Contempladores

La Vida Cristiana Plena

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.

Capitulo 1: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.

Introduccin.

Primera Parte: El Origen de la Vida Cristiana.
   Captulo I: El Propsito de Dios para el hombre.
   Captulo II: El Cumplimiento del Propsito de Dios.
   Captulo III: Dios no abandona al hombre - El Antiguo Testamento.
   Captulo IV: La Salvacin por Jesucristo.

Segunda Parte: Fundamentos De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Redencion Objetiva Y Subjetiva.
   Captulo II: Los Efectos De La Gracia Santificante.
   Captulo III: La Accion De La Razon En El Hombre.
   Captulo IV: La Accion De La Gracia En El Hombre.
   Captulo V: La Santidad En La Tierra.
   Captulo VI: La Gloria En El Cielo.
   Captulo VII: Los Fenomenos Misticos Extraordinarios.

Tercera Parte: Los Medios De Crecimiento De La Vida Cristiana Plena.
   Captulo I: La Faceta Negativa Del Crecimiento Espiritual.
   Captulo II: El Crecimiento Por Los Sacramentos Cristianos.
   Captulo III: El Crecimiento Por El Merito Y La Oracion.
   Captulo IV: El Papel De La Virgen Maria En La Santificacion De Los Hombres.
   Captulo V: La Devocion Al Sagrado Corazon De Jesus Como Medio De Santificacion.

Cuarta Parte: El Desarrollo De La Vida Cristiana Plena.
   Capitulo I: La Vida Esritual Al Modo Humano.
   Capitulo II: La Vida Espiritual Al Modo Divino.

La Nueva Alianza.

Jesucristo, mediante su pasin y muerte, que llamamos satisfaccin vicaria, es decir, hecha a favor de todos los hombres, y por el mrito infinito de esta accin, como Hijo de Dios, produjo la Redencin o Salvacin del gnero humano, o sea, la reconciliacin definitiva de los hombres con Dios. Esto es lo que se denomina Redencin objetiva, que es la llevada a cabo por el propio Jesucristo.

Esta redencin objetiva ha tenido como consecuencia un fruto muy importante, que se puede resumir diciendo que Jesucristo ha llevado a cabo una Nueva y Eterna Alianza de Dios con los hombres. l ha anunciado el inicio del Reino de Dios entre los hombres, y este Reino deriva fundamentalmente en todas sus consecuencias, de la nueva Alianza, que sustituye a la antigua Alianza, hecha por Dios con los hombres en el monte Sina por intermedio de Moiss.

Jess mismo, en la ltima Cena, reunido con sus apstoles antes de ser entregado en manos de los judos para su pasin y muerte, proclam esta Alianza:
"Mientras estaban comiendo, tom Jess pan y lo bendijo, lo parti y, dndoselo a sus discpulos, dijo: <<Tomad, comed, ste es mi cuerpo.>> Tom luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: <<Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdn de los pecados.>>" (121)

Estas palabras de Jess se enlazan con lo que est a punto de realizar: su muerte aceptada libremente para redencin de los hombres. En este discurso hay una evidente alusin a la alianza del Sina, en la que se constituy el Pueblo de Dios: "Entonces tom Moiss la sangre, roci con ella al pueblo y dijo: <<Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, segn todas estas palabras.>>" (122)
Es decir, Cristo inaugura una nueva Alianza con el derramamiento de su propia sangre, que perfeccionar y llevar a su plenitud la antigua alianza del Sina.

Esta nueva Alianza dar origen a un nuevo pueblo de Dios, que constituir la nueva Casa de Israel, la que se denominar Iglesia cristiana. Este nuevo pueblo de Dios no estar limitado a una sola nacin, sino que comprender en s a los hombres de todas las naciones, lenguas y razas, que es el significado de catlico. Dice la palabra autorizada del Concilio Vaticano II:

"Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexin alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligi al pueblo de Israel como pueblo suyo, pact con l una alianza y le instruy gradualmente, revelndose a S mismo y los designios de su voluntad a travs de la historia de este pueblo, y santificndolo para S. Pero todo esto sucedi como preparacin y figura de la alianza nueva y perfecta que haba de pactarse en Cristo.
Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Co 11,25), lo estableci Cristo convocando un pueblo de Judos y gentiles, que se unificara no segn la carne, sino en el Espritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios." (123)

La nueva Alianza ya haba sido anunciada por los profetas antiguos, y precisamente la revelacin proftica, cumplida con Jesucristo, deja claro cules son los elementos constitutivos de esta nueva Alianza:
"Os rociar con agua pura y quedaris purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificar: Y os dar un corazn nuevo, infundir en vosotros un espritu nuevo, quitar de vuestra carne el corazn de piedra y os dar un corazn de carne. Infundir mi espritu en vosotros y har que os conduzcis segn mis preceptos y observis y practiquis mis normas. Vosotros seris mi pueblo y yo ser vuestro Dios." (124)

Tenemos as los grandes aspectos de la nueva Alianza: Por parte de Dios l da a los hombres el perdn y remisin de los pecados (aspecto negativo), y una vida nueva, un cambio interior profundo (aspecto positivo), que el profeta denomina "cambiar el corazn de piedra por uno de carne". Por parte de los hombres Dios pide lo que siempre solicit: que sean su pueblo, es decir, que lo acepten como su Dios, dejando sus propios dolos.

Es importante darse cuenta del cambio radical entre la antigua y la nueva Alianza: en la antigua, Dios haba dado una Ley para cumplir, que eran sus mandamientos, los cuales el hombre deba observar. La realidad mostr que nadie pudo hacerlo a partir de sus propias fuerzas:
"Pues ya demostramos que tanto judos como griegos estn todos bajo el pecado, como dice la Escritura:'No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno." (125)

En la nueva Alianza la Ley de Dios penetrar directamente en el alma del hombre, "se inscribir en su corazn", y desde su propio interior lo llevar al cumplimiento. Es la nueva "ley del Espritu", dada por el don de Dios, la gracia, que le permitir vencer al pecado y vivir una vida nueva. La gracia de Dios constituye, pues, el gran fruto de la nueva Alianza de Dios con los hombres realizada a travs de Jesucristo, Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana.

La gracia.

Hemos llegado a lo que constituye el punto central del misterio de la vida cristiana plena: la doctrina de la gracia. Ante este tema crucial para el cristiano debemos situarnos, en principio, en la realidad de la condicin espiritual del tiempo que nos toca vivir, para poder enfocar desde su justa perspectiva la doctrina cristiana de la gracia.

No hay duda que el hombre actual sufre una profunda crisis espiritual, cuya base principal es la autonoma que busca tener en sus necesidades y bsquedas diversas; todo quiere debrselo a s mismo, no quiere depender de nadie, lo que obviamente genera su alejamiento de Dios, ignorndolo a veces totalmente, y tambin negndolo con nfasis en otras.
Esto lleva a dejar de lado casi en forma definitiva la vivencia de la interioridad espiritual, donde se produce el encuentro de la criatura con su Creador, y todo queda entonces circunscripto a las realidades materiales que es posible experimentar y explicar desde la razn natural humana.

La doctrina cristiana de la gracia avanza desde el extremo opuesto, como dice San Pablo: Pues quin es el que te distingue? Qu tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, a qu gloriarte cual si no lo hubieras recibido? (126)
Se parte del presupuesto inicial que todo en la vida es don de Dios, recibido gratuitamente, desde el haber recibido el ser, saliendo de la nada, hasta la consumacin en la vida eterna, gozando de la gloria en la presencia de Dios. Por lo tanto es fundamental tener presente esta radical diferencia entre el pensamiento y la actitud del hombre del mundo, del hombre que se queda solamente a nivel de lo racional, con el enfoque y concepcin del cristiano, con su visin espiritual, cuando queremos penetrar en el entendimiento de la doctrina cristiana de la gracia.

Tambin cuando hablamos de gracia nunca debemos olvidar que la revelacin fundamental de la Biblia, base de la religin cristiana, es haber dado a conocer el amor de Dios para nosotros los hombres, sus criaturas. Vimos en captulos anteriores que este amor de Dios se ha expresado en un primer acto, que es la creacin de todo el universo y del hombre en particular.

Este amor de Dios, quien sigui permaneciendo fiel a los hombres a lo largo de todo el perodo de la historia humana que conocemos como el Antiguo Testamento, se expresar en algo que tiene la dimensin de una recreacin: la Redencin de Jesucristo, que inaugura el Nuevo Testamento o Nueva Alianza de Dios con los hombres.
Ahora Dios descender, por as decirlo, desde la altura inaccesible para los hombres donde se encuentra, y habitar en el propio interior de sus criaturas, para que puedan participar de su vida divina, lo que es imposible para la naturaleza humana.

Por un acto incomprensible de amor, Dios elevar a la criatura racional sobre las condiciones de su naturaleza, revistindola de una especie de nueva naturaleza, a partir del don de la gracia, que le permitir al hombre penetrar en un nuevo universo de vida, de comprensin y de amor, para que pueda encaminarse hacia las profundidades de la intimidad con Dios, entrando en una relacin de amistad con su Creador.

El concepto de gracia de Dios se ha ido revelando lentamente a los hombres por la Palabra de Dios, ya desde el Antiguo Testamento. Hemos visto en el Captulo 3 de la Primera Parte una sntesis de la historia de la salvacin desde la cada en el pecado de los primeros padres de la humanidad, y all resalta el hecho que Dios no abandona al hombre, sino que establece sucesivas alianzas con distintos individuos, y a travs de ellos con familias y pueblos.

En esta actitud de Dios se aprecian su benevolencia y misericordia, unidas a su fidelidad, por las que ama y perdona al hombre, y luego a su pueblo elegido, que una y otra vez peca y lo abandona por la idolatra. Esta concepcin hebrea de la benevolencia y misericordia de Dios, que los profetas despus del exilio en Babilonia proyectarn a las generaciones futuras con un alcance universal a toda la humanidad, es la preparacin de la Revelacin del Nuevo Testamento sobre la gracia de Dios, no ya solamente como un sentimiento benevolente, sino como un don o regalo, dado a los hombres como resultado de dicho sentimiento, como algo creado frente a la realidad increada de Dios mismo.

Veamos ahora como podemos dar una definicin de la gracia que sea accesible, sin perder los elementos teolgicos necesarios: La gracia es una cualidad sobrenatural inherente a nuestra alma, recibida como don gratuito de parte de Dios, por los mritos de Jesucristo, que nos da una participacin real de la naturaleza y de la vida de Dios.

Es decir que la gracia no pertenece a la naturaleza humana, sino que se agrega, se injerta en ella, en la profundidad del alma, y la hace trascender entrando en la esfera de lo divino. As la gracia es en realidad como una nueva naturaleza que nos recrea, nos hace nuevas criaturas, transformndonos y divinizndonos o deificndonos.
Aunque cueste entenderlo, realmente el hombre por la gracia se deifica, pues puede vivir una manera de vida verdaderamente divina, recibiendo nuevas facultades tambin divinas, con las que podr practicar obras semejantes a las del mismo Jesucristo, o an mayores, como lo revel el mismo Maestro:
En verdad, en verdad os digo, el que crea en m, har l tambin las obras que yo hago, y har mayores an, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidis en mi nombre, yo lo har, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. (127)

La Redencin subjetiva o Justificacin.

Hemos visto que por la Redencin objetiva de Cristo Dios establece una nueva Alianza con los hombres, que implica ponerles a disposicin el don de la gracia. Pero esta Redencin objetiva debe ser tomada y apropiada por los hombres. Este proceso de apropiacin personal es el que se conoce como Redencin Subjetiva o Justificacin.

Dios no quiere salvar a los hombres sin su cooperacin libre, no les impone nada, ni siquiera su propia salvacin. Por lo tanto, la redencin de Jesucristo no es algo que se aplica automticamente a todos los hombres y surte efecto inmediato sobre ellos. Cada persona, en forma individual, debe hacer suya la Redencin que est a su disposicin, en un proceso complejo que requerir no slo de su libre decisin, sino de esfuerzo y perseverancia a lo largo de toda su vida.

Jess previno a sus discpulos sobre la necesidad de este esfuerzo:
Desde los das de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. (128) La violencia de la que habla Jess es una violencia contra uno mismo, contra sus propias tendencias naturales, y constituye lo que se ha dado en llamar el combate espiritual del cristiano, que ya veremos en forma muy detallada ms adelante.

Por ahora nos interesa tener claro que el hombre tiene a su disposicin la Redencin objetiva, y depender de l apropirsela y vivir todos sus frutos. Antes de comenzar a estudiar los maravillosos efectos en el alma humana de la gracia, vamos a ver un tema muy importante, que es como se recibe la gracia.

El bautismo cristiano.

En primer lugar vamos a comenzar hablando desde ahora de gracia santificante, para diferenciarla de otras divisiones de la gracia que ya veremos, que es el nombre apropiado de la gracia que se recibe en el alma para transformarnos y santificarnos. Tambin recibe el nombre de gracia habitual, porque una vez recibida permanece en el alma, aunque existe la posibilidad de perderla por el pecado.

El medio para recibir la gracia santificante es el bautismo cristiano. La palabra bautizar significa sumergir, introducir dentro del agua. La inmersin en el agua simboliza el acto de sepultar al que recibe el bautismo junto con Cristo, para resucitar con l a una nueva vida.

San Pablo expresa este concepto con precisin: Los que hemos muerto al pecado cmo seguir viviendo en l? O es que ignoris que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jess, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con l sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, as tambin nosotros vivamos una vida nueva. (129)

Por eso el bautismo es un nuevo nacimiento, es un morir a una vida de pecado para nacer a una vida nueva y sobrenatural. San Pablo habla del bautismo tambin como una regeneracin y renovacin, (130) porque es una nueva y verdadera generacin, que termina en un nacimiento real.
Este segundo nacimiento es incomparablemente superior al primero, ya que en lugar de una vida natural y humana nos transmite una sobrenatural y divina, destinada a desarrollar en cada cristiano un hombre nuevo, que San Pablo define como creado segn Dios, en la justicia y santidad de la verdad. (131) Esta gracia regenerativa renueva en forma total al que la recibe, ya que le borra el pecado original, y todos los pecados que en la actualidad pueda tener.

El bautismo es absolutamente necesario para salvarse, tal como lo ensea Jess: El que crea y sea bautizado, se salvar; el que no crea, se condenar. (132)
La razn teolgica es clara: el fin ltimo del hombre, es decir, la vida eterna en el cielo en presencia de Dios, es una empresa sobrenatural que excede las capacidades naturales del ser humano. Por lo tanto slo se puede conseguir este fin a partir de la gracia santificante, don sobrenatural de Dios que se agrega a la naturaleza humana por el bautismo.

Lo que interesa mucho clarificar es que hay distintas maneras de recibir el bautismo. La forma ms comn es a partir de la recepcin del bautismo sacramental. Vamos a recordar brevemente la nocin de sacramento: esta palabra significa etimolgicamente algo que santifica o que es santo, y en la doctrina cristiana se utiliza para denominar un signo externo instituido por Cristo para producir la gracia.
Es decir, todo sacramento es un signo que por virtud de Dios, por su poder omnipotente produce lo que significa. El sacramento del bautismo tiene como efecto dar la gracia santificante a quien lo reciba.

Este sacramento debe ser administrado por un ministro, que ordinariamente es un sacerdote. Pero, en caso de necesidad, puede administrarlo cualquier persona, an un no bautizado, con tal que lo haga en la forma que lo hace la Iglesia, es decir, derramando agua sobre quien recibe el bautismo y pronunciando al mismo tiempo la frmula establecida (Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espritu Santo), y que tenga la intencin sincera de hacer lo que la Iglesia hace por sus ministros.

Los que se bautizan deben reunir ciertas condiciones: si son personas que han llegado al uso de la razn, es necesaria en ellas la intencin de recibir el bautismo, teniendo fe y estando arrepentidos de sus pecados. Por eso en los as llamados catecmenos es necesaria una mnima preparacin o catequesis, para recibir la instruccin sobre las verdades bsicas de la fe cristiana.
De all resulta que es infructuoso el bautismo en aquellos que son obligados a l, o lo reciben sin intencin sincera, por ejemplo, hacindolo solamente para obtener algn provecho personal.
En los nios que an no han llegado al uso de la razn, la aceptacin es suplida por los padres y padrinos, que son las personas designadas por los padres para hacer en nombre del nio su profesin de fe.

El bautismo sacramental, como medio ordinario para recibir la gracia santificante, puede ser suplido por medios extraordinarios, cuando sin culpa propia no se puede recibir el sacramento. Estos medios son principalmente dos: el bautismo de deseo y el bautismo de sangre.

El bautismo de deseo se cumple cuando existe un anhelo explcito de recibirlo, como en los catecmenos que mueren antes de recibir el sacramento, o un anhelo implcito, como ocurre en los paganos que no conocen el cristianismo; ambas situaciones deben estar unidas a una contricin o arrepentimiento de sus pecados.
Es decir, para aquellos que han conocido la revelacin cristiana, el deseo de bautizarse debe ser explcito, mientras que para los no cristianos o paganos, que no tienen noticia del sacramento, pero que buscan a Dios, estn arrepentidos de sus pecados y cumplen con la ley natural ignorando sin culpa a la verdadera Iglesia, este deseo est implcito y es vlido para recibir el bautismo. Por supuesto el nico que conoce este deseo es Dios mismo, que ve en lo profundo de nuestro ser, y l otorga en cada caso el don de la gracia santificante.

Esta doctrina ha sido reafirmada claramente por el Concilio Vaticano II:
Todos los hombres estn llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y nico, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para as cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio cre una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determin luego congregarlos...
Todos los hombres son llamados a esta unidad catlica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles catlicos, sea los dems creyentes en Cristo, sea tambin todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvacin.
Quienes todava no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de Dios de diversas maneras. En primer lugar, aquel pueblo que recibi los testamentos y las promesas y del que Cristo naci segn la carne (cf. Rom. 9,4-5). Por causa de los padres es un pueblo amadsimo en razn de la eleccin, pues Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocacin (cf. Rom. 11,28-29). Pero el designio de salvacin abarca tambin a los que reconocen al Creador, entre los cuales estn en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios nico, misericordioso, que juzgar a los hombres en el da postrero. Ni el mismo Dios est lejos de otros que buscan, en sombras e imgenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de l la vida, la inspiracin y todas las cosas (cf. Hechos 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Timoteo 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazn sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvacin eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvacin a quienes sin culpa no han llegado todava a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparacin del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida." (133)

Se reconoce, entonces, que la gracia bautismal puede ser recibida de maneras misteriosas, segn la voluntad y misericordia de Dios, en aquellos que bajo el influjo de la gracia buscan a Dios con un corazn sincero, y se esfuerzan en cumplir con obras la voluntad de Dios que conocen por el juicio de la conciencia. As, tambin estos hombres pueden conseguir la salvacin eterna, obra de la gracia de Dios.
Vemos as como la misericordia infinita de Dios pone al alcance real de todos los hombres la salvacin eterna, destruyndose la idea errnea que todava muchos tienen, dentro y fuera de la Iglesia, de que slo se salva aquel que pertenece a la Iglesia y que ha recibido el bautismo sacramental.

Pero tambin veremos ms adelante la importancia fundamental que implica contar con los auxilios que provee la Iglesia para avanzar en el camino de la santificacin, ya que el bautismo, y la consiguiente recepcin de la gracia santificante, es slo la iniciacin, el primer paso de la vida cristiana, que deber crecer y desarrollarse.

Tenemos un segundo medio extraordinario para recibir el bautismo, que es el bautismo de sangre, que consiste en el martirio de una persona que, sin haber recibido el bautismo sacramental, lo soporta hasta la muerte por haber confesado la fe cristiana, o por haber practicado las virtudes cristianas.
Segn el testimonio de la Tradicin, tambin los nios que no han llegado al uso de la razn pueden recibir el bautismo de sangre, como es el caso de los santos inocentes muertos por orden de Herodes. (134)

Incorporacin al Cuerpo Mstico de Jesucristo.

Vamos a ver con ms detalle lo que ocurre cuando se recibe el bautismo cristiano. Dice San Pablo: En efecto, todos los bautizados en Cristo os habis revestido de Cristo. (135)
Qu significa revestirse de Cristo? Es participar de su vida, de sus disposiciones interiores, de sus virtudes, de sus sentimientos. Podemos decir que el bautizado se cristifica, siendo el bautismo el inicio de un camino que debera culminar para todo cristiano en la misma certeza que tuvo San Pablo:
Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me am y se entreg a s mismo por m. (136)
Tambin San Pablo exhorta a los cristianos: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo. (137)

Todo esto se realizar a travs de un gran misterio, que es parte del centro de la fe cristiana, y que consiste en nuestra incorporacin a Cristo. Esto significa que por el bautismo somos incorporados a Cristo, a su propio cuerpo, no el cuerpo fsico, como el nacido de Mara, y que hoy est entre los hombres oculto misteriosamente en la Eucarista, sino al denominado Cuerpo mstico de Cristo, que es la Iglesia.

San Pablo lo expresa con mucha claridad, por comparacin con el cuerpo humano: Pues del mismo modo que el cuerpo es uno aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman ms que un solo cuerpo, as tambin Cristo. Porque en un solo Espritu hemos sido todos bautizados, para no formar ms que un cuerpo. (138)
El bautismo nos incorpora al Cuerpo Mstico de Cristo, que es una gran sociedad espiritual, de la que l es la Cabeza y todos los bautizados son sus miembros, siendo el Espritu Santo el elemento de unin o cohesin.

Jess, para revelar esta gran verdad, se sirve de una comparacin, que nos transmite el evangelista San Juan:
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viador. Todo sarmiento que en m no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo limpia, para que de ms fruto. Permaneced en m, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por s mismo, si no permanece en la vid; as tampoco vosotros, si no permanecis en m. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en m, y yo en l, ese da mucho fruto; porque separados de m no podis hacer nada. (139)

Jess utiliza como comparacin la vida de una planta, en este caso la vid; las ramas que dan las uvas (sarmientos) estn unidas a la cepa, de donde reciben la savia que las alimenta y las hace crecer y dar frutos sabrosos. Cuando no reciben el alimento, cuando estn separados de la cepa, los sarmientos se secan.

Podemos comparar, como se ha hecho tradicionalmente, nuestra incorporacin al Cuerpo Mstico de Cristo, al hecho de injertar una planta. Sabemos que, utilizando la tcnica adecuada, es posible injertar un brote de una planta en el tallo de otra, y lograr que el mismo se asimile a la nueva planta, y crezca en ella, quedando ya como parte integrante de la misma; recibir la nutricin de la savia para vivir y crecer, aunque tomar las nuevas cualidades de la planta que lo recibe, ya que se nutre de la esencia de ella.

Tambin en nuestra poca, existen los injertos o transplantes en el cuerpo humano. Mediante ellos, realizados con tcnicas quirrgicas e inmunolgicas sofisticadas, rganos como un corazn, un hgado, un rin o una crnea de una determinada persona, son incorporados al cuerpo de otra, y si todo va bien, son perfectamente asimilados, reciben nueva vida, y pasan a formar parte integrante del nuevo organismo que los ha recibido.

Este caso es mucho ms ejemplar en cuanto al significado de nuestra incorporacin al Cuerpo Mstico de Cristo: los rganos que se donan y se transplantan, si bien en algunos casos como el de un rin pueden proceder de personas que siguen viviendo con uno solo de ellos, en su gran mayora son obtenidos de personas a punto de morir o recin fallecidas.
Aquel que est fuera del Cuerpo Mstico de Cristo, est muriendo a la vida verdadera, a la vida eterna, y logra salvarse al ser transplantado, injertado en este Cuerpo, de donde recibir el nuevo alimento que lo har vivir eternamente, y evitar su muerte eterna.

As queda clara la figura del bautizado: es injertado, transplantado a un nuevo cuerpo, como un miembro ms, del que Cristo es la Cabeza, que ejerce una funcin de direccin, y el Espritu Santo es como el alma, que, compartido por todos los miembros, los unifica y cohesiona.

La inefable abundancia de dones que nos regala la redencin de Cristo es repartida a los creyentes por Jesucristo mismo, a travs de su Cuerpo Mstico. As como los sarmientos reciben la savia de la vid, y gracias a ella producen sus frutos, las uvas, as los cristianos incorporados al Cuerpo Mstico de Jesucristo reciben de l la gracia santificante.

La plenitud de gracia de Jesucristo es as derramada en sus miembros, como bien lo expresa San Juan: Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo nico, lleno de gracia y de verdad. Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. (140)

Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, lleno de la gracia de Dios, la dispensa y distribuye a todos los miembros del Cuerpo Mstico, de su Iglesia, que permanecen unidos a l.

La Comunin de los Santos.

Una consecuencia muy importante que se deriva de la doctrina del Cuerpo Mstico de Cristo, a manera de corolario, es el dogma de la Comunin de los Santos.
El concepto de Iglesia como Cuerpo Mstico de Cristo tiene un sentido amplio, ya que comprende a todas las personas que han recibido la gracia de Cristo, y que pertenecen a tres esferas distintas, a saber: primero, los bautizados que viven en la tierra, que forman la llamada Iglesia militante o Iglesia viadora (caminante), ya que en ella los creyentes estn en camino hacia la Patria celestial y definitiva, que los albergar por toda la eternidad.

Luego encontramos la Iglesia purgante o penitente, formada por las almas de aquellos que han muerto sin estar completamente purificados del pecado, y que se encuentran en el Purgatorio, estado previo a su ingreso al cielo, luego de ser purificadas por entero.

Finalmente tenemos la Iglesia triunfante o celestial, formada por las almas de los santos que estn en el cielo, que llegaron all ya sea porque su santidad al morir les permiti entrar al cielo directamente despus de su muerte (que dicho sea de paso debera ser la aspiracin de todo cristiano), o porque ya expiaron las faltas que tenan al morir en su paso por el Purgatorio.

Estos tres estados de la Iglesia forman entonces el Cuerpo Mstico de Cristo, y entre ellos existe una unin y una comunicacin ntimas, lo que llamamos comunin o comn unin, debido a que tienen una misma Cabeza, Jesucristo, un mismo espritu, que es el Espritu Santo, y una misma vida, la vida de la gracia, aunque en distintas etapas de desarrollo y perfeccin.

Esta doctrina de la Comunin de los Santos, cuando penetra en su realidad en nuestro corazn a travs del crecimiento de la fe, es tremendamente consoladora y sanadora. Hace sentir algo totalmente nuevo, ya que el concepto humano que usualmente se tiene de la Iglesia, como una institucin formada por la jerarqua (Papa, cardenales, obispos y sacerdotes) y por los religiosos y religiosas de las distintas congregaciones, es cambiado por una visin mucho ms amplia, por un saberse parte integrante de un gran Cuerpo, en el que existe una unin misteriosa, pero real y tangible, entre todos sus miembros.

Digamos que uno ya no mira, como cristiano, a la Iglesia desde afuera, sino que se siente parte integrante, como cuando realmente se pertenece a una gran familia. La visin cambia totalmente, y surge un amor cada vez ms intenso por todos sus miembros, en especial por los sacerdotes y religiosas, y se comprende mucho ms que algunos, como hombres, puedan ser indignos y pecadores.

Cuando ms adelante hablemos de la oracin del cristiano, volveremos sobre la doctrina de la Comunin de los Santos, ya que es la base de la oracin de intercesin, es decir, de la oracin de los miembros del Cuerpo Mstico de Cristo unos por otros, donde la oracin va y viene desde un estado de la Iglesia a otro.

Referencias al Captulo 1:

(121): Mateo 26,26-28
(122): xodo 24,8
(123): Lumen Gentium N 9
(124): Ezequiel 36,25-27
(125): Romanos 3,10-12
(126): 1 Corintios 4,7
(127): Juan 14,12-13
(128): Mateo 11,12
(129): Romanos 6,2-4
(130): Tito 3,5
(131): Efesios 4,24
(132): Marcos 16,16
(133): Lumen Gentium N 13 y 16
(134): Mateo 1,16-18
(135): Glatas 3,27
(136): Glatas 2,19-20
(137): Filipenses 2,5
(138): 1 Corintios 12,12-13
(139): Juan 15,1-5
(140): Juan 1,14-16

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