio-hombre" y deduca que era conveniente que la resurreccin se produjera posteriormente. "sera indigno de Dios llevar a la salvacin a un medio hombre" (Tertuliano). San Agustn expresa claramente el pensamiento comn de los Padres al escribir, a raz del alma separada: "Una especie de ardiente deseo natural por gobernar el cuerpo es inherente al alma... mientras que no se haya reunido con el cuerpo, ese ardiente deseo por gobernar el cuerpo no ser satisfecho". (227)

Por lo tanto, aunque no hay todava un criterio unificado entre los telogos, parece evidente que la resurreccin aportar verdaderamente un aumento intensivo en la bienaventuranza de los resucitados, es decir, en su visin beatfica y consiguiente posesin de Dios, a lo que contribuir de alguna manera el cuerpo material resucitado.
Es importante aclarar las diferencias entre la resurreccin segn la doctrina cristiana, y el concepto tan en boga hoy en el mundo de la reencarnacin. La reencarnacin es una doctrina que sostiene que despus de la muerte el alma humana asume otro cuerpo y de esa forma vuelve a encarnarse. Se trata de una concepcin nacida del paganismo que, dado que contradice totalmente las Santas Escrituras y la Tradicin de la Iglesia, siempre fue rechazada por la fe y la teologa cristianas.

Hay cuatro puntos principales en que se basa esta doctrina; veremos en que se contraponen a la doctrina catlica:

a) "Las existencias terrestres son numerosas". Segn la doctrina cristiana, como ya hemos visto, los hombres mueren una sola vez.
b) "Existe en la naturaleza una ley que empuja hacia un continuo progreso encaminado a la perfeccin. Conduce a las almas a vidas siempre nuevas y no permite ningn retorno. Queda excluido un grado definitivo de condena sin fin. Despus de muchos o pocos siglos todos llegarn a la perfeccin final de un espritu puro." Es la negacin de la condenacin y el infierno.
c) "Es por mritos propios que se llega a la meta final. Todo el dao cometido ser reparado por expiaciones personales, que padecer el espritu a lo largo de nuevas y difciles encarnaciones." Es la negacin de la redencin de Jess.
d) "En la medida que el alma progresa hacia la perfeccin final, tomar en sus nuevas encarnaciones un cuerpo cada vez menos material. A travs de esa marcha, el alma lograr un estado definitivo en el cual vivir finalmente liberada por siempre jams de su cuerpo e independiente de la materia." Es la negacin de la resurreccin.

Vemos as que el principal error de las doctrinas reencarnacionistas es el rechazo de la salvacin cristiana. El alma se salva por su propio esfuerzo, es una doctrina auto-redentora, y no una participacin del hombre en la salvacin de Cristo, por lo que ya no se puede hablar absolutamente del Cristo Redentor.
Por lo tanto debemos tener claro el profundo ataque que producen estas doctrinas en los fundamentos mismos de la fe cristiana, y no dejarnos llevar de ninguna manera por esta "moda", impulsada por muchos "famosos", que a tantas personas en el mundo confunde y enreda, alejndolos como consecuencia del camino de su propia salvacin.

El Juicio Final universal.

Todos los hombres resucitados sern juzgados en un Juicio Universal definitivo, en el que se ratificar pblicamente la sentencia del juicio particular, y se har extensiva su validez tambin para el cuerpo resucitado.

Veamos como explica este hecho el Catecismo: "El Juicio final suceder cuando vuelva cristo glorioso. Slo el Padre conoce el da y la hora en que tendr lugar; slo l decidir su advenimiento. Entonces, l pronunciar, por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido ltimo de toda la obra de la Creacin y de toda la economa de la salvacin, y comprenderemos los caminos admirables por los que su providencia habr conducido todas las cosas a su fin ltimo. El Juicio final revelar que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es ms fuerte que la muerte." (228)

Cules son las caractersticas de este Juicio? Las siguientes:

a) Jesucristo es el Juez: Cristo Jess ser el Juez, primero en cuanto Dios, y segundo en cuanto hombre, ya que a Cristo le corresponde el supremo dominio sobre todos los hombres, y por tanto, ser juez de vivos y muertos. Ser asistido por un tribunal compuesto por los apstoles y algunos otros santos:
"Jess les dijo: <<Yo os aseguro que vosotros que me habis seguido, en la regeneracin, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaris tambin vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel." (229)
b) Materia del juicio: Ser materia del juicio final toda la vida moral de la persona, y en particular los pensamientos, las palabras, las acciones y las omisiones.
El Juicio Universal no cambiar el destino eterno de cada individuo, que quedar fijado en el juicio particular inmediatamente despus de la muerte, pero agrega dos elementos muy importantes:
* La sentencia aprobatoria o condenatoria ser pblica y conocida por todos los ngeles y los hombres.
* El premio eterno se har extensivo al cuerpo, es decir, a la persona entera, y all se conocer de que forma cada uno vivir en el nuevo mundo transformado y eterno, segn sus merecimientos. Tambin se conocer como se vivir el castigo eterno para los condenados, segn la distinta gravedad de las condenas.

El fin del mundo y su restauracin.

El mundo material, tal como lo conocemos, tendr su fin el ltimo da. No se conoce de qu manera se producir ese fin. Pero el mundo material no ser aniquilado, sino que el final de este mundo ser seguido por una renovacin o transformacin total del mismo.
Nos explica el Catecismo:
"Al final de los tiempos el Reino de Dios llegar a su plenitud. Despus del juicio final los justos reinarn para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo ser renovado. "La Iglesia slo llegar a su perfeccin en la gloria del cielo... cuando llegue el tiempo de la restauracin universal y cuando, con la humanidad, tambin el universo entero, que est ntimamente unido al hombre, quede perfectamente renovado en Cristo" (LG 48)." (230)

Es decir, todo el universo visible est destinado a ser transformado y restaurado, formando el "cielo nuevo y tierra nueva":
"Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desapareci, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la Nueva Jerusaln, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y o una fuerte voz que deca desde el trono: <<Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondr su morada entre ellos y ellos sern su pueblo y l, Dios-con-ellos, ser su Dios." (231)

Terminamos de esta manera con la visin cristiana, segn la Revelacin de Dios, de lo que ocurrir a cada hombre luego del abandono de esta vida terrenal, y despus, a la totalidad de los hombres que vivieron en todas las pocas, cuando llegue el final de los actuales tiempos. Reflexionar sobre todo esto, y tratar de captarlo a la luz de la fe, nos ayudar a encontrar el sentido de nuestra vida terrenal.

Referencias al Captulo 6:

(203): 1 Tesalonicenses 4,13
(204): Concilio Vaticano II, Constitucin Pastoral Gaudium et Spes, N 18
(205): Romanos 5,12
(206): Catecismo de la Iglesia Catlica N 1013 y 1021
(207): 2 Corintios 5,10
(208): Catecismo de la Iglesia Catlica N 1022
(209): Catecismo de la Iglesia Catlica N 1023, 1030 y 1031
(210): Comisin Teolgica Internacional, Documento "Qu pasa despus de la muerte?", 8.2.
(211): 1 Corintios 13, 10-12
(212): Salmo 36(35), 10
(213): Romanos 8,18
(214): Catecismo de la Iglesia Catlica, N 1024, 1025, 1026 y 1027
(215): Lucas 15,7
(216): Catecismo de la Iglesia Catlica, N 956 y 1029
(217): Catecismo de la Iglesia Catlica, N 1033, 1035 y 1037
(218): Apocalipsis 20,6
(219): Mateo 16,27
(220): Catecismo de la Iglesia catlica, N 997
(221): Filipenses 3,20-21
(222): Mateo 13,41-43
(223): Lucas 24,30-31
(224): Juan 20,19
(225): Juan 20, 26-27
(226): Apocalipsis 21,4
(227): Comisin Teolgica Internacional, "Qu pasa despus de la muerte?"
(228): Catecismo de la Iglesia Catlica, N 1040
(229): Mateo 19,28
(230): Catecismo de la Iglesia Catlica, N 1042
(231): Apocalipsis 21,1-3

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