Contempladores

La Vida Cristiana Plena

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.

Capitulo 2: Los Efectos De La Gracia Santificante.

Introduccin.

Primera Parte: El Origen de la Vida Cristiana.
   Captulo I: El Propsito de Dios para el hombre.
   Captulo II: El Cumplimiento del Propsito de Dios.
   Captulo III: Dios no abandona al hombre - El Antiguo Testamento.
   Captulo IV: La Salvacin por Jesucristo.

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.
   Captulo II: Los Efectos De La Gracia Santificante.
   Captulo III: La Accion De La Razon En El Hombre.
   Captulo IV: La Accion De La Gracia En El Hombre.
   Captulo V: La Santidad En La Tierra.
   Captulo VI: La Gloria En El Cielo.
   Captulo VII: Los Fenomenos Misticos Extraordinarios.

Tercera Parte: Los Medios De Crecimiento De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Faceta Negativa Del Crecimiento Espiritual.
   Captulo II: El Crecimiento Por Los Sacramentos Cristianos.
   Captulo III: El Crecimiento Por El Merito Y La Oracion.
   Captulo IV: El Papel De La Virgen Maria En La Santificacion De Los Hombres.
   Captulo V: La Devocion Al Sagrado Corazon De Jesus Como Medio De Santificacion.

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.
   Capitulo I: La Vida Esritual Al Modo Humano.
   Capitulo II: La Vida Espiritual Al Modo Divino.

El supremo don de Jesucristo.

Hemos visto en el Captulo anterior como la Nueva Alianza establecida por Dios con los hombres, a partir del sacrificio de Jesucristo, lleva a la perfeccin a la antigua Alianza, inscribiendo la Ley de Dios no ya sobre tablas sino directamente en los corazones de los hombres.

Dios, por los mritos de Jesucristo, da el supremo don a los hombres, que significa hacerles partcipes de su misma vida divina, a travs del don de la gracia santificante. Incorporados por el bautismo al Cuerpo Mstico de Cristo, del cual l es la Cabeza y los cristianos sus miembros, ellos reciben la vida divina de la gracia que fluye de Aquel que es la plenitud de la gracia, dando lugar a la Justificacin.

Estamos Ahora en condiciones de comenzar a ver el aspecto de la gracia santificante ms maravilloso y sublime, que se refiere a los efectos que produce en el alma que la recibe, tales que realmente implican una divinizacin del hombre.

Veremos, por su orden, los siguientes efectos grandiosos de la gracia en los justificados:

* El perdn de los pecados.
* La difusin de la vida de Cristo: hijos adoptivos del Padre, herederos de Dios y hermanos de Cristo y coherederos con l.
* La Inhabitacin de la Trinidad en el alma.
* La incorporacin a nuestro ser de un nuevo organismo sobrenatural.

El perdn de los pecados.

La justificacin se puede decir que comienza siempre con el perdn de los pecados, que significa una verdadera remisin y cancelacin del pecado original que est presente en la naturaleza humana como consecuencia de la cada de los primeros padres, como de todo pecado que actualmente tenga quien vive la justificacin.

El Catecismo nos aclara muy bien este especto:
"En el momento que hacemos nuestra primera profesin de fe, al recibir el santo bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdn que recibimos que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir, para expiarlas... Sin embargo la gracia del bautismo no libera a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todava nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal.
La justificacin arranca al hombre del pecado, que contradice el amor de Dios, y purifica su corazn. La justificacin es prolongacin de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdn. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana." (141)

Esta es la que se denomina faceta negativa de la justificacin, mientras que la faceta positiva es la santificacin y renovacin interior del hombre. Estos no son dos efectos separados, sino que se puede decir que son uno solo, pues el pecado desaparece y la gracia santificante se infunde, pues son dos realidades que no pueden coexistir (cuando hablamos aqu de pecado nos referimos al pecado mortal, que hace morir la gracia en el alma).

La difusin de la vida de Cristo en el cristiano.

Ya mencionamos en el captulo anterior que la consecuencia fundamental de la incorporacin del hombre al Cuerpo Mstico de Cristo, su Iglesia, es la de participar de la misma vida de la Cabeza, que es Cristo, siendo esta vida compartida por todos aquellos que forman ese Cuerpo.
La vida de Cristo se manifiesta en el justificado a travs de la gracia santificante por tres efectos que estn ntimamente unidos: nos convertimos en hijos adoptivos de Dios, herederos de l y hermanos de Cristo.

San Pablo resume muy bien estos efectos: "Pues no recibisteis un espritu de esclavos para recaer en el temor antes bien, recibisteis un espritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abb, Padre! El Espritu mismo se une a nuestro espritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, tambin herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con l, para ser tambin con l glorificados." (142)

En primer lugar, con la gracia santificante nos convertimos verdaderamente en hijos adoptivos de Dios. Para comprender todo el alcance de esta gran verdad es necesario plantearse la diferencia entre hijo natural e hijo adoptivo. En el orden natural los padres son aquellos que transmiten a sus hijos, por va de generacin, su propia naturaleza humana.
Los hombres no somos hijos naturales de Dios por la gracia, ya que Dios Padre tiene solamente un Hijo segn la naturaleza divina, que es el Verbo. Cuando el Hijo se une a la naturaleza humana en la persona de Jesucristo, sigue siendo hijo natural de Dios, porque como ya vimos, Jess es una persona divina.

En cambio la filiacin divina por medio de la gracia es muy distinta, ya que la naturaleza humana no se pierde, sino que recibe por aadidura sobrenatural una participacin en la vida divina, por lo que los hombres en estado de gracia son hijos adoptivos de Dios.
Segn las leyes humanas el hijo adoptivo pasa a tener los derechos de un hijo natural, aunque por sus venas no corre la sangre de los padres adoptivos, ni se producen cambios en su naturaleza y personalidad humana. El padre adoptivo ama a ese hijo adoptado con un amor similar al que tendra para un hijo natural. En cambio, por la gracia santificante, la adopcin divina es muy diferente y mucho ms completa.

Dios, al adoptarnos, infunde en nuestra alma en forma fsica, una realidad divina, que es la gracia santificante, que podramos decir metafricamente que hace circular la misma sangre de Dios en nuestro ser espiritual. Es una verdadera generacin, un nuevo nacimiento, que no nos da solamente el derecho a llamarnos hijos de Dios, sino que nos hace tales en realidad, como lo expresa San Juan:
"Mirad qu amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoci a l." (143)

Otra diferencia de la adopcin divina es que es muchsimo ms amorosa y liberal. Los hombres adoptan porque carecen de hijos en quienes se complazcan; pero Dios Padre ya tena en su Hijo tan amado infinitas delicias y complacencias. Sin embargo, quiso que estas delicias llegaran a nosotros con su adopcin, y su amor por nosotros llega hasta el extremo:
"Porque tanto am Dios al mundo que dio a su Hijo nico, para que todo el que crea en l no perezca, sino que tenga vida eterna." (144)

La consecuencia que se sigue inmediatamente del hecho de la filiacin divina adoptiva es que nos hace en verdad herederos de Dios. Pero qu distinta es esta herencia divina de las herencias humanas! Entre los hombres, los hijos no heredan sino cuando muere el padre, y adems la herencia disponible tiene que dividirse entre todos los herederos. En cambio, la herencia divina la comenzamos a recibir desde el mismo momento que somos adoptados, y la recibiremos plenamente cuando lleguemos a la presencia del Padre despus de nuestra muerte, ya que l vive eternamente, y adems, como esta herencia es el goce de Dios por la visin beatfica en el cielo, y Dios es infinito, la herencia eterna para cada uno de sus hijos es igual, no tiene disminucin por el nmero de ellos.

Ya veremos ms adelante en forma completa lo que significan la vida y el gozo eternos en presencia de Dios, dentro de lo que es posible abarcar por nuestras mentes humanas de tan grande misterio, pero pensemos por ahora solamente en lo que significar que, por esa herencia, Dios ponga a nuestra disposicin todos sus bienes externos, su gloria, su poder, sus dominios, su realeza, su honor, etc. El alma ser llenada de tal manera por una felicidad y dicha verdaderamente inefables, que todas sus aspiraciones y anhelos sern colmados en una abundancia rebosante y que no tendr fin.

Por ltimo, segn la Palabra de San Pablo que nos ayuda en esta reflexin, la vida nueva recibida de Cristo hace que vengamos a ser hermanos suyos, y, por lo tanto, tambin coherederos de Dios junto a l.
Tambin San Pablo afirma este hecho de la hermandad con Jesucristo:
Pues a los que de antemano conoci, tambin los predestin a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera l el primognito entre muchos hermanos;" (145)

Por supuesto est claro que no somos hermanos de Cristo segn la naturaleza, as como tampoco somos hijos de esta manera. Por la adopcin el Hijo por naturaleza del Padre pasa a ser hermano de los hijos adoptivos y comparte su herencia con ellos. Esto que parece tan sencillo tiene una significacin enorme, pues Dios Padre nos ama como a Cristo, como si fusemos una misma cosa con su Hijo, y, entonces, aparece un hecho maravilloso: todas las palabras de amor que el Padre ha pronunciado respecto de su Hijo primognito, son tambin para nosotros, sus hijos adoptivos!

Tomemos algunas de las expresiones del Padre para hacerlas nuestras:
"Y una voz que sala de los cielos deca: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco."(146) "Entonces se form una nube que les cubri con su sombra, y vino una voz desde la nube:"Este es mi Hijo amado, escuchadle." (147)

Tambin Jess nos revela qu implica ser Hijos del Padre y hermanos de l:
"El que tiene mis mandamientos y los guarda, se es el que me ama; y el que me ame, ser amado de mi Padre; y yo le amar y me manifestar a l." (148)
"Como el Padre me am, yo tambin os he amado a vosotros; permaneced en mi amor." (149)
"No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he odo a mi Padre os lo he dado a conocer." (150)
"Yo les he dado la gloria que t me diste (Padre), para que sean uno como nosotros somos uno." (151)

Si realmente pudiramos captar el significado de estas palabras, y luego vivirlo, comenzaramos entonces a vivir plenamente la vida divina en nosotros, que es vivir la vida cristiana plena!
Tenemos as resumido el primer gran misterio de nuestra deificacin por la gracia: podemos llamar a Dios verdaderamente con el dulce nombre de Padre y a Jesucristo con el reconfortante ttulo de Hermano.

La inhabitacin de la Trinidad en nuestra alma.

La vida divina comunicada a nosotros por la gracia santificante tiene como efecto otro don muy especial, cuya realidad llena el cielo de gozo inmenso, y derrama raudales de luz en nuestra alma, dndole una fecundidad y plenitud que producir frutos divinos sin interrupcin en ella: es la inhabitacin de la Trinidad Santsima en nuestra alma. Veamos en detalle en qu consiste este extraordinario misterio:

Una de las verdades ms claramente manifestadas en el Nuevo Testamento es la de la presencia real de la Santsima Trinidad en el alma del que est en estado de gracia, aunque tambin constituye uno de los grandes misterios de la revelacin de Dios. Jess quiso ensear esta verdad a todos los hombres antes de dejar esta tierra, luego de su resurreccin, para as consolarlos de su ausencia fsica y, de alguna manera, darles un anticipo de la vida del Cielo.

En la ltima cena que comparti con sus apstoles, sus amigos, como los llam en esa noche, les acababa de anunciar la venida del Espritu Santo, que permanecera siempre con ellos. Luego, les agreg una promesa ms, que ser para siempre el gran consuelo de toda alma en gracia, tal como la transmite San Juan: "Si alguno me ama, guardar mi palabra, y mi Padre le amar, y vendremos a l, y haremos morada en l." (152)
As es que segn esta promesa solemne de Jess, toda alma que viva su amor por l y por ese mismo amor respete sus mandamientos, ser amada por el Padre, y ste vendr a ella, junto con el Hijo, no como si fuera simplemente una visita, sino para establecer en ella su morada y quedarse all.

Tambin Jess nos revela lo siguiente: "Si me peds algo en mi nombre, yo lo har. Si me amis, guardaris mis mandamientos; y yo pedir al Padre y os dar otro Parclito, para que est con vosotros para siempre, el Espritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocis, porque mora con vosotros." (153)
El "Parclito" ("defensor" o "abogado" en griego) es el Espritu Santo que "mora con nosotros" y "estar" con nosotros para siempre, es decir, tambin el Espritu Santo mora en nuestra alma.

Esta presencia real y sobrenatural de las tres Personas de la Trinidad en el alma de los justos se denomina en teologa inhabitacin de la Trinidad, y se diferencia grandemente de la presencia natural de Dios en todo lo creado, incluyendo al hombre, que se denomina presencia de inmensidad.

Tenemos que hacer aqu una aclaracin para evitar confusiones, ya que muchos autores hablan de "inhabitacin del Espritu Santo"; existe una frmula teolgica que se utiliza para facilitar el estudio de la Santsima Trinidad, y es la que se conoce como apropiacin.
La apropiacin consiste en atribuir a una sola de las tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espritu Santo, una operacin o una perfeccin que es comn a las tres. Esto se hace porque as es ms fcil de entender la infinita manera de obrar de Dios, ya que atribuyendo a una de las personas ciertas y determinadas perfecciones y operaciones, aunque sepamos que son comunes a las tres Personas, se entiende mejor lo que hay de inteligible para la mente humana en esas perfecciones.

Por ejemplo, en el Credo decimos: "creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra", cuando todopoderoso es tambin el Hijo y el Espritu Santo, y los tres han creado el mundo visible e invisible. As, por apropiacin, decimos que el Padre es omnipotente y creador; el Hijo es la Sabidura, la Palabra o el Verbo de Dios, y el Espritu Santo es el amor, el santificador.
Por lo tanto, aunque por apropiacin se hable, como lo hace en general el Nuevo Testamento y la Tradicin de la Iglesia, de la presencia y accin del Espritu Santo en el alma en estado de gracia, sepamos que en ella siempre est presente la Trinidad Santsima.

Resulta entonces que la presencia de la Trinidad por inhabitacin es una presencia especial, ntima, que nos da la posesin real y verdadera del mismo Ser infinito de Dios. No tendemos ya, en efecto, hacia Dios como algo que est fuera de nosotros, sino que lo poseemos dentro de nuestra propia alma.

Esta inhabitacin de la Trinidad tiene dos objetivos muy especiales para las almas, de un orden muy superior a la presencia natural.
La primera finalidad es que la Santsima Trinidad quiere hacernos participar de su vida ntima divina, y as transformarnos en Dios, no por esencia, sino por participacin de esa su misma vida. Quiere transformarnos con su presencia y accin, y volver a darnos la imagen y semejanza con ella, la que el hombre perdi por el pecado original, y sigue desfigurando con sus actuales pecados.

El otro efecto fundamental, que realmente asombra a toda persona, y desborda la razn humana, es que la Santsima Trinidad quiere que seamos capaces de gozar, disfrutar, gustar de la presencia de este divino husped.

Un destacado telogo contemporneo nos dice al respecto:
"Esta es, en toda su sublime grandeza, una de las finalidades ms entraables de la inhabitacin de la Santsima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera del pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, segn la asombrosa terminologa del prncipe de la teologa catlica, Santo Toms de Aquino, plenamente comprobada en la prctica por los msticos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado ms elevado y sublime de la unin mstica con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo "extraordinario" a la manera de las gracias "gratis dadas"(o carismas extraordinarios); entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos estn llamados a estas alturas, y a ellas llegaran efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la accin santificadora progresiva del Espritu Santo." (154)

Como vemos es muy categrica esta opinin, compartida por la inmensa mayora de los especialistas en teologa mstica actuales. Algunas personas habrn ledo u odo hablar de las profundas experiencias de los grandes msticos experimentales, como Santa Teresa de Jess, San Juan de la Cruz, Santa Catalina de Siena, la Beata Angela de Foligno, Santa Magdalena de Pazzis, Santa Catalina de Gnova, sor Isabel de la Trinidad, Santa Teresita del Nio Jess y tantsimas almas ms.
Tengamos claro desde ahora que hoy, en este mundo, todo fiel cristiano, laico o consagrado, si persevera y es fiel a la "accin santificadora progresiva del Espritu Santo", est llamado a vivir esta vida de relacin ntima y llena de gozos inefables con la Santsima Trinidad que habita en su alma en gracia.

Precisamente la forma de lograr esto en la prctica, en la vida de cada uno, es que esta Santsima Trinidad, a partir de su presencia en el alma, forma en el cristiano un nuevo organismo sobrenatural, que la capacitar para lograr la transformacin que le permitir ir viviendo cada vez ms una vida semejante a la suya, dando lugar a esa relacin cada vez ms ntima y profunda con las tres Personas divinas, de la que nos dan testimonio tantos santos que la han vivido.

El organismo sobrenatural.

Este husped divino que vino a habitar en las almas que lo reciben, y que es Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espritu Santo, quiere darse plenamente a quien lo hospeda y llevarlo hacia l, y, en su bondad, se ocupa de completar y perfeccionar nuestra alma, dndonos un organismo sobrenatural, que nos transformar, sin quitarnos nada de lo que pueda haber de bueno naturalmente en nosotros, y nos permitir elevarnos gradualmente, para que la distancia que nos separa con l sea cada vez menor.
Cuando Dios viene de esta manera al hombre, no es precisamente para permanecer all inactivo, sino para trabajar desde el interior, para provocar en las almas divinizadas por su presencia actos similares a los que constituyen su propia vida.

Podemos visualizar algunos destellos de lo que esto implica considerando un ejemplo a nivel humano. Pensemos que llega a nuestra casa un husped muy encumbrado, para quedarse a vivir con nosotros; supongamos que fuera el exponente ms alto de la nobleza de nuestra poca, por ejemplo el rey de un pas europeo muy importante, y que, adems, al mismo tiempo fuera el pensador e intelectual ms conocido del mundo. De pronto, decide dejar toda su vida actual y se muda, viniendo a vivir a nuestra casa.

Si as fuera el caso, ms all de las diferencias que cada uno podamos tener en cuanto a nuestra cultura, nuestra educacin o nuestras costumbres sociales, no hay duda que para la inmensa mayora de las personas esta situacin representara un "shock", un tomar conciencia de que hay una separacin, una diferencia ms o menos grande entre nuestro estilo de vida, las comodidades de nuestra casa, su mejor o peor estado, y las habituales de este gran personaje.

Pero a l no le preocupa esto, sino que todo el inters que lo ha movido a venir a convivir con nosotros es el de transmitirnos y ensearnos su forma de vivir y lo que l sabe y conoce, de manera que poco a poco podamos ir teniendo su mismo estilo de vida, lo que nos llevar a disfrutar y gozar en forma plena de su presencia en nuestra casa, ya que podremos compartir su propia forma de ser y de vivir, sus propios conocimientos y sabidura.
Por supuesto, al principio nos sentiramos muy distintos y alejados de l, no sabramos inclusive como comportarnos en su presencia, teniendo quizs temores e inhibiciones, pero l nos ir enseando todo lo que necesitemos, lleno de bondad, amor y paciencia. Pero, en el caso de este supuesto personaje, por ms que tuviera la mayor capacidad y habilidad como maestro y profesor para ensear, siempre dependera de nuestra capacidad intelectual para que pudiramos recibir y aprender todo lo que nos quiere ensear.

En cambio, el "mtodo" de Dios es totalmente distinto e infalible: como l es quien nos ha dado nuestro ser natural, tiene la capacidad de agregarnos un "nuevo" ser sobrenatural, que contiene capacidades que nos permitirn, si perseveramos, vivir su misma vida, ms all de cules sean nuestras capacidades naturales. Slo pide nuestra disposicin y cooperacin para que hagamos lo que nos pide a fin de desarrollar ese nuevo ser, y si as lo hacemos, los resultados sern maravillosos. Este "mtodo" no est al alcance de ningn ser humano, porque es sobrenatural, y solamente Dios puede utilizarlo.

El nuevo organismo sobrenatural que se recibe por la gracia santificante incorpora nuevas facultades sobrenaturales al organismo natural del hombre, constituidas por las virtudes infusas y los dones del Espritu Santo.

Las virtudes infusas.

Para evitar confusiones, es necesario distinguir bien el concepto de lo que son las virtudes morales adquiridas o naturales, de las virtudes morales infusas o sobrenaturales.
Las virtudes naturales son adquiridas por el hombre por la educacin y la repeticin de los actos que las evidencian, y tienen como objeto todo aquello accesible a la razn natural. Encontramos muchsimas virtudes naturales que el hombre va aprendiendo y desarrollando con la prctica; vamos a dar algunos ejemplos: el orden, por el cual mantiene las cosas que posee en un lugar determinado para facilitar su bsqueda cuando las necesita; el aseo, como necesario para ayudar a cuidar la salud; la templanza, que con respecto, por ejemplo, a la comida, trata de evitar los excesos o comer cosas dainas, para evitar daar la salud fsica, o con respecto al apetito sexual, al que encauza dentro de los lmites "civilizados", etc.
Estas virtudes naturales adquiridas no confieren ningn poder nuevo, sino que, por el hbito que se contrae al practicarlas, se obtiene una mayor facilidad en el bien obrar, en conformidad a la norma que marca la razn humana.

Las virtudes propias de la vida cristiana, en cambio, reciben el nombre de virtudes infusas, porque es el mismo Dios que nos las comunica junto con la gracia. Estas virtudes son implantadas en los hombres para elevar y transformar las energas naturales, hacindolos capaces de efectuar actos sobrenaturales, destinados a un fin especialsimo: la obtencin de la vida eterna, de la gloria perdurable.

Vemos entonces que hay dos diferencias esenciales entre las virtudes naturales y las infusas: En cuanto a su origen, las primeras son hbitos adquiridos por la prctica o repeticin de los actos que las conforman, mientras que las infusas, tal como lo especifica su nombre, proceden de Dios, que las infunde en el alma juntamente con la gracia habitual. La segunda diferencia es respecto al fin de cada una.
Las virtudes naturales buscan el bien honesto, por el que el hombre se conduce rectamente en orden a las cosas humanas y su naturaleza racional. Las infusas en cambio buscan el bien sobrenatural, es decir, nos son dadas por Dios para que podamos conducirnos rectamente como hijos adoptivos suyos, ejercitando los actos sobrenaturales que corresponden a la naturaleza divina de la cual participamos por la gracia.

Las virtudes infusas son de dos rdenes: se llaman teologales cuando ordenan al hombre directamente hacia su fin ltimo, que es Dios, y se denominan morales cuando son dirigidas a los medios que necesitamos para alcanzar el fin ltimo.

Las virtudes teologales son las ms importantes de la vida cristiana, ya que tienden a llevarnos hacia Dios y unirnos con l. Son tres, a saber:
La fe, que permite a nuestro entendimiento humano captar, de manera sobrenatural, la Revelacin de Dios a travs de su Palabra, la Biblia. Es decir, nos hace conocer a Dios como l mismo se nos ha revelado, nos pone en comunin con el pensamiento divino.
La esperanza acta sobre la voluntad del hombre, hacindole desear a Dios como el Bien sumo para l, y, generando la confianza en sus promesas, lo alienta a alcanzarlas.
La caridad tambin obra sobre la voluntad, haciendo que el creyente ame a Dios sobre todas las cosas, como a un Padre amoroso e infinitamente bueno en s mismo, poniendo entre l y nosotros una santa amistad.

Las virtudes morales se reducen y compendian en cuatro principales, llamadas virtudes cardinales, y sobre ellas giran y se derivan todas las dems virtudes. Estas cuatro virtudes son:
La prudencia, que tiene como funcin ayudar a elegir los medios necesarios o tiles que nos van a permitir avanzar hacia nuestro fin sobrenatural, es decir, la vida eterna en presencia de Dios.
La justicia, que hace que le demos a cada uno lo que le pertenece, y nos hace respetar los derechos de los dems.
La fortaleza nos permite defendernos de los peligros que acechan la vida espiritual, sin miedo ni violencia, y nos hace capaces de soportar los hechos penosos y dolorosos.
Finalmente, la templanza nos faculta a refrenar nuestras pasiones, haciendo que podamos usar de los bienes y los goces de este mundo de manera que no nos alejen, por su desorden, del camino del crecimiento espiritual.

Podemos resumir, en base a lo anterior, que la justicia regula nuestros deberes para con el prjimo; la fortaleza y la templanza, en cambio, actan sobre los deberes para con nosotros mismos; y, por ltimo, la prudencia, de alguna manera, es la virtud que gobierna el ejercicio correcto y adecuado de las otras virtudes, segn sea su necesidad.

Para tratar de entender con cierta claridad como se va perfeccionando en el hombre la accin sobrenatural de la gracia a travs de las virtudes infusas, debemos considerar el aspecto ms fundamental del crecimiento de la accin de Dios en el hombre.
Ya Santo Toms de Aquino ense muy claramente que Dios puede obrar en el hombre que est en estado de gracia, de dos maneras distintas.

En una primera instancia, Dios se acomoda al modo humano de obrar, es decir, a su actuar como criatura racional. Esto implica que el alma humana se encuentra en estado activo, teniendo plena conciencia que tiene la iniciativa, y obra segn el proceso discursivo normal de su inteligencia y voluntad, aunque estas facultades de la razn humana se enriquecen y reciben una capacidad nueva y sobrenatural por la accin sobre ellas de las virtudes infusas.
Se puede decir que esta manera de recibir la accin de Dios es una manera inconsciente, que queda oculta en la iniciativa que desarrolla el hombre, y que recin se evidenciar ms o menos claramente cuando se observan los resultados de la accin emprendida, donde se podr ver que se produjo una accin sobrenatural, ms all de las posibilidades naturales.

Sobre este tema tan fundamental para la vida espiritual, nos debe quedar claro otro concepto muy importante: el accionar de las virtudes infusas, cuando se produce regido por la razn humana, es siempre imperfecto, porque si bien las virtudes son realidades perfectsimas, por su ndole sobrenatural y divina, se ejercitan imperfectamente, influenciadas por el funcionamiento psicolgico del hombre, por sus dudas, sus temores, sus preconceptos, en fin, por todo aquello que le imprime en su manifestacin el modo humano de la simple razn natural, an iluminada por la fe.

Ser Dios, a travs de su accin directa, obviando nuestro proceso racional humano, el que permitir que las virtudes lleguen a la perfeccin necesaria para la santidad, lo que se producir por el accionar de las virtudes dirigidas al modo divino que les imprimirn los dones del Espritu Santo, los otros componentes del nuevo organismo sobrenatural, que producen la segunda manera de obrar de la gracia santificante en el hombre.

Quedar mucho ms clara la funcin y la accin de las virtudes infusas en el prximo captulo, as que por ahora quedmonos solamente con la idea de su incorporacin a nuestro organismo natural, de su diferencia con las virtudes naturales y de su descripcin somera.
Vamos a ocuparnos ahora de los otros componentes del nuevo organismo sobrenatural que nos incorpora la gracia santificante: los dones del Espritu Santo.

Los dones del Espritu Santo.

La otra forma en que Dios obra en el alma humana es de un modo superior a la manera humana de actuar, haciendo que el cristiano se gue por una especie de instinto divino, infundido por Dios, dejando de lado su proceso humano de razonamiento. Se dice que en este caso el alma se encuentra en un estado pasivo, en el sentido de que antes que haya tenido tiempo de reflexionar para actuar, recibe a modo de instintos divinos, luces e inspiraciones, sin que esto haya sido deliberado. Quedar, sin embargo, dentro de la libertad del hombre, su consentimiento para actuar segn estas inspiraciones de lo alto.

Estos instintos son mociones del Espritu Santo, que cuando Dios as lo dispone, sin el concurso directo de la criatura humana, llegan directamente a la razn del hombre, su inteligencia y voluntad, para regir y gobernar en forma directa e inmediata la vida sobrenatural, y llevarlo a la perfeccin en la prctica de las virtudes sobrenaturales. Las facultades del organismo sobrenatural que permiten esta accin son los dones del Espritu Santo.

Hemos llegado aqu al punto clave de la teologa de la perfeccin cristiana, o santidad: la existencia y la accin de los dones del Espritu Santo en el alma humana. Si, como se dice con justa razn, el Espritu Santo es hoy para muchos cristianos el gran desconocido dentro de las personas de la Santsima Trinidad, podemos tambin agregar algo ms: para la inmensa mayora de aquellos que se precian de conocer al Espritu Santo y de experimentar su presencia y su accin poderosa en la vida cristiana, los siete sagrados y preciossimos dones del Espritu Santo son los ilustres desconocidos.

Vamos a encontrar, por ejemplo, dentro de la Renovacin Carismtica Catlica centenares de libros y artculos que nos explican y nos ensean con toda minuciosidad qu son los carismas, cuntos hay, cul es la accin de cada uno, como se puede fomentar su desarrollo, cuando y de que manera se deben ejercer, etc. Pero sobre los dones del Espritu Santo, slo encontraremos aqu y all una simple mencin, sin explicar como obran en el alma cristiana.

Desde ya, en la literatura catlica tradicional, salvo en aquella especializada dirigida a quienes estudian teologa, si casi ni siquiera se menciona el hecho de la experiencia del Espritu Santo y la accin de los carismas, mucho menos se trata de la accin de los dones del Espritu Santo. As en general, no se pasa de nombrar la lista de los siete dones, inteligencia, sabidura, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios, en las celebraciones de Pentecosts.

Por qu es tan importante el conocimiento de las caractersticas y de la accin de los dones del Espritu Santo? Veamos que nos dice al respecto un especialista en este tema:
"El tratado de los dones del Espritu Santo constituye la clave de la teologa mstica. Los ms grandes maestros espirituales han puesto siempre muy de relieve este papel primordial del Espritu de amor en nuestra vida espiritual. Ignorar la doctrina de los dones del Espritu Santo es desconocer la accin ms secreta de Dios en la Iglesia. Este tratado de los dones nos proporciona el instrumento ms poderoso para analizar las profundidades del alma de los santos, y, por contraste, los del drama del pecado.
El Espritu es el amo y Seor de sus dones. Cunto ms dciles se muestran las almas a su accin, ms las aproxima l a Dios, ms realiza en ellas las maravillas de la gracia y de la gloria. Las operaciones ms elevadas de las Tres Personas divinas en las almas son fruto de los dones del Espritu Santo." (155)

En efecto, sin conocer esta accin profunda de los dones, es difcil saber si ya se la est experimentando, y mucho menos se puede avanzar en la disposicin necesaria para que se evidencien cada vez ms claramente y fuertemente. Dicho de otra manera, es muy difcil avanzar a fondo en la santidad, superando los obstculos que se interponen, uno de los cuales es precisamente la ignorancia sobre esta accin secreta del Espritu Santo en el alma a travs de sus siete dones.

Vimos que la accin de los dones del Espritu Santo en el hombre implica que ste deje de lado su propia iniciativa humana, y reduzca su actividad a secundar con docilidad las mociones del Espritu Santo que llegan en forma directa a su razn, en el momento que Dios as lo dispone.

Es muy importante que quede claro esto: los dones del Espritu Santo funcionan, de alguna manera, como "antenas" receptoras de las mociones que vienen directamente del Espritu Santo. Pero no son principios de accin, sino que siempre son las virtudes infusas las que producirn las acciones, ya sea las teologales, dirigidas hacia Dios, o las cardinales y sus derivadas, en orden a los medios sobrenaturales necesarios en ese camino de ir hacia Dios. As encontramos un distinto motor que pone en actividad las virtudes cristianas: pueden estar dirigidas por el hombre, a travs de su razn esclarecida por la luz de la fe, o por el Espritu Santo, a travs de la razn del hombre iluminada directamente por los dones del Espritu Santo.

Este accionar sobrenatural tiene exactamente la misma diferencia que encontramos en el orden natural, en la vida del hombre racional. En el plano humano, generalmente se obra a partir de un razonamiento, que implica meditar sobre una situacin determinada, considerando las razones a favor y en contra, evaluando las distintas posibilidades que se tienen, y la probabilidad de xito de cada alternativa, y, finalmente, se toma una decisin y se ejecuta la accin resultante.

Pero, a veces, se acta de otra manera, por una inspiracin repentina, a modo de "corazonada" o instinto, en donde, sin todo ese proceso de meditacin y evaluacin, se sigue en el obrar a esta inspiracin que lleg de improviso, a modo de un "flash" o relmpago que ilumina la inteligencia e indica qu es lo que se puede hacer.

Esto mismo es expresado muy claramente por el mismo autor citado anteriormente:
"Mientras que en el plano humano, slo algunos privilegiados geniales -artistas, pensadores, hombres de accin- aparecen intermitentemente como los beneficiarios de una inspiracin de lo alto, todos los cristianos, en cambio, si son fieles, son moradas del Espritu Santo, que les anima con su intervencin personal tantas veces cuantas les sea preciso para su salvacin. Puede formularse como principio que "cada vez que la razn humana se halla ante una dificultad insuperable por sus propias fuerzas, interviene el Espritu Santo para inspirarle, por un instinto divino, la solucin liberadora".
Todo cristiano que necesita del especial socorro de Dios segn su vocacin y su misin en la Iglesia, puede contar con la intervencin personal e inmediata del Espritu Santo, como los Apstoles y sus primeros discpulos." (156)

Con este panorama de la accin de los dones en el alma del cristiano aparece en toda su dimensin la caracterstica ms importante de la accin de la gracia en el hombre, si se persevera en el crecimiento y se tiene cada vez ms docilidad a la accin profunda del Espritu Santo: llegar un momento en que, a partir de la accin de los siete dones, la mente del hombre sufrir una transformacin sobrenatural, por la que dejar de funcionar al modo humano, y se mover segn el modo divino.

All es donde, a partir de esta transformacin prodigiosa, aparece el "hombre nuevo", "adulto espiritual" u "hombre perfecto", segn la terminologa empleada por san Pablo, o, en definitiva, el santo. San Pablo nos va describiendo la existencia de esta transformacin, en la comunidad cristiana o Iglesia, que lleva al "nio espiritual" a ser un "hombre perfecto":

"El mismo (Cristo) "dio" a unos ser apstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificacin del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya nios, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engaosamente al error." (157)
Aqu San Pablo diferencia el "nio" cristiano, que es movido y confundido en su razn por las cosas e influencias que llegan del mundo, del "hombre perfecto", que es el que ha alcanzado "la madurez de la plenitud de Cristo". En qu consiste esta madurez? El mismo Pablo lo explica: "Y no os acomodis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovacin de vuestra mente, de forma que podis distinguir cul es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto." (158)

As San Pablo nos indica que el "adulto espiritual", el "hombre perfecto", es aqul que vive una transformacin de su mente en una totalmente nueva, tal que distingue claramente, "sabe" cul es la voluntad de Dios frente a las circunstancias de su vida. Esta es la accin de los dones del Espritu Santo, que san Pablo la llama "sabidura entre los perfectos" (159) y cuyo resultado, como concluye, es uno solo: "nosotros tenemos la mente de Cristo". (160)

Esta es la ms extraordinaria consecuencia de la gracia! Cada cristiano puede llegar a tener su mente, inteligencia y voluntad, transformada totalmente, de manera que "recibe" a travs de los dones del Espritu Santo directamente las mociones del Espritu Santo, que expresan la voluntad de Dios para su vida y sus acciones. Se transforma as en "otro Cristo" y podr entonces exclamar, al igual que San Pablo: "Y no vivo yo, sino que es Cristo que vive en m." (161)
Estamos as en presencia del santo, del "hombre nuevo", de aqul que, si en su libertad permanece dcil a la accin de la gracia, se mover y actuar plenamente de acuerdo a la voluntad de Dios, y, como consecuencia de esto, ser un instrumento perfecto del Espritu Santo, segn su vocacin y estado, obrando en plena "sintona" con las mociones que recibe de lo alto.

Es muy difcil para la razn humana abarcar la magnitud de lo que significa esta transformacin sobrenatural del hombre, que verdaderamente lo "deifica", pero la vislumbramos cuando leemos la Biblia, en los Hechos de los Apstoles, que fue lo que stos hicieron despus de vivir esta profunda transformacin el da de Pentecosts, da del "bautismo en el Espritu" que les haba prometido Jess. Se transformaron en instrumentos para la evangelizacin del mundo, con todo el poder del Espritu Santo que se manifestaba a travs de ellos con seales, prodigios y milagros.
Y, por supuesto, esta misma transformacin la encontramos a lo largo de toda la historia de la Iglesia en tantos santos y santas, los que muchas veces llaman la atencin por las cosas asombrosas que hicieron en su vida, movidos por el Espritu Santo al que tan bien escuchaban.

Veremos en los prximos captulos en detalle de qu manera y siguiendo cules pasos y etapas se va produciendo en el cristiano que persevera esta tremenda transformacin, esta conversin profunda y total.

Para terminar, miremos rpidamente la funcin y la accin de cada uno de los siete dones del Espritu Santo. La accin directa e inmediata del Espritu Santo se ejerce sobre las dos facultades del hombre racional, la inteligencia y la voluntad, por lo que diferenciamos los dones del Espritu Santo en dos grupos:

Hay dones llamados "dones intelectuales", porque su accin se centra en la inteligencia:

Don de Inteligencia o Entendimiento: permite en una sola "mirada", sin proceso de razonamiento, captar y penetrar en las verdades primordiales de la Revelacin de Dios. Es el don que permite penetrar en el sentido oculto de la Escritura, de los acontecimientos que nos ocurren, de las imgenes y los smbolos sagrados, etc. Lleva a su mxima perfeccin a la virtud de la fe.

Don de Ciencia: permite "ver" la accin de Dios en el mundo que nos rodea, y, en particular, en las criaturas. Podemos a travs de este don ver con prontitud y certeza lo que se refiere a nuestra santificacin y la de los otros. Por medio de l entiende el predicador lo que ha de decir a sus oyentes para el bien de stos, y el director espiritual como ha de guiar a las almas, porque penetra en sus secretos movimientos y puede ver los corazones hasta el fondo, ya que da el discernimiento infuso de espritus. Es el gua y motor de las grandes empresas apostlicas.

Don de Sabidura: acta tanto sobre la inteligencia como sobre la voluntad; es el don que perfecciona al mximo la virtud de la caridad, y da un "conocimiento sabroso", como lo define San Bernardo, de las cosas de Dios, produciendo un gozo y un gusto sobrenatural. Es el don que da un conocimiento casi "experimental" de la presencia de la Trinidad en el alma del justo, y del que se derivan las ms profundas experiencias msticas. Esta vivencia del amor de Dios tan extraordinaria es la que lleva la caridad, o amor de Dios, a su mxima perfeccin aqu en la tierra.

Don de Consejo: es una luz con que el Espritu Santo inspira al creyente lo que ha de hacer en cuanto a su vida en relacin con Dios, dndole a entender pronta y seguramente, por una especie de intuicin sobrenatural, lo que conviene hacer o decir, especialmente en situaciones difciles que rebasan la capacidad de la razn humana.

Los otros dones, que obran sobre la voluntad, son los siguientes:

Don de Fortaleza: perfecciona la virtud de la fortaleza, dando al alma fuerza y energa para poder hacer o padecer alegre e intrpidamente cosas grandes para su salvacin o la de los dems, a pesar de todas las dificultades.

Don de Piedad: produce en el corazn un afecto filial sobrenatural para con Dios y las cosas divinas, de manera que el cristiano puede cumplir con gran devocin y alegra sus deberes religiosos y obras de misericordia con el prjimo.

Don de Temor de Dios: lleva a la voluntad del hombre al respeto filial de Dios, y lo aparta del pecado, en cuanto a no ofender a ese Padre amoroso. No es miedo a Dios o al infierno, que puede entristecer o perturbar, sino que es reverencia y respeto por un Dios tan grande y bueno al que no se quiere ofender.

Vamos a aclarar desde ahora algo fundamental: la aparicin de la accin de los dones del Espritu Santo, especialmente de los llamados "dones intelectuales" se va evidenciando a partir de la vivencia de la llamada oracin de contemplacin infusa, por lo que resulta que la experiencia de este tipo de oracin, que muchos creen equivocadamente que est reservada solamente a los as llamados "msticos", se encuentra necesariamente dentro del camino normal y ordinario de la verdadera vida cristiana.
El cristiano que no llega a ser contemplativo, tampoco tendr "activados" en su vida espiritual los siete preciosos dones del Espritu Santo, y no podr alcanzar la verdadera y profunda conversin hacia una vida nueva, que debera ser la consecuencia normal del bautismo.

La oracin de contemplacin infusa es entonces la "escuela" para conocer y experimentar la accin de los dones del Espritu Santo, y es tan grande su importancia que le dedicaremos todo el espacio necesario en la Tercera Parte, cuando hablemos de la oracin cristiana.

No nos debe preocupar si esto que hemos desarrollado no nos ha quedado del todo claro; lo debemos tomar como una introduccin al tema de los dones del Espritu Santo, ya que en el prximo captulo, en donde veremos este nuevo organismo sobrenatural en accin, terminaremos por comprender su utilidad, al ver como se manifiestan en la prctica.

La Gracia Actual.

Vamos a ver ahora otro tipo de gracia que viene de Dios. Para ejercitar las facultades sobrenaturales, las virtudes y los dones, se necesita un impulso de Dios, una mocin divina que se denomina gracia actual. A su vez, estas gracias disponen al alma a recibir la gracia habitual, cuando no la tiene todava o la ha perdido.

Sin esta gracia no es posible al hombre, primero, disponerse a la conversin cristiana, ni perseverar despus efectivamente en el ejercicio de las virtudes infusas para llegar a la santidad.
Podemos definir la gracia actual diciendo que es aquella que dispone o mueve de manera transitoria, para recibir o actuar los hbitos sobrenaturales infusos (virtudes y dones del Espritu Santo).

Hay dos diferencias fundamentales entre la gracia habitual y la gracia actual. Veamos cuales son:

a) La gracia habitual (acompaada de las virtudes infusas y de los dones del Espritu Santo) es una cualidad permanente o hbito, que produce su efecto de manera continua en el sujeto en que reside, mientras que la gracia actual es una mocin que se presenta en un momento dado, con un fin especfico, por lo que se llama transente, y su efecto final depende de la docilidad o resistencia que le opone el que la recibe.

b) La gracia habitual produce la disposicin para la accin, mientras que la gracia actual es la que empuja y produce la accin misma.

La gracia actual es imprescindible para poner en ejercicio los hbitos infusos de las virtudes y los dones, ya que el esfuerzo puramente natural del alma no puede llevar a operar a principios de accin sobrenaturales, como lo son las virtudes y dones. De aqu resulta que en todo acto de una virtud infusa cualquiera, o en la actuacin de los dones, se supone necesariamente que existi una previa gracia actual.

Tambin la gracia actual es necesaria para lograr la disposicin necesaria para recibir la gracia habitual, ya sea por no haberla tenido nunca o por haberla perdido por el pecado mortal. La gracia actual trabaja en el espritu del hombre, generando arrepentimiento y contricin por las culpas, confianza en la misericordia de Dios, temor a las consecuencias del pecado, etc., lo que, si es atendido, produce la disposicin para volver a recibir la gracia, por ejemplo por el sacramento de la reconciliacin o penitencia.

Segn las distintas formas que actan las gracias actuales, encontramos, entre las ms importantes, las siguientes:

Gracias operantes y cooperantes: Dios a veces mueve al hombre a obrar segn su propia deliberacin, segn el modo humano natural. Por ejemplo: si una persona se ha propuesto orar todos los das a una determinada hora, cuando ve que llega ese momento, deja lo que est haciendo, busca un lugar adecuado, y se pone a orar. Aqu acta una gracia actual cooperante, que ayuda la accin humana para que se haga efectiva, para cumplir con un propsito. Otras veces, la gracia actual obra de modo imprevisto; por ejemplo, estando una persona ocupada en una tarea, recibe de pronto la inspiracin de orar, y, dejndolo todo, as lo hace. Esta gracia especial se denomina gracia actual operante, porque acta en el hombre sin una deliberacin expresa, siendo el alma inspirada directamente por Dios, aunque necesita siempre el consentimiento libre de la voluntad humana.

Gracias prevenientes y subsecuentes: las gracias prevenientes suscitan en el hombre buenas ideas o buenos pensamientos, es decir, son gracias previas a los actos del hombre, moviendo y disponiendo a la voluntad. Si no se opone resistencia a esta mocin, Dios aadir otra gracia actual subsecuente, que ayudar acompaando a la voluntad a realizar el acto y dndole la energa necesaria para el mismo.
San Pablo afirma este accionar de la gracia de Dios: "Pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece." (Flp. 2,13).

Resulta de todo esto que la gracia, para que produzca en el cristiano sus efectos, pide siempre su libre cooperacin. Dios, que ha creado al hombre libre, respeta de tal modo esa libertad, que, como deca San Agustn, "El que nos cre sin nosotros, no nos salvar sin nosotros."

Compete al hombre acoger las inspiraciones de la gracia actual, seguir dcilmente sus inspiraciones, an a pesar de los obstculos, y ponerlas en prctica. As se transforma en un colaborador de Dios, y su accin ser el resultado de la conjuncin de la gracia divina y del libre arbitrio humano, ya que la gracia actual es como un impulso de Dios que pone en marcha el organismo sobrenatural dado por la gracia habitual.

Lamentablemente, la inmensa mayora de las gracias actuales con que Dios llega a los hombres, o no son advertidas, o son desechadas y no seguidas. De ah la enorme importancia de la oracin y de los momentos de recogimiento interior, para comenzar a captar y abrirse a estas mociones que vienen de lo alto.

Conclusiones.

Podemos resumir ahora lo visto en estos dos captulos, que se trata nada menos que del inmenso tesoro que constituye la gracia recibida en el bautismo cristiano.

En primer lugar, vimos que el hombre se incorpora al Cuerpo Mstico de Cristo, que es la Iglesia. El individuo que est en el "mundo" es injertado o trasplantado en un verdadero Cuerpo, formando a partir de all parte integrante de l.
Estando as incorporado, participa de la misma vida de todo el cuerpo, que es la vida misma de su Cabeza, Jesucristo. El hombre pasa a ser hijo adoptivo de Dios, su heredero y hermano de Jesucristo. Se establece entre todos los miembros de este Cuerpo una unin comn, llamada Comunin de los Santos, de la que participan los miembros de la Iglesia en su totalidad, formada por la Iglesia militante, es decir, los que estn en la tierra, la Iglesia purgante, con los que se estn an purificando despus de la muerte, y la Iglesia triunfante, con los santos en la gloria de la presencia de Dios.

Esta vida divina que viene del Cuerpo Mstico se difunde en el cristiano incorporado a l, producindole dos efectos primordiales: la Santsima Trinidad, Dios mismo, va a habitar en el alma del cristiano, y va a formar en l un nuevo organismo sobrenatural, para que est capacitado para vivir una vida sobrenatural semejante a la suya. La Trinidad inhabita en el alma, con una presencia real y plena, y el cristiano puede gozar y disfrutar de esta divina presencia.
Esa nueva vida, que implica una novedosa forma de ser y de actuar, un cambio total de su condicin humana y natural, es posible vivirla a partir de la accin de las virtudes infusas, que agregan a las capacidades naturales del hombre la posibilidad de realizar actos sobrenaturales.

Las virtudes se ejercen en un principio dirigidas por la misma razn humana del hombre, al modo humano, pero, a medida que el cristiano va creciendo y se va desarrollando en l este nuevo organismo sobrenatural, ira viviendo cada vez ms claramente la accin directa en su razn de las mociones del Espritu Santo, por lo que comenzar a practicar cada vez ms asiduamente las distintas virtudes cristianas bajo la direccin inmediata del Espritu Santo, dejando de lado su proceso natural humano de meditacin discursiva.
La accin del Espritu Santo tiene efecto a travs de los dones, que permiten "captar" las mociones que vienen de lo alto, a modo de intuiciones o iluminaciones que acceden directamente al entendimiento y la voluntad. Se producir all la transformacin del cristiano en adulto espiritual, hombre nuevo o santo, y recin entonces el creyente vivir la verdadera vida cristiana.

Por ltimo, para poner por obra a travs de la accin de las virtudes, los actos que se derivan de ellas, Dios le provee al cristiano un motor divino, un empuje sobrenatural, por la accin de las gracias actuales, que obrarn ms y mejor cuanto mayor sea la apertura y docilidad del creyente a las mociones que vienen de Dios.
Ya tenemos todos los elementos para encarar en los prximos captulos la accin del nuevo organismo sobrenatural en el hombre en estado de gracia.

Referencias al Captulo 2:

(141): Catecismo de la Iglesia Catlica N 978 y 1990
(142): Romanos 8,15-17
(143): 1 Juan 3,1
(144): Juan 3,16
(145): Romanos 8,29
(146): Mateo 3,17
(147): Marcos 9,7
(148): Juan 14,21
(149): Juan 15,9
(150): Juan 15,15
(151): Juan 17,22
(152): Juan 14,23
(153): Juan 14,14-17
(154): A. Royo Marn, Teologa de la perfeccin cristiana, Parte 1 Cap.2
(155): P. M. Philipon, OP, en la introduccin de su libro Los dones del Espritu Santo:
(156): Idem anterior, 2 Parte, Seccin I, Captulo 2
(157): Efesios 4,11-14
(158): Romanos 12,2
(159): 1 Corintios 2,6
(160): 1 Corintios 2,16
(161): Glatas 2,20

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