Contempladores

La Vida Cristiana Plena

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.

Capitulo 4: La Accin de la Gracia en el Hombre.

Introduccin.

Primera Parte: El Origen de la Vida Cristiana.
   Captulo I: El Propsito de Dios para el hombre.
   Captulo II: El Cumplimiento del Propsito de Dios.
   Captulo III: Dios no abandona al hombre - El Antiguo Testamento.
   Captulo IV: La Salvacin por Jesucristo.

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.
   Captulo II: Los Efectos De La Gracia Santificante.
   Captulo III: La Accion De La Razon En El Hombre.
   Captulo IV: La Accion De La Gracia En El Hombre.
   Captulo V: La Santidad En La Tierra.
   Captulo VI: La Gloria En El Cielo.
   Captulo VII: Los Fenomenos Misticos Extraordinarios.

Tercera Parte: Los Medios De Crecimiento De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Faceta Negativa Del Crecimiento Espiritual.
   Captulo II: El Crecimiento Por Los Sacramentos Cristianos.
   Captulo III: El Crecimiento Por El Merito Y La Oracion.
   Captulo IV: El Papel De La Virgen Maria En La Santificacion De Los Hombres.
   Captulo V: La Devocion Al Sagrado Corazon De Jesus Como Medio De Santificacion.

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.
   Capitulo I: La Vida Esritual Al Modo Humano.
   Capitulo II: La Vida Espiritual Al Modo Divino.

El hombre espiritual.

En el captulo anterior hemos visto en detalle la psicologa del accionar humano bajo la utilizacin de las facultades naturales propias del hombre, la inteligencia o entendimiento y la voluntad. Tambin qued claro que el hombre, creado por Dios, tiene en l mismo la huella de su Creador, ya que por un lado, a partir de su voluntad libre, siempre tiene una tendencia hacia el bien, cuya suprema y ltima expresin es Dios mismo, y, por otra parte, posee en su ms recndito interior, en la porcin de su ser que hemos denominado espritu, la llamada conciencia moral, cuya voz no se puede acallar, y que en forma directa, intuitiva, sin necesidad de razonamientos, le presenta a la inteligencia un juicio sobre la moralidad de un acto a realizar o ya realizado, es decir, respecto a su conformidad con la ley de Dios.

Sin embargo tambin hemos visto las debilidades propias de las facultades del hombre, originadas en que las mismas han quedado heridas, enfermas, como consecuencia del pecado original. El entendimiento conoce mal la verdad, entre dudas y sombras que no puede disipar, y la voluntad es dbil, con lo que no logra imponerse muchas veces a los sentidos y a las pasiones que de ellos se derivan, que constantemente tienden a desmandarse.

La gracia santificante viene a remediar esta situacin tan difcil en que se encuentra sometido el hombre racional, pero lo hace sin violentar al hombre, ya que un dicho clsico en la teologa espiritual nos expresa que "la gracia no destruye la naturaleza humana, sino que la perfecciona".
La gracia santificante sana y eleva al hombre, por eso tambin recibe los nombres de gracia sanante o elevante. En estas acciones quedan expresadas las consecuencias fundamentales de la Redencin de Jesucristo: el Seor vino a sanar al hombre de la enfermedad contrada por el pecado original, que lo sigue haciendo tender al pecado, es decir, a su alejamiento de Dios, y a elevarlo desde su condicin pecadora a la dignidad de hijo adoptivo de Dios.

El propio Jesucristo, cuando inicia su vida pblica, despus de haber superado las tentaciones del diablo en el desierto, estando en la sinagoga de Nazaret, anuncia su misin, citando al profeta Isaas:
"Vino a Nazaret, donde se haba criado y, segn su costumbre, entr en la sinagoga el da de sbado, y se levant para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaas y desenrollando el volumen, hall el pasaje donde estaba escrito: El Espritu del Seor est sobre m, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberacin a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un ao de gracia del Seor.
Enrollando el volumen lo devolvi al ministro y se sent. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en l. Comenz, pues, a decirles: <<Esta escritura, que acabis de or, se ha cumplido hoy.>>" (174)

Jess anuncia que ha venido a sanar enfermos, en particular a los ciegos, y a liberar a los cautivos. Est claro que estas acciones se refieren a la sanacin espiritual del hombre, a la ceguera de su inteligencia, y a su liberacin del pecado, aunque tambin como signos de la divinidad de Jess, se aplicarn en ocasiones a la sanacin fsica por medio de milagros.

Esta misin Jess la llev a cabo, y la sigue llevando a cabo hoy, y as lo har siempre, mediante el don supremo de Dios, consecuencia de la Redencin del Seor: la gracia santificante; es ella que en la prctica transforma interiormente al hombre, incorporndole nuevas capacidades sobrenaturales que lo capacitarn para poder cumplir su fin ltimo, que es llegar a estar eternamente en la presencia de Dios, que es un fin sobrenatural, inalcanzable con slo los medios naturales del hombre.

Las primeras capacidades que vamos a considerar son las virtudes cristianas infusas. Estas virtudes son hbitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar sobrenaturalmente segn el dictamen de la razn iluminada por la fe.

De su definicin surgen ciertas caractersticas que las diferencian notablemente de las virtudes naturales adquiridas por el hombre con su prctica: son infundidas por Dios, no las puede adquirir el hombre, y tienen una accin sobrenatural, es decir, que va ms all de las capacidades naturales del hombre.

Recordemos cules son estas virtudes infusas y cul es su funcin:
Hay tres virtudes llamadas teologales, que ordenan al hombre directamente en relacin a Dios, su fin ltimo:

* La fe es una virtud dirigida al entendimiento, al que le da una luz sobrenatural para captar las verdades reveladas por Dios, rectificando sus errores en bsqueda de la verdad.
* La esperanza reside en la voluntad y permite confiar en lo que el entendimiento iluminado por la fe le da a conocer, y, entonces, desear y buscar esas verdades.
* La caridad reside tambin en la voluntad, y por ella amamos a Dios por s mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prjimo por Dios. Rectifica la principal debilidad de la voluntad, que es el amor a s mismo y la bsqueda solamente de la propia conveniencia (egosmo), poniendo a Dios en el centro de los apetitos del hombre.

Las virtudes infusas morales ayudan al hombre sobrenaturalmente ordenndolo en relacin a s mismo y hacia los semejantes, es decir, respecto a los medios para lograr su fin ltimo. Se resumen en las cuatro cardinales, equivalentes a las naturales, pero con capacidades sobrenaturales: tenemos la prudencia, para ayudar al entendimiento a escoger los medios ms a propsito para nuestro fin sobrenatural; la justicia, actuando sobre la voluntad y movindonos a dar al prjimo lo que es suyo, santificando el trato con nuestros hermanos; la fortaleza, reforzando el apetito irascible, prestando energas sobrenaturales a nuestra alma en la tribulacin y en el combate espiritual, y la templanza, que actuando sobre el apetito concupiscible modera el ansia de goces y nos aparta del placer pecaminoso.

Cmo se producen los actos en el hombre influenciado por la gracia, que denominaremos actos espirituales? Vamos a encontrar dos formas distintas de obrar, que llamamos al modo humano y al modo divino, que describiremos en detalle a continuacin.

a) Actos espirituales al modo humano (Esquema 3):

Los actos de conocimiento y de tendencia o apetencia se producen de la misma forma que vimos para el proceso en el hombre racional, pero hay una gran diferencia ahora: las potencias del hombre estn influenciadas por virtudes infusas sobrenaturales. Veamos en detalle su operacin:

Sobre la inteligencia o entendimiento actan la virtud teologal de la fe y la virtud moral infusa de la prudencia.
Qu es la fe? Es lo que permite la accin de Dios sobre el entendimiento humano, dndole una luz sobrenatural al mismo para captar y asentir firmemente a las verdades divinas reveladas por Dios. Podramos decir que la fe nos permite conocer a Dios en s mismo. Sin esta luz de la fe nuestros actos hacia la vida eterna en presencia de Dios, fin ltimo del hombre, como ya vimos, no seran posibles, ya que no nos movemos racionalmente, impulsados por la voluntad, sino a lo que de algn modo nos es conocido por el entendimiento. Como se trata de verdades que exceden nuestra capacidad natural de entenderlas, en razn de la debilidad de nuestra inteligencia, necesitamos la capacidad sobrenatural de la fe para que esclarezca nuestra facultad cognoscitiva y nos libere de sus errores propios.

Recordemos que el error bsico del entendimiento, por el cual induce al pecado a la voluntad, es la apreciacin errada de su fin ltimo, que de Dios pasa a las cosas creadas, a las cosas de este mundo, lo que Santo Toms de Aquino llama la "conversin a las criaturas". La fe viene precisamente a rectificar este error, dndole al entendimiento la capacidad sobrenatural de captar las verdades fundamentales de la Revelacin, que son las que guiarn en forma segura a nuestros actos en direccin a Dios, y no ya hacia las cosas temporales, del mundo.

Algunos autores, para precisar mejor la accin de la fe, dan un ejemplo ilustrativo, comparndola con la funcin de un telescopio. Si nosotros miramos algn objeto lejano a simple vista, como por ejemplo la luna, slo veremos un crculo blanco, con algunas manchas oscuras distribuidas sobre su superficie en forma irregular.
Pero, si ahora observamos a la luna con un potente telescopio, de pronto se abrir a nuestra asombrada vista una multitud de detalles que ni siquiera sospechbamos de su existencia: valles, montaas, crteres de distintos tamaos, etc. Sin embargo, los ojos con los que estamos observando a travs del telescopio son los mismos de antes, pero el instrumento nos da una capacidad nueva a nuestros ojos naturales, para ver lo que antes quedaba oculto.

As acta la fe en nuestro entendimiento natural: no lo cambia, sigue siendo el mismo que tenamos, pero recibe una nueva capacidad, una agudeza que antes no tena, que le permite captar y entender lo que antes quedaba completamente oculto, en lo que se refiere a las verdades reveladas por Dios a travs de su Palabra.

El proceso natural y discursivo, de pasos sucesivos del entendimiento no cambia, pero puede ahora penetrar en las sombras que lo envolvan con una luz sobrenatural, que lo lleva primero a captar (no a entender, ya que los misterios de Dios slo se entendern claramente estando cara a cara con l) las verdades sobrenaturales, su significado, y luego a asentir fuertemente en ellas, es decir, lo que llamamos creer.

De esta manera la fe nos lleva a creer que Dios es nuestro Padre bueno y misericordioso, que somos sus queridos hijos adoptivos, que Jess es nuestro Salvador y Hermano, que nuestro destino final es la vida eterna en presencia de Dios, que Dios perdona nuestros pecados, que el Espritu Santo obra en nuestro interior para santificarnos, y as siguiendo con todas las verdades de la fe cristiana, que son inentendibles para el hombre racional, como bien lo expone San Pablo:

"Porque a nosotros nos lo revel Dios por medio del Espritu; y el Espritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, qu hombre conoce lo ntimo del hombre sino el espritu del hombre que est en l? Del mismo modo nadie conoce lo ntimo de Dios, sino el Espritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espritu del mundo, sino el Espritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales tambin hablamos, no con palabras aprendidas de sabidura humana, sino aprendidas del espritu, expresando realidades espirituales en trminos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espritu de Dios, son necedad para l. Y no las puede conocer pues slo espiritualmente pueden ser juzgadas. Pero nosotros tenemos la mente de Cristo." (175)

Qu maravillosa y extraordinaria revelacin! Por la fe nuestro entendimiento se hace como el de Cristo! Podremos abarcar en verdad todo lo que esta expresin encierra?

Ahora vemos con claridad que en el hombre hay tres rdenes distintos y crecientes, en cuanto al conocimiento: el sensible, proveniente de la accin de los sentidos externos e internos, el racional, obtenido por medio de las operaciones del entendimiento, y el sobrenatural, adquirido por la accin de la virtud de la fe, que est muy por encima de los otros dos.

Tambin acta sobre la inteligencia la virtud de la prudencia infusa, que la orienta no ya hacia su fin ltimo, como la fe, sino respecto a los medios a utilizar para lograr ese fin. Ya vimos que existe una virtud natural que se llama prudencia, que es lo que ayuda al entendimiento a buscar los medios ms a propsito para lograr un fin natural, por ejemplo, la que ayuda a un hombre de negocios a desarrollar una actividad que le permite ganar dinero, y que se desarrolla a travs del estudio, la prctica, la experiencia, y, sobre todo, a la consideracin clara de todas las variables que influyen en una decisin correcta.
Decimos que un hombre es prudente cuando antes de actuar considera y sopesa todos los pro y los contra de lo que tiene que decidir, y no acta ni irreflexivamente ni con precipitacin.

La prudencia infusa acta sobre el entendimiento prctico para gobernar nuestras acciones en relacin a nuestro fin sobrenatural, y es totalmente necesaria para la vida cristiana. Permite conocer las causas que pueden llevar al pecado y las ocasiones en que se puede caer en el mismo, evitando as las cadas. Tambin permite encontrar el procedimiento correcto para conciliar las acciones de nuestra vida en funcin de su ltimo fin. Por ejemplo, encontrar el trmino justo entre el tiempo necesario para las actividades laborales impuestas por el deber de estado, y el tiempo de descanso y esparcimiento, con el que tenemos que dedicar a la oracin, a la lectura y estudio de la Biblia, a la vivencia de los sacramentos, etc., es decir, a la aplicacin correcta de los medios que nos ordenan hacia Dios.

Asimismo es una virtud fundamental para guiar las tareas que comprende el apostolado, es decir, el trabajo para difundir y dar a conocer el Evangelio, la vida cristiana, tanto en los consagrados (sacerdotes, religiosos y religiosas) como en los laicos, definiendo los medios ms a propsito para cumplir con eficacia estas tareas, para proponrselos a la voluntad.
A partir de la accin conjunta sobre el entendimiento de las virtudes de la fe y la prudencia, los juicios prcticos que recibir la voluntad estarn muchsimo ms cerca de la verdad, con una orientacin mayor hacia Dios, y utilizando mejor los medios necesarios para avanzar hacia l.

En cuanto a la voluntad, recibe la accin de las virtudes teologales de la esperanza y la caridad o amor de Dios, y las virtudes cardinales de la justicia, la templanza y la fortaleza.

Con el nombre de esperanza se designa distintas realidades en el hombre. Ya vimos que es una de las once pasiones, como movimiento de la sensibilidad, que hace buscar a un bien sensible que no se tiene pero que es posible obtener.

Tambin la esperanza es un sentimiento racional, que proveniente de la voluntad, inclina al hombre a la bsqueda del bien honesto ausente, y que es un motor poderoso en la vida humana, ya que sostiene al hombre cuando se lanza a empresas difciles, como el que estudia para ser mdico o ingeniero, el que inicia un negocio para triunfar, el deportista que busca vencer una marca, etc.

La esperanza sobrenatural, como virtud teologal, es la que sostiene al cristiano en medio de las dificultades y esfuerzos que supone el camino hacia su salvacin y perfeccin, que le es revelado por su inteligencia esclarecida por la fe.
La esperanza genera la confianza cierta de que, no por nuestras propias fuerzas, sino apoyados en el auxilio omnipotente de Dios, podemos alcanzar la vida eterna, y que no hay obstculos en este mundo que puedan impedir nuestra salvacin.

De esta manera la esperanza inclina e impulsa la voluntad a desear y buscar los bienes conocidos por la fe, como los nicos importantes, y, por lo tanto, a desechar y apartar su inclinacin desordenada por los bienes temporales. Podemos decir que la esperanza es generadora de santos deseos del cielo y de la unin con Dios, lo que produce ansias e impulsos que hacen buscar sin descanso esos bienes tan deseados.

La caridad, que tambin acta sobre la voluntad, produce lo que podemos llamar un amor de amistad entre Dios y el hombre, amor este como un sentimiento sobrenatural. Se reconoce a Dios como un Padre amoroso, por lo que se lo ama por s mismo sobre todas las cosas creadas, y como consecuencia de ese amor nos amamos a nosotros mismos y a los dems, tambin con un amor divino y sobrenatural.

Podemos decir que en general el amor es un movimiento o tendencia del hombre hacia un bien. Segn sea la naturaleza de este bien al cual se inclina el amor, ste recibe distintos nombres: si es un bien sensible, el amor es una pasin; si el bien es un bien honesto, conocido por el entendimiento como digno de estima, es el amor un sentimiento racional; finalmente, si el bien es un bien sobrenatural conocido por el entendimiento iluminado por la virtud de la fe, el amor ser el amor cristiano o caridad.
Este amor es iniciativa de Dios, y es l quien llega a nosotros por la caridad. As lo aclara San Pablo: "Y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espritu Santo que nos ha sido dado." (176)

Se puede afirmar que la caridad es la ms excelente de todas las virtudes infusas, porque es la que produce nuestra unin con Dios. La caridad hace que estemos en Dios, y l est en nosotros, desde el punto de vista prctico y de la experiencia. Nos permite poseer a Dios como el Rey de nuestra vida, y ni siquiera la muerte, que rompe los vnculos con las cosas y las personas aqu en la tierra, puede romper el vnculo de la caridad, sino ms bien lo afianza en el cielo y lo hace indisoluble.

Los efectos que produce la virtud de la caridad, cuyo acto principal es el amor divino, son maravillosos: en primer lugar, transforma a la persona, ya que el amor divino nos saca de nosotros mismos, del amor desordenado a nuestra propia persona, que produce el egosmo, la soberbia, la vanagloria, elevndonos hacia Dios e impulsndonos a imitar a Jesucristo, Dios hecho hombre, ya que el amor siempre tiende a ser semejante a aquel a quien se ama.

Produce tambin un gozo y una alegra profundos, unidos a una especie de expansin del alma, ya que amando se percibe mucho ms la presencia de Dios Trinidad en nuestro interior, y nos sentimos ms cerca de poseer el bien ms deseado por el hombre en estado de gracia, que es Dios mismo.
Esta alegra siempre va seguida de una profunda paz, ya que el alma es invadida por la tranquilidad que trae el convencimiento experimental de que Dios est dentro de ella.
Poco a poco el crecimiento en la virtud de la caridad ir produciendo el desapego a las cosas creadas y una unin por el amor con Dios cada vez mayor.

El amor a Dios se refleja en el amor al prjimo o caridad fraterna, reconocindolo a l tambin como hijo adoptivo de Dios y hermano en Cristo, lo que lleva a la misericordia, que inclina a compadecerse de las desgracias y miserias del prjimo.

Nadie como el apstol San Juan habl de lo que significa el amor al prjimo:

"Queridos, ammonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos credo en l. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en l. Si alguno dice: <<Amo a Dios>>, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve." (177)

La virtud de la caridad fortalece notablemente la voluntad, y le permite enfrentar con xito la tendencia hacia pecados graves de ciertos sentimientos, como el odio, la envidia, la discordia, y todos los pecados que impiden la paz, como las contiendas, altercados y peleas.

Veamos ahora el papel de las tres virtudes cardinales que actan sobre la voluntad: la virtud de la justicia impulsa a la voluntad a dar a cada uno lo que le es debido, es decir, se refiere al derecho estricto que asiste a los dems y que debemos respetar.
La importancia de la virtud de la justicia es muy grande en cuanto a poner orden en muchas inclinaciones desordenadas que afectan tanto el orden individual como el orden social:

a) Perfecciona las relaciones con Dios a travs de una virtud derivada de ella, que es la virtud de la religin, que inclina a la voluntad a dar a Dios el culto que se le debe por ser nuestro Creador. Observemos la diferencia que existe entre la virtud de la religin y las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad: stas tienden a Dios como objeto directo, mientras que la religin se refiere al culto de Dios.
Este culto se manifiesta por actos internos, que son la oracin, que es la conversacin con Dios, y la devocin, que es la prontitud de la voluntad a entregarse al servicio de Dios. Los actos externos son el sacrificio, por el que se renueva en cada uno, en su vida y acciones diarias, el sacrificio de Jess; las ofrendas, que son las donaciones necesarias para sostener el culto de Dios, y los votos, que son promesas hechas a Dios, especialmente por aquellos que adoptan el estado de vida religiosa (monjes y monjas).

b) La virtud de la justicia permite ir ms all de la observancia de las leyes humanas, en el respeto a la propiedad ajena, a la fama y la honra del prjimo, venciendo la maledicencia, los juicios temerarios, la calumnia, y reparando prontamente todo acto que perjudique de alguna manera al prjimo.

c) Tambin la virtud de la Justicia se expresa en la gratitud, que lleva a recompensar de alguna manera a quien nos ha hecho un bien, y en la veracidad, diciendo siempre la verdad y huyendo de la mentira, la jactancia y la simulacin o hipocresa.

d) De la misma manera de la virtud de la justicia resultan la afabilidad, que lleva a poner en nuestras palabras y gestos todo lo que puede contribuir a hacer amable y placentero el trato con los dems, y la obediencia, aceptando y llevando a cabo las directivas de los superiores.

Seguramente no hace falta decir mucho ms para que se comience a vislumbrar lo que sera la relacin entre las personas en el mundo, y a travs de ellas entre los pueblos, pases y gobiernos, si los hombres se dejaran llevar por la gracia y realmente practicaran a fondo la virtud de la justicia.

Otra de las virtudes morales cardinales infusas que reside en la voluntad para elevarla sobrenaturalmente es la virtud de la fortaleza. Esta virtud permite actuar sobre el apetito irascible, regulando las pasiones que emanan del mismo: supera y vence el temor, modera la ira, evita la desesperacin, mantiene a la audacia dentro de los lmites de la razn, para que no se transforme en temeridad.

Todo esto es en funcin de acometer y ejecutar cosas difciles que existen en el camino del crecimiento y perfeccin de la vida cristiana, donde hay innumerables obstculos, difciles de vencer, y que se van renovando sin cesar, tal como veremos detalladamente en la Parte 4 de este libro. En la lucha contra el mundo y el demonio, enemigos externos del hombre, la fortaleza tiene un papel excepcional.

Debemos tener en cuenta algo en lo que muy poca gente repara, por desconocimiento: la empresa de la propia santificacin, desarrollando la gracia santificante y luchando contra enemigos poderosos, como el diablo, ser espiritual superior, y nuestra propia concupiscencia interior, es la aventura ms esforzada y peligrosa que un ser humano puede emprender, frente a la cual otras aventuras humanas, por difciles que sean, como escalar montaas, correr autos a trescientos kilmetros por hora, bucear entre tiburones en las profundidades marinas, viajar en un cohete al espacio, o dedicarse a cualquiera de los llamados "deportes extremos", pasan a ser juegos de bebs de pecho.

La razn de esto es muy simple: todas estas cosas que admiran al mundo moderno por su intrepidez, y de donde surgen los "super hroes" vivados y aplaudidos por la humanidad que observa "va satlite" sus proezas, se llevan a cabo a partir de las capacidades y la fortaleza humana, mientras que la conquista de la propia santificacin y salvacin es una aventura sobrenatural, que solamente es alcanzable con fuerzas y capacidades sobrenaturales, de las cuales la virtud infusa de la fortaleza forma parte, y que si se acomete con las solas fuerzas naturales, est condenada al fracaso.
Basta internarse un poco en la rica historia de la Iglesia para encontrar, especialmente en los santos mrtires, ejemplos claros de los extremos sobrehumanos a los que puede llevar la virtud de la fortaleza.

De la fortaleza como virtud cardinal se derivan virtudes que hacen a su ejercicio, tanto para acometer cosas difciles como para resistir las dificultades. Son ellas: la magnanimidad o grandeza de alma, que es una disposicin que inclina a emprender grandes obras por Dios y el prjimo; la magnificencia, que lleva a no arredrarse ante la magnitud del trabajo y los grandes gastos en las obras para Dios y la Iglesia.
Es, por lgica, una virtud excelente para ser practicada por los cristianos ricos que quieran emplear sus riquezas en obras en provecho espiritual y material de sus prjimos. El ejercicio de esta virtud permite mantener el justo trmino medio entre la tacaera y el despilfarro.

En cuanto a enfrentar las dificultades y el sufrimiento, tenemos como virtudes derivadas de la fortaleza a la paciencia, que permite soportar sin tristeza ni abatimiento los padecimientos fsicos y morales en nuestro camino hacia Dios, y la perseverancia, que permite persistir en el ejercicio del bien sin rendirse al cansancio o al desaliento.

Para completar el panorama de la accin de las virtudes cardinales, encontramos la virtud de la templanza. As como la virtud de la fortaleza acta sobre el apetito irascible, la templanza permite a la voluntad moderar el apetito concupiscible, es decir, contener la inclinacin a los placeres sensibles, especialmente del tacto y del gusto, dentro de los lmites del entendimiento iluminado por la fe.

As la templanza hace que la voluntad pueda moderar el placer que est unido a las dos principales funciones de la vida orgnica, que son el comer y el beber y la actividad sexual para conservar la especie, evitando el desorden de las mismas, que consiste bsicamente en buscar el placer en s mismo sin lmite alguno. Es la templanza un auxiliar sobrenatural poderoso para la voluntad, para enfrentar a la tendencia que lleva a dos de los pecados capitales: la gula y la lujuria.

De la templanza derivan muchas virtudes, entre las cuales estn la mansedumbre, que permite enfrentar los movimientos de la pasin de la ira, que pertenece al apetito irascible, y tambin sufrir las flaquezas del prjimo y perdonar sus injurias. Deriva tambin de la templanza una de las ms importantes virtudes del ser humano, la humildad, que permite moderar el apetito que tiene el hombre racional por su propia excelencia, es decir, que ataca la raz ms importante del pecado del hombre, que es la soberbia.

La humildad es una virtud que en general es mal entendida, porque se considera que el humilde es aquel que nada vale, que nada tiene, que es pequeo, que no hace grandes cosas, que siempre pasa desapercibido; nada hay ms equivocado. La virtud de la humildad es en principio un claro conocimiento de la verdad sobre nosotros mismos, que nos dice que todo lo bueno que tenemos, capacidades naturales y gracias sobrenaturales, es solamente don de Dios, y que lo conseguido por nosotros es slo pequeez y miseria que afea o anula lo regalado por Dios.
Es decir, la humildad nos conduce a ver y admirar los dones de Dios en nosotros, pero sabiendo claramente que slo son regalos de su amor y misericordia, y que si no fuera por ellos seramos indigentes, totalmente necesitados.

La humildad es tan importante como virtud porque se podra decir que es la llave que nos abre los tesoros de la gracia, ya que el humilde siempre se sabe necesitado de la gracia de Dios, y est abierto y dispuesto a recibirla, sin que eso lo lleve a la vanidad o soberbia espiritual, mientras que, por el contrario, el soberbio se siente autosuficiente y no necesitado de Dios, porque cree que todo lo que tiene y lo que es lo ha logrado por s mismo, por su propio esfuerzo. Por eso todas las virtudes se afianzan y crecen cuando existe verdadera humildad.

Queda as descripta a vuelo de pjaro la accin de las virtudes teologales y morales sobre las facultades racionales del hombre, inteligencia y voluntad. Nos falta ver ahora como es su mecanismo o psicologa de funcionamiento. La accin de las virtudes se acomoda al modo humano de obrar de las potencias de la razn humana. Quiere decir que el entendimiento prosigue con su proceso discursivo, paso a paso, pero en esos pasos aparecen la luz de la fe y la accin de la prudencia infusa, que son puestas en movimiento por mociones de Dios que llamamos gracias actuales.

Las gracias actuales son absolutamente necesarias para poner en ejercicio las virtudes, que recordemos son hbitos infusos dados por Dios, sobrenaturales, que no pueden ser movidas por el esfuerzo puramente natural de las potencias racionales, entendimiento y voluntad, como ocurre con las virtudes naturales adquiridas.

Por eso slo Dios puede poner en movimiento a las virtudes infusas, lo que hace mediante las gracias actuales. Recordemos que las gracias actuales no son infalibles, sino que se reciben en forma ms o menos continua, cada vez que Dios sabe que las necesitamos, y son llamadas gracias operantes, pero si estas mociones de Dios no son atendidas y puestas por obra con nuestra cooperacin libre, transformndose en gracias cooperantes, las virtudes infusas no sern "activadas" y no participarn en nuestro proceso humano de razonamiento, que quedar entonces circunscripto a sus solas capacidades naturales, que, como ya vimos en el captulo anterior, no son suficientes para recorrer el camino que lleva a la salvacin. La cooperacin con la gracia va aumentando cada vez ms a partir del crecimiento espiritual, por lo que sern cada vez menos las gracias actuales "perdidas".

Cada persona que est en estado de gracia, cuando ejecuta su proceso de razonamiento, recibe gracias actuales que "activan" las virtudes, aunque cuando esto ocurre el hombre no percibe con claridad su accin, que queda escondida dentro de su mecanismo humano de raciocinio, aunque en general la accin de las virtudes es percatada despus de producida la accin a travs de la voluntad. El cristiano dcil a la accin de las virtudes "descubre" despus de haber realizado muchas acciones que en ellas existi algo que no era habitual en l.
Por ejemplo, que tom una decisin respecto a su vida espiritual que no sabe de donde fue "inspirada", pues nunca haba pensado de esa manera, o en una situacin difcil, como la muerte de un ser querido, se pudo sobreponer al dolor y a la desesperacin, e inclusive tuvo mucha paz; o pudo enfrentar con xito una inclinacin fuerte que tena por el desorden sexual, cosa que antes siempre lo haca sucumbir.

En todas estas acciones aparece la intervencin sobrenatural de las virtudes infusas, es decir, ms all de las capacidades naturales humanas, aunque la misma no es evidente, en principio, sino que queda "oculta" en el interior del proceso habitual de la inteligencia y la voluntad.

Podemos decir, resumiendo, que las virtudes infusas son movidas o actuadas por el hombre mismo, con su cooperacin a una previa mocin de una gracia actual que siempre existe. El motor, en estos actos que denominamos sobrenaturales al modo humano, es el hombre mismo. Nada cambia en el modo ordinario que tiene el hombre de funcionar, por mas que todo haya cambiado, ya que el fin al que se tiende es sobrenatural, Dios mismo, y no ya slo las cosas materiales o el bien honesto racional, y tambin es muy distinto el vigor y la decisin con que se aspira a ese fin a partir de una voluntad fortalecida sobrenaturalmente.
Todo esto que hemos dicho lo hemos presentado grficamente en el Esquema 3.

Si por un momento tratamos de imaginarnos una persona que viva en general practicando las virtudes cristianas, encontraremos que la separa un gran abismo de la conducta de un hombre solamente movido por su inteligencia y voluntad naturales. Su inteligencia recibe las luces sobrenaturales de la fe, penetrando en los misterios de Dios que hacen a su salvacin y a su fin sobrenatural ltimo, que cree con firmeza inconmovible, lo que para el hombre racional queda oscuro e ignorado.
La prudencia le hace tomar las decisiones que en cada caso lo acercan y guan en su camino hacia la verdadera vida cristiana. La voluntad se encuentra grandemente fortalecida, ya que la esperanza mantiene siempre encendido el deseo de Dios y el amor sobrenatural impregna todas sus acciones, ya sea en relacin a Dios, a s mismo o en lo que se refiere al prjimo.
La justicia hace que ese amor fraterno se manifieste en actos de respeto y consideracin hacia los dems; la templanza y la fortaleza refrenan y mantienen a raya los mpetus de las pasiones y de la triple concupiscencia, que quieren llevar al desorden los apetitos sensibles y ayudan que todo sea encaminado a Dios y a la vida eterna.

Qu diferente sera el mundo si este potencial sobrenatural que existe en los cristianos fuera puesto en accin, y no quedara olvidado e ignorado!
Sin embargo, aunque as fuera, la vida cristiana todava no habra alcanzado su perfeccin. Y quizs, al leer esta afirmacin, nos preguntemos, por un lado: cmo puede ser esto?, y por otro, es posible todava ms que la vida cristiana practicando las virtudes como lo hemos descripto? Vamos a tratar de contestar a estas dos preguntas en el siguiente punto.

b) Actos espirituales al modo divino (Esquema 4):

Las virtudes, por s mismas, son perfectas, pero su ejercicio por el hombre les produce una doble imperfeccin, que no les permite lograr su accin plena, perfecta, sino que, de alguna manera, las "contamina" y disminuye y minimiza su accin.
Hay una imperfeccin que proviene, sobre todo en las primeras etapas de la vida cristiana, debida a la falta de ejercicio y dominio de las virtudes. Lleva tiempo adquirir conciencia de su actividad, y adems el ir poniendo en prctica todos los medios que fomentan su crecimiento y la mayor soltura y facilidad en su ejecucin, tal como lo veremos en la Parte 4 de este libro.

Pero la imperfeccin mayor proviene de la misma forma de su uso, que es al modo humano, acomodada al funcionamiento psicolgico natural del hombre. Se puede decir que las virtudes infusas degradan y rebajan su accin, estando como ahogadas en la atmsfera de los actos humanos de la inteligencia y la voluntad, con todas las influencias internas (triple concupiscencia) y externas (mundo y demonio).
Por lo tanto, la operacin de la gracia al modo humano tiene un lmite, que el hombre por s mismo no podr superar, pese a todo lo que pueda practicar las virtudes con su esfuerzo y dedicacin, tratando de secundar la mayor parte de las gracias actuales que recibe. Esto implica que no se podr llevar a las virtudes a su verdadera perfeccin, llamada por muchos su "perfeccin heroica".
Con esto tenemos contestada la primera pregunta que nos hacamos al final del punto anterior. Ahora vamos a la segunda, y veamos si es posible realmente una accin todava ms perfecta de las virtudes infusas en el ser humano.

Ya vimos que una de las consecuencias de la gracia santificante es la presencia real de la Santsima Trinidad en el espritu del hombre cristiano. La presencia de las tres Personas divinas no es ociosa, sino que intervienen para poner al alcance del hombre sus infinitas riquezas, aunque tambin vimos que por apropiacin se adjudica al Espritu Santo la operacin de la Trinidad en la profundidad interior del hombre.
La culminacin de esta accin divina ser la de producir una total transformacin interior del hombre, de manera que sus facultades racionales, inteligencia y voluntad, asistidas por la luz y la accin de las virtudes infusas, ya no operen al modo humano, sino al modo divino.

Se llegar as a la verdadera divinizacin o deificacin del hombre, que tendr en sus actos una verdadera connaturalidad con los actos divinos de la Trinidad. Esta transformacin prodigiosa, comparada por algunos msticos como la metamorfosis por la cual un pequeo gusano se convierte en una hermosa mariposa, es la que producen los dones del Espritu Santo.
Por sus dones el Espritu Santo se hace el motor y el regulador inmediato de nuestras acciones, reemplazando a la propia razn humana como motor, generando entonces una norma de conducta sobrehumana, es decir, muy superior a la humana.

Se puede decir sin exagerar que mediante los dones del Espritu Santo Dios le comunica al hombre su propia manera de pensar, de amar y de obrar, por supuesto en la medida que le es posible al hombre, simple criatura, participar del modo divino de obrar.
Los dones del Espritu Santo permiten recibir y seguir las mociones de gracias operantes que actan directamente sobre el entendimiento y voluntad humanas, tal como lo describimos en el Captulo 2 de esta Segunda Parte. A los dones se los llama tambin "instintos divinos", porque as como el instinto o "corazonada" humano permite tomar decisiones sin un proceso previo de razonamiento, de una forma que llamamos "intuitiva", por los dones tambin se obvia y elimina el razonamiento humano.

Ya habamos dicho que para comprender la accin de los dones, se podan comparar a una especie de "antenas parablicas" presentes en nuestro espritu que captan las mociones del Espritu Santo, a manera de seales divinas, que son en realidad fuertes gracias operantes, que mueven directamente al hombre, por supuesto si en su libertad es dcil a las mismas y no las resiste.
En una palabra, los dones del Espritu Santo no son principios operativos, sino que mueven la accin de las virtudes infusas directamente por las mociones de Dios, sin que intervenga el raciocinio humano.

Veremos a continuacin en forma sucinta la accin de cada uno de los siete preciosos dones del Espritu Santo (inteligencia, ciencia, sabidura, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios), para luego ver el "mecanismo" de su operacin o activacin.

El don de inteligencia o entendimiento permite que la inteligencia humana tenga una penetrante intuicin de las verdades reveladas, sin utilizar el proceso ordinario del razonamiento humano. De esta manera, este don lleva a su plena perfeccin y desarrollo a la virtud de la fe, que se libera de los elementos que impurifican su accin durante el proceso racional de la inteligencia con todos sus pasos y la influencia en ellos de factores internos (como la triple concupiscencia) y externos (como el mundo y el demonio).
Este proceso de visin intuitiva de las verdades de Dios se denomina contemplacin infusa o mstica, y permite llegar a la fe pura o fe contemplativa, que es la fe perfecta que llega al grado increble y heroico que se observa en los grandes santos, y que produce una seguridad inconmovible en las grandes verdades de la fe cristiana.

Vamos a ver en un ejemplo la accin del don de inteligencia, en comparacin con los otros modos de operacin del entendimiento. Supongamos a una persona que encara la lectura y estudio de un determinado pasaje bblico. Si es una persona que no est en estado de gracia, por ms culta e instruida que sea, no podr ms que analizar ese pasaje desde el punto de vista histrico, del gnero literario y del idioma en que est escrito, etc., sin poder obtener ms que conclusiones desde el punto de vista racional humano, que en muchos casos no sern ms que cosas incomprensibles y hasta absurdas.

Si estudia el mismo pasaje un cristiano, dejando que obre la virtud de la fe, por el mtodo ordinario del razonamiento discursivo, ir descubriendo una cantidad grande de facetas referentes a la revelacin, que irn "apareciendo" a medida que avanza en su estudio, y que quedaron completamente ocultas al primer personaje supuesto. Cuanto ms se aplique al estudio del pasaje bblico, ms verdades y conclusiones irn apareciendo, como una luz que va creciendo en intensidad.

En cambio, si el que lee ese pasaje, lo hace recibiendo en ese momento la accin del don de entendimiento, simplemente "contemplar", sin ningn esfuerzo de la mente, o nuevas verdades que no haba alcanzado a percibir, o una profundidad y una penetracin mucho mayor en aquellos aspectos ya vistos por la fe operando al modo humano.

El don de ciencia permite a la inteligencia juzgar rectamente respecto a las cosas creadas en relacin al fin ltimo sobrenatural del hombre. Permite "ver" directamente al entendimiento, sin razonar, la presencia de Dios en el mundo que nos rodea (as como su ausencia y la presencia del demonio). Es un auxiliar poderoso para la virtud de la fe, pues capta intuitivamente el valor o el peligro de las cosas del mundo en relacin a la propia santificacin.

Por ejemplo, permite a una persona "ver" con claridad la situacin espiritual propia o de otros, sus intenciones, sus fines, su bondad o su malicia, etc. Es un don que ejercitan muchos sacerdotes en la confesin, donde el penitente prcticamente no tiene que hablar, ya que por el don de ciencia el confesor "ve" con claridad el estado de su alma, como ocurra por ejemplo con San Po de Pietralcina, que posea muy desarrollado este don.
Tambin del don de ciencia se deriva el discernimiento infuso de espritus, "vindose" por l con claridad la presencia y la accin diablica, y, por lo tanto, es una ayuda inestimable en el combate contra el enemigo del hombre.

Sobre la inteligencia acta tambin el don de sabidura, que a su vez obra tambin en la voluntad, como enseguida veremos. Este don permite juzgar acerca de Dios y las cosas divinas, con una mirada abarcante, que va ms all del don de inteligencia. Este permite conocer todas las verdades en s mismas y en sus mutuas relaciones, mientras que el don de sabidura se eleva a las causas supremas de la accin divina, es decir, permite penetrar en los planes eternos de Dios con una mirada que capta la armona universal de la revelacin divina, su relacin con las contingencias de la historia del hombre, y su consumacin final.

Se puede decir sin exagerar que el don de sabidura da al entendimiento humano la mirada misma de Dios. Es imposible para nuestra mente abarcar lo que esto significa, y todos los que han vivido esta experiencia casi no la han podido describir con trminos del lenguaje humano.

Por ltimo, sobre el entendimiento tambin acta el don de consejo, que tiene por misin perfeccionar la accin de la virtud de la prudencia. Este don acta dando a conocer por una intuicin sobrenatural lo que conviene hacer en las distintas circunstancias de la vida, en especial en las cosas difciles, para que nuestro rumbo se dirija con seguridad hacia Dios y nuestra salvacin.
Cada persona se mueve durante su vida terrenal hacia su fin ltimo en medio de dificultades, obstculos, y estando rodeada por las circunstancias especiales del tiempo histrico que le ha tocado vivir. A travs del don de consejo podemos decir que Dios gua hacia Dios. Mediante este don entramos a formar parte de los designios de la Providencia de Dios y vamos identificando cada uno de nuestros actos con la voluntad de Dios.

Con el don de consejo se puede decir que el Espritu Santo, husped de nuestro espritu, se hace el Gua de nuestras acciones, ya que las iniciativas para nuestros actos proceden directamente de l, inspirando a la inteligencia la eleccin de los medios ms a propsito para la santificacin y viendo con claridad los caminos que conviene seguir.
El campo de accin de este don abarca el gobierno de s mismo y tambin la direccin de otros, ya que el hombre est destinado por Dios a ser instrumento de salvacin para otros. Los maestros de doctrina, los guas y directores espirituales, los predicadores, y todos los que de una manera u otra ayudan a los hombres en su camino hacia la verdadera vida cristiana, necesitan de este don, por lo que si ese es el llamado que hace Dios, a nadie le faltar el auxilio del don de ciencia cuando le sea necesario.

Podemos ahora distinguir la accin de estos dones "intelectuales" en las fases del conocimiento: el don de inteligencia permite una profunda y penetrante intuicin de las verdades de la fe, produciendo el acto de simple aprehensin de las mismas, sin referencia ni relacin al conocimiento sensible, y sin emitir juicio sobre ellas. Por lo tanto decimos que este don acta sobre el entendimiento especulativo, a travs de la virtud de la fe.
El juicio ser emitido por los otros dones, de la siguiente manera: el don de sabidura juzga acerca de las cosas divinas, tomando sus principios desde la mirada de Dios; el don de ciencia lo hace acerca de las cosas creadas, en cuanto a su relacin con la salvacin, propia y de los dems; y el don de consejo emitir juicio sobre las acciones concretas a realizar. Es decir, estos tres dones actan sobre el entendimiento prctico.

En base a todo lo que hemos visto, de a poco podemos entrever la profunda transformacin de la inteligencia humana que produce la accin de estos dones del Espritu Santo, que deja ya de operar al modo humano, para que su accin sea al modo divino, movida solamente por las mociones de Dios, de donde surge realmente la que podemos denominar "nueva criatura" divinizada por la gracia, o el "hombre nuevo o espiritual" que describe San Pablo, en oposicin al "hombre viejo o carnal".

Pero no basta que el entendimiento conozca sin error las verdades divinas, sino que es necesaria la libre y recta adhesin de la voluntad a esas verdades divinas informadas por el entendimiento, para que se traduzcan en obras y acciones concretas, y no queden solamente en meros pensamientos. Aparece entonces la accin de los dems dones que actan sobre la voluntad, llamados dones afectivos.

El don de sabiduraya mencionamos que tambin acta sobre la voluntad y su misin es perfeccionar la virtud de la caridad. Cuando esta virtud obra al modo humano, se encuentra refrenada por las influencias negativas que posee la voluntad en el hombre racional, como ya vimos antes. Cuando acta el don de sabidura directamente sobre la voluntad, se produce lo que se llama un gusto sobrenatural, un conocimiento sabroso y experimental de Dios y las cosas divinas. La experiencia de sentir y vivir el amor de Dios llega a su punto culminante, donde se siente que se posee a Dios, que se hace como algo propio a quien el alma se une y se pierde en su inmensidad.

Es la mxima experiencia que en esta tierra se puede tener de Dios, anticipo de lo que se vivir en el cielo, por lo que no puede describirse con el pobre lenguaje humano, que a lo sumo puede hablar de "ardor celestial", "fuego de amor que consume", "ocano de amor donde uno se hunde y pierde", "felicidad y gozo indescriptibles", "muerte de amor", y otras expresiones similares.
Es la voluntad en s misma, tomada por Dios, que lo "conoce" por el amor, un conocimiento experimental que va ms all del que le da la fe, pero que penetra a su vez el entendimiento y complementa su conocimiento. Por eso el don de sabidura, al perfeccionar en grado sumo la virtud de la caridad, pasa a ser el don ms excelso que puede actuar sobre el hombre, ya que penetra en la totalidad de sus facultades.

Tambin acta sobre la voluntad el don de piedad, que perfecciona la virtud de la justicia, en especial a su virtud derivada de la religin, haciendo sentir un profundo afecto filial hacia Dios como Padre amoroso y hacia los hombres como hermanos en Cristo. La accin de este don hace "sentir" al cristiano, sin ninguna duda, que es hijo adoptivo de Dios, ms all de "saberlo" por el entendimiento iluminado por la fe, y lo lleva al culto de Dios sin esfuerzo y con toda perfeccin, tanto en la oracin como en el culto litrgico.
Cuando acta este don el creyente "siente", sin haber razonado, que es hijo querido de Dios, y esto produce una certeza experimental muy profunda.

El don de temor de Dios no tiene nada que ver con el miedo que se puede tener a Dios por los pecados propios o por la posible perdicin eterna, sino que se refiere a la vivencia profunda de un respeto y reverencia a Dios como hijos adoptivos, que lleva a perfeccionar juntamente a dos virtudes, la esperanza y la templanza.
La esperanza vimos que hace que el hombre, consciente de su fragilidad y de su indigencia, busque refugiarse en Dios, con la plena confianza que recibir todos los auxilios necesarios para su salvacin. El sentimiento interior claro de respeto y reverencia a Dios que da la accin del don de temor de Dios, perfecciona la confianza en Dios e impulsa a buscar su ayuda omnipotente, dando perfeccin a la accin de la esperanza.

Tambin esta reverencia a Dios hace aborrecer el pecado, produciendo un verdadero horror al mismo, con el que pudiera ofenderse a este Dios tan majestuoso y reverenciado. Esto tambin lleva a una viva contricin y arrepentimiento por los pecados cometidos, un deseo ardiente y sincero de repararlos, y un atento cuidado de huir de las ocasiones prximas de pecado.
De esta manera, con la accin del don de temor, se hace ms perfecta la virtud de la templanza, porque se huye de los pecados derivados de los placeres desordenados de la carne.

Finalmente tenemos el don de fortaleza, que lleva a la perfeccin a la virtud del mismo nombre. Si bien la virtud de la fortaleza robustece a la voluntad para enfrentar toda clase de dificultades y peligros en la vida espiritual, su accin al modo humano no quita ciertas dudas, temores o indecisiones que permanecen y no la dejan llegar a su perfeccin.
La accin del don de fortaleza viene a subsanar estas debilidades, ya que la voluntad es sometida a la mocin directa del Espritu Santo, lo que pone en ella decisin inquebrantable, confianza absoluta y seguridad inamovible.
La accin de este don se aplica tanto al hacer o practicar sin vacilacin ni temor las ms arduas empresas espirituales, o al padecer dolores y sufrimientos, tanto fsicos como morales, cuando el camino de la propia santificacin o del servicio a los dems los producen.

Con el panorama completo de la accin de los siete dones del Espritu Santo, podemos ya formarnos una idea mucho ms concreta de lo que llamamos la "divinizacin" del hombre por la gracia, que se produce cuando sus facultades humanas, inteligencia y voluntad, ya no tienen por motor al hombre, sino que la causa motora es el Espritu Santo mismo. Entonces el hombre llega a algo inconcebible para la razn humana: sus pensamientos son los de Dios, sus sentimientos son los de Dios, ya que ama a la manera de Dios, y sus acciones son las de Dios. Y ahora s reproduce en s mismo la imagen de Jesucristo, y se convierte en "otro Cristo" en la tierra.

Queda un punto fundamental por aclarar en la teologa de los dones del Espritu Santo: las virtudes infusas, cuando se ejercitan al modo humano, se pueden usar en el momento que se quiere, ya que las gracias actuales que las ponen en accin nunca se niegan por Dios, y podemos decir que nos "bombardean" constantemente, de manera que cuando lo decidimos podemos usar cualquiera de las virtudes infusas, tanto las teologales como las cardinales. Es decir, los actos de las virtudes al modo humano se pueden llamar actos propios del hombre.

En cambio, de los dones del Espritu Santo no podemos hacer uso cuando queramos, ya que es slo el Espritu Santo que da las mociones o gracias operantes que los activan, cuando l quiere. En este caso el hombre slo puede limitarse a cooperar con esas mociones, de manera libre y consciente, sin poner obstculos a la accin de los dones cuando sta se produce.
Sin embargo, aunque el hombre no puede tomar la iniciativa, s es importante que se predisponga, para facilitar el recibir y reconocer la actuacin de los dones. Esta disposicin implica bsicamente crecer en la vida espiritual, por la lucha contra el pecado, la prctica de las virtudes infusas, y, sobre todo, con la prctica de la oracin, hasta llegar a la vida mstica.

Ya veremos en la Parte 4 de este libro en detalle la dinmica de crecimiento de la vida espiritual, pero desde ahora debemos tener claro que por vida mstica o experiencia mstica se entiende la actuacin de los dones del Espritu Santo. Cada vez que acta un don del Espritu, se produce un acto o vivencia mstica, que puede ser ms o menos intenso.

Al principio de la vida mstica la accin de los dones se experimenta como un "flash" o fogonazo que de pronto ilumina la inteligencia o conmueve la voluntad, aunque despus se va haciendo ms frecuente y repetido, hasta predominar sobre el ejercicio de las virtudes al modo humano, tambin llamado etapa asctica de la vida espiritual; se ingresa entonces al llamado estado mstico.

La accin de los dones intelectuales, a saber, inteligencia, ciencia, sabidura y consejo produce una experiencia en el espritu del hombre que se denomina contemplacin infusa, mientras que la accin de los dones afectivos, es decir, piedad, temor de Dios y fortaleza, no interviene en la contemplacin. Sin embargo, por la relacin existente entre los dones y las virtudes, se puede decir que es imposible entrar en el estado mstico sin experimentar la contemplacin infusa, que es una vivencia que se inicia en la oracin.

De todo esto surge como consecuencia una doctrina muy clara y firme de la inmensa mayora de las escuelas de espiritualidad cristiana, que por desgracia ha quedado oscurecida y olvidada en nuestro tiempo, especialmente en cuanto a su aplicacin prctica: la perfeccin cristiana, que es el pleno desarrollo de la gracia santificante recibida en el bautismo como una semilla o germen, slo se puede lograr llegando al estado mstico, con la actuacin predominante de los dones del Espritu Santo.
Y este estado de ninguna manera es algo extraordinario, sino que todos los fieles cristianos estn llamados a vivirlo, y, por ende, llamados a llegar a la perfeccin de la vida cristiana, que es lo que llamamos la vida cristiana plena.

Preguntmonos ahora: cuntos cristianos en este mundo de hoy conocen esto? Y si lo conocen de alguna manera desde el punto de vista terico o doctrinal, cuntos son los que lo viven?

La gran mayora de los cristianos de hoy si oyen hablar de vida mstica, se imaginan que es una vida llena de fenmenos extraordinarios, de xtasis, de levitacin, de estigmas, de cosas absolutamente lejanas respecto a la vida de una persona comn, y que slo pueden ser vividas por algunos pocos monjes y monjas un poco trastornados que se encierran para pasar toda su vida tras los muros de un convento o un monasterio.

A qu punto extremo y letal se ha llegado en nuestros tiempos para minimizar y desvalorizar totalmente lo que es la vida cristiana plena! Pero en medio de tanta oscuridad, resuena poderosa y valiente la voz del gran Papa Juan Pablo II:

"En primer lugar no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. En realidad poner la programacin pastoral bajo el signo de la santidad es una opcin llena de consecuencias. Significa expresar la conviccin de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la insercin en Cristo y la inhabitacin de su Espritu, sera un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida segn una tica minimalista y una religiosidad superficial.
Como el Concilio mismo explic, este ideal de perfeccin no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable solo por algunos "genios" de la santidad. Es el momento de proponer de nuevo a todos con conviccin este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria." (178)

Precisamente en el siguiente punto, utilizando como base todo lo expuesto hasta ahora, hablaremos de la santidad cristiana.

Referencias al Captulo 4:

(174): Lucas 4,16-21
(175): 1 Corintios 2,10-14.16
(.176): Romanos 5,5
(177): 1 Juan 4, 7-8.12.16.20-21
(178): Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, N 30 y 31

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